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“Cebados”: el grupo platense que convirtió la bicicleta en una forma de vida

Nació casi de casualidad entre amigos que querían pedalear los sábados y hoy reúne a miles de personas alrededor de una filosofía simple: viajar sin apuro, improvisar, perderse un poco y volver siempre con una historia para contar

Chile / gentileza cebados
Facundo Illescas
Abra del Acay, Salta / gentileza Cebados
Paso Cristo Redentor, entre Mendoza y Valparaíso / gentileza Cebados
Oberá, Misiones / gentileza Cebados

Por Redacción

Hay grupos que nacen como una actividad. Otros, como un pasatiempo. Y después están esos espacios que, sin proponérselo demasiado, terminan convirtiéndose en una forma de habitar el mundo. Algo así pasó con Cebados, el grupo de cicloturismo nacido en La Plata que desde hace más de catorce años mezcla bicicletas, aventura, improvisación y amistades largas como las rutas que recorren.

Definir qué es Cebados no parece sencillo ni siquiera para quienes forman parte desde el inicio. Facundo Illescas, uno de sus integrantes históricos y hoy portavoz del grupo, intenta resumirlo pero rápidamente se escapa de cualquier etiqueta tradicional.

“Lo definiría como un grupo de amigos que inconscientemente siempre trató de ir un poco más allá de lo habitual, saliendo de la zona de confort y buscando aventura desde el minuto cero”, cuenta en diálogo con EL DIA.

Los inicios

La historia comenzó antes incluso de que existiera el nombre. Corría 2011 y muchos de los actuales integrantes participaban de uno de los espacios ciclistas más importantes que tuvo La Plata en aquellos años. Las salidas oficiales eran los domingos, pero los sábados quedaban vacíos. Entonces apareció la idea: salir también ese día.

Lo que empezó como escapadas cortas entre amigos fue creciendo de manera natural. A veces hacían pocos kilómetros. Otras, viajes mucho más largos. Las convocatorias circulaban en conversaciones de Messenger de Facebook y cada vez se sumaban más personas. Hasta que un viaje terminó de ordenar todo.

Fue durante un cruce de Los Andes en bicicleta, en Villarrica, Chile. En medio de una cena y todavía lejos de imaginar lo que vendría después, surgió la idea de crear un grupo propio para organizar las travesías y que nadie quedara afuera. Faltaba el nombre.

Alguien propone una salida, se pacta un horario que probablemente nadie cumpla del todo y un recorrido que quizás termine siendo otro

La propuesta apareció de la mano de Leonardo Lazo, uno de los impulsores del espacio (hoy, junto a su pareja, Lorena Barrera, están en México tras una larga travesía arriba de las dos ruedas).

“Nunca falta alguno que se ceba pedaleando”, recuerda Facundo entre risas. Y además estaban los mates, las charlas y alguna cerveza compartida al terminar las jornadas. Así nació Cebados.

El 13 de febrero de 2012 el grupo quedó oficialmente creado en Facebook. Más de una década después, sigue rodando.

Una lógica propia

A diferencia de otros grupos de cicloturismo, Cebados parece funcionar bajo reglas propias. O, mejor dicho, bajo una especie de “desorganización organizada”, como la define Facundo.

“No somos un grupo estructurado donde todo está medido. Acá puede cambiar el recorrido sobre la marcha, el destino o incluso el horario. Lo imprevisto es parte de la dinámica”, explica.

La escena se repite constantemente: alguien propone una salida, se pacta un horario que probablemente nadie cumpla del todo y un recorrido que quizás termine siendo otro. Lo único seguro es que hay que llevar luces en la bicicleta porque muchas veces las salidas diurnas terminan convertidas en travesías nocturnas.

En esa lógica sin demasiadas formalidades, el grupo encontró su identidad. Porque el objetivo nunca fue solamente pedalear. “Lo importante no es la cantidad de kilómetros sino juntarse y pasar un buen momento”, resume Facundo.

Al llegar a nuestras casas luego de cualquier viaje, todas las situaciones o momentos vividos se transforman en anécdotas de índole individual o grupal, y como bien decía, es la parte enriquecedora del viaje que a fin de cuentas es lo que importa”.

Facundo Illescas
Portavoz de Cebados

Hoy el grupo supera los 3.000 miembros en Facebook, aunque las salidas habituales suelen reunir entre diez y veinticinco personas. Cualquiera puede sumarse. No hay pruebas físicas ni exigencias especiales. Sólo una regla básica que se repite como mantra antes de cada salida: cada uno es responsable de sí mismo, de su seguridad y de sus gastos.

El casco, aclaran siempre, es más que recomendable.

Viajar “a la velocidad de las mariposas”

Si algo distingue a este grupo son las travesías largas. No se trata únicamente de excursiones recreativas. En muchos casos son verdaderas expediciones autosuficientes.

Durante años recorrieron gran parte de la Argentina y también Chile. Desde caminos rurales bonaerenses hasta rutas de montaña a casi 5.000 metros sobre el nivel del mar. Entre los destinos más extremos aparece el Abra del Acay, en Salta, uno de los pasos más altos del país.

Las travesías suelen planearse con tiempo, aunque sólo hasta cierto punto. El grupo investiga caminos, terrenos y distancias, pero siempre deja margen para modificar todo en plena marcha.

“Lo planeado puede cambiar de un momento a otro por comentarios de lugareños, caminos que no existen o simplemente porque pinta otra cosa”, explica Facundo.

Ahí aparece uno de los rasgos más particulares de Cebados: el valor de la improvisación.

Las rutas pueden durar dos días o dos semanas. En enero generalmente apuntan al sur argentino y a cruzar hacia Chile por algún paso fronterizo. En invierno buscan las zonas más cálidas de la Mesopotamia. Y hacia octubre o noviembre suelen mirar hacia el norte.

Todo sin vehículos de apoyo y bajo modalidad autosuficiente. Eso significa que cada ciclista carga su propia “casa” en las alforjas: ropa, herramientas, comida, bolsa de dormir y todo lo necesario para sobrevivir varios días arriba de la bicicleta.

“Nadie lucra con esto. Las travesías son gratuitas y cualquiera puede sumarse”, aclara.

En el camino, cada integrante aporta desde lo que sabe hacer. Algunos cocinan. Otros arreglan bicicletas. Otros buscan lugares para dormir o resolver problemas logísticos. La dinámica termina funcionando casi como una pequeña comunidad itinerante.

Y ahí aparece otra dimensión del viaje: la mental.

Porque pedalear durante horas, dormir donde se pueda, bañarse poco o administrar el agua obliga a desarrollar otra relación con el tiempo y con las necesidades cotidianas.

“La bici y las alforjas se transforman en tu casa. Cuando tus cosas viajan con vos, entendés que no te atan a ningún lado”, reflexiona Facundo.

El asombro del interior

Las historias se acumulan después de tantos años de ruta. Algunas tienen que ver con paisajes. Otras, con encuentros inesperados.

En muchos pueblos alejados del circuito turístico, la llegada de veinte ciclistas cargados con bolsos y bicicletas genera sorpresa inmediata. “Nos miran como astronautas”, cuenta Facundo.

La escena suele repetirse: vecinos que salen a saludar, familias que ofrecen agua caliente para el mate, gente que se interesa por saber de dónde vienen y hacia dónde van.

Para el grupo, esos intercambios son parte central de la experiencia. “La generosidad y humildad de la gente del interior son cosas que siempre nos llevamos”, dice.

Y agrega que muchas veces esos viajes sirven también para revalorizar lo cotidiano. Porque al atravesar lugares con menos recursos o necesidades más marcadas, inevitablemente aparece una reflexión sobre la propia vida.

Las travesías dejan cansancio físico, sí. Pero sobre todo dejan anécdotas. Historias mínimas que después vuelven convertidas en recuerdos compartidos. Un atardecer en la montaña. Una noche durmiendo al costado del camino. Un cambio inesperado de ruta. Una lluvia. Una subida eterna. Un mate frente a las estrellas. “Son momentos mágicos cuando viajás en bicicleta a la velocidad de las mariposas”, resume Facundo.

Mucho más que pedalear

Aunque el grupo nació alrededor de la bicicleta, con el tiempo terminó construyendo algo más profundo: un sentido de pertenencia.

Muchos integrantes llevan juntos más de diez o quince años. Algunos siguen viajando constantemente. Otros aparecen menos. Pero todos mantienen el vínculo.

Incluso hay quienes ya no salen a pedalear y sin embargo siguen sintiéndose parte. Eso, quizás, explica por qué Cebados logró sostenerse durante tantos años sin necesidad de convertirse en un fenómeno de redes sociales.

La mayoría llega por recomendación de alguien. Por un amigo que invitó a una salida. Por un conocido que contó una travesía. Por el famoso “boca en boca”.

“No estamos pendientes de las redes. La gente llega porque alguien le habló de Cebados”, explica Facundo.

En tiempos atravesados por la hiperconectividad, las agendas saturadas y la necesidad constante de productividad, el grupo parece proponer exactamente lo contrario: frenar un poco.

Subirse a la bicicleta. Pedalear sin demasiada urgencia. Perder noción del horario. Compartir un mate. Dormir donde toque. Improvisar. Y volver a casa distinto.

Porque después de miles de kilómetros recorridos, de rutas cambiadas sobre la marcha y de años enteros arriba de la bici, en Cebados todavía sostienen una certeza simple. “Lo que uno se lleva es lo que vivió”, concluye.

Atravesaron desde caminos rurales bonaerenses hasta rutas de montaña a casi 5.000 metros sobre el nivel del mar

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