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“Para mí es esto y nada más. Esta es mi segunda casa”, dice Juan Cruz Duprat. “A pesar de la crisis y de todo lo malo disfruto de venir acá”, insiste, calla y fuma quizás la única pitada de un cigarrillo que encendió hace cinco minutos. ¿Acá será las paredes grises? ¿Las fotografías históricas que sacaron su padre, su abuelo y el mismo? ¿Las impresoras? ¿Las cámaras viejas? ¿Lo que hay afuera? Carraspea. Mira el cenicero lleno de otros cigarros empezados, baja la mirada antes del embate: “¿Si me aburrí? Para nada. Lo volvería a elegir siempre”.
Juan es uno de uno de los dueños de Dupratphoto, espacio fotográfico que se encarga de retratar las carreras del Hipódromo de La Plata desde 1930. El otro responsable es su hermano, Gustavo Oscar. Ambos heredaron el negocio de su padre, Gustavo Carlos Duprat, que a su vez continuó el legado de su suegro, Oscar Cativa. En la génesis del comercio el nombre fue Foto Cativa y perduró hasta la década del 50, cuando cambió Foto Turf. En la década del 90, con los hermanos Duprat al frente, viró al actual. A pesar de las mutaciones del nombre y la transición insoslayable - según ellos, siempre temerosa- hacia una tecnología más eficaz, la identidad siempre fue la misma: intentar hacer la foto perfecta en el momento perfecto.
No obstante, a casi cuatro años del centenario de vida, Dupratphoto oscila entre cada vez menos carreras -el principal ingreso de dinero es la venta de fotografías y cuadros-; la nostalgia de un comercio que tuvo a Diego Maradona en sus oficinas y que retrató a Perón, a Gardel y a todo aquel Jockey que corrió en la pista de la capital bonaerense; y una crisis económica que cada vez cala más hondo en los comercios nuevos e históricos de la Ciudad.
PARA TODA LA VIDA
La oficina de Dupratphoto contiene varias oficinas en simultáneo. Los salones que hoy son “de atrás” supieron ser el ingreso hace décadas; un taller que no es más taller apenas está iluminado por las computadoras que reemplazaron el revelado; un futuro museo con cámaras viejas -como una Zenit 12XL u Olympus OM-10, y fustas con placas históricas cuyos jinetes fueron Edwin Talaverano o Lucrecia Carabajal por nombrar algunos- que todavía está en construcción. Todo convive en un espacio que no debe superar los 40 metros cuadrados donde hay además desperdigados cuadros con jockeys, fotos de Oscar Cativa en blanco y negro, carnets de fotografía de Juan y Gustavo Duprat en un color sepia que denota el limbo entre el blanco y negro y las imágenes a color.
Sentado frente a sus tres o cuatro monitores y dándole la espalda a una impresora de casi un metro, Duprat recuerda: “Yo salía de la primaria, me tomaba el 561 y venía al hipódromo. Lo mismo en la secundaria, salía, compraba una docena de bolas de fraile en la estación y venía al hipódromo”.
La relación entre su vida y el hipódromo es intrínseca. No se explican uno sin el otro. En 1930, Oscar Cativa -cuyo apodo era “el Gordo de las Fotos”- gesta el proceso fotografiando la construcción de las nuevas tribunas del recinto de 115 y 44. Su esposa, Alicia Violeta Mendoza, también hacía lo suyo: diseñaba la tipografía a mano y coloreaba las estampas. Con el tiempo, su hija Elisabeth Cativa conoció a Gustavo Carlos Duprat y ambos, en 1979, tras varios años de inmiscuirse en la tradición familiar de la fotografía, se hacen cargo del negocio luego del fallecimiento de Oscar.
Gustavo Carlos y Elisabeth, a la vez que continuaban el legado, lo reproducían: en 1976 nació Gustavo Oscar y dos años después Juan Cruz. Desde chicos, habitaron los diferentes estudios que no siempre estuvieron dentro del Hipódromo.
“Cuando yo nací, alquilaban una casa en 1 y 33. Ese fue uno de los primeros talleres. Después en 117 en 38 y 39, que también trabajamos y vivimos ahí, después en 3 y 34 y finalmente en 115 en 38 y 39 hasta que ocurrió eso”, expresa.
“Eso” sucedió en 1984 y hace referencia al robo e incendio del estudio que significó la pérdida de fotografías desde el 1930 hasta aquel momento. “Más de 50 años de negativo que se perdió. En aquel entonces se limpiaban los vidrios con alcohol y había más de 450 botellas. Lo hicieron para no dejar huella o por maldad, quien sabe” dice Duprat y continúa rápido el relato: “Cuando se quema ese local, logran alquilar en diagonal 80 entre 117 y 118 hasta que consiguió está oficina entre el 90 y 92 y ahí arrancamos dentro del Hipódromo”.
Supieron retratar a figuras como Gardel y jockeys históricos como Irineo Leguisamo
En los inicios del comercio, Cativa llegó a tener nueve empleados. Con el avance de la tecnología (el más importante fue el paso del blanco y negro a color con un leve escalón por el sepia que Gustavo Carlos debió enfrentar a fines de la década del 60 y principios del 70 y al que, su hijo asegura, tuvo mucho miedo), como el uso de teleobjetivos -es decir poder sacar fotos de más lejos- los empleados se redujeron a 3.
“Desde que teníamos 12 y 13 años empezamos a meter mano mi hermano y yo. Nosotros queríamos estar acá todo el tiempo, copiar lo que hacían los grandes, rebobinar el rollo”, detalla Juan. “Mi papá quería que nosotros sigamos con el legado porque era algo de la familia. Así que él en el 96 se va a trabajar a un aras de administrador y nosotros con 20 y 18 años nos hacemos cargo junto a dos empleados históricos. Obvio que ahí el trabajo empezó a bajar un poco”.
El otro gran cambio para los Duprat fue del rollo a lo digital, a lo abstracto, lo intangible. “Al principio no queríamos a arriesgarnos, era muy brusco. Teníamos miedo. Es que muchos años haciendo lo mismo y de golpe, todo nuevo. La transición fue en 2006 y a dos cámaras como respaldo. Recién en enero de 2007 fue totalmente digital. Desde ahí sí fuimos cambiando porque esto cambia año a año”, agrega.
En 1984 se incendió el comercio y se perdieron más de 50 años de fotografías e historia
El camino de los hijos Duprat se bifurcaron. Mientras Juan se abocó cien por ciento a Dupratphoto -aunque tiene un trabajo por las mañanas y otras pasiones- Gustavo, que desde joven fotografiaba, irrumpió retratando otros torneos de equitación. Su reputación creció a tal punto que actualmente trabaja en España fotografiando el turf europeo y vuelve a su tierra cada seis meses.
Durante estos 96 años y con una administración ligada por sangre, por el lente de Foto Cativa, de FotoTurf o Dupratphoto pasaron personajes como Juan Domingo Perón y Eva Perón, Carlos Gardel, Leslie Nielsen -actor del clásico “La pistola desnuda”- y muchos más que la memoria parece no alcanzar a reproducir. Inclusive, en las oficinas de los Duprat estuvo un atento Diego Armando Maradona a la espera de la resolución de una carrera, escondido con el objetivo de pasar desapercibido.
EL DESARROLLO DE LA FOTO PERFECTA
Un guardia se acerca y pregunta: “¿Qué hacen acá?”. Juan Duprat sigue hablando -“antes la foto se sacaba en la gatera que hoy es la torre de control, después en la tribuna y hoy la hago desde...”- hasta que responde con un tono amigable, casi como obvio: “Soy el de fotografía”.
“De acá ves al caballo justo cuando pega el salto y están las cuatros patas en el aire. Se ven los músculos trabados que con el brillo del sol sale una foto única”, detalla con los ojos abiertos y la voracidad de quien sabe lo que dice. Frente a él, la pista de 2.000 metros y 27 de ancho -la principal del Hipódromo platense- está en suspenso esperando el galope; las celebraciones y las frustraciones.
Hace una pausa mirando la pista vacía y cuenta: “Antes había que agarrar el foco manual. Quizás era una foto cada cuatro segundos. Después, con el motor, fueron 2 fotos cada un segundo y así fue mejorando sucesivamente. Hoy el jockey viene, está 15 segundos arriba del caballo, se saca la foto y se va. No le podés pifiar. Obvio que con el paso del tiempo, uno ya sabe todo. Después está la edición. Antes la mandábamos a un laboratorio, teníamos que anotar muchas cosas, era todo un tema. Hoy lo hacemos nosotros”.
Es un día frío y encapotado. Poco le importa a Juan Duprat que se ajusta la bufanda y vuelve el presente: “Antes se sacaba de atrás la foto. Hoy lo hacemos 3/4 delante del disco -la línea de meta- para agarrarlo más de frente y tomar tres cuartos perfil al caballo”. No llueve pero si sucediera, Duprat se calza el piloto y con el mismo brazo que traba el paragüa para que no se caiga, tiene el lente de la cámara y con el otro gatilla. “El barro ensuciando al jockey y al caballo es espectacular”.
SOBREVIVIR
Como un eco, en el Hipódromo platense apenas se escucha el impacto de la pelota contra una raqueta que no supo hacer un slice o una volea. Golpe seco y repiqueteo en el piso hasta que se apaga. Los autos están a cuarenta y cinco grados pero podrían estacionar en cualquier ángulo porque sobra espacio. El que riega, el seguridad, el que ceba y toma mate: todas acciones que parecen moverse en cámara lenta y sin volumen.
“Los días que no hay carrera, acá no pasa nada. Normalmente se corre solo martes, jueves y sábado o domingo por medio. Antes había hasta 16 por día y hoy sólo 8 o 9. Los negocios que están acá dentro del hipódromo laburan 10 días al mes en un promedio de 6 horas. Creo que si no tuviera otro trabajo no podría vivir sólo de esto”, señala.
Dupratphoto sobrevive exclusivamente de la venta de fotos: las digitales salen $3.000 y las impresas de 20 centímetros por 30, $8.000. Con cuadro, puede valer entre $20.000 y $50.000. “Es raro que se lo lleven impreso pero todavía hay gente que viene y me dice que es el único recuerdo que le queda”, detalla.
Duprat trabaja todos los días en el recinto de 44 y 115. Llega a las 13 y se va a las 21. A veces más, a veces menos. Depende de si hay carreras, de si editó todas las fotos, de si subió “carruseles” a Instagram. Sólo tiene un colaborador y no mucho más. “Hay días de carrera que no vendemos nada. Igual que todos, estamos en crisis”, reflexiona.
A principios de marzo de este año, en la Ciudad una serie de comercios añejos organizaron la Red de Comecios Familiares Históricos de La Plata, entre ellos Dupratphoto. ¿Lo común? La trayectoria asfixiada ante un escenario de consumo por el piso, impuestos que se sostienen, reducción de personal. La organización tuvo tal repercusión que en junio fue declarada de Interés Legislativo.
“No se cómo pero tenemos que revertirlo. La pandemia fue terrible pero la situación hoy es grave”, explica Duprat otra vez con la mano en la cara.
No obstante, el anhelo de llegar al siglo de vida sigue vigente. Aunque quizás se arrepiente de haber cambiado el nombre -“hubiera continuado el legado con Foto Cativa o Fototurf”-, esta es la historia de su familia. “No llegan muchos a los 100 años, con el mismo rubro y continuidad”, cuenta y concluye: “Cuando veo mi fotografía, o la de mi abuelo o mi papá colgada en algún lugar, es una sensación rara. Algunos nos dicen es la mejor foto que tengo. Eso es un montón. Ahí se pone de manifiesto el esfuerzo que uno hace desde hace años. De estar en continua evolución, de no quedarse”.
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