En julio, Tomás Fonzi describió el estado de la ficción nacional: poco trabajo, producciones que no arrancan, un rubro que se achica. Desde su programa en Neura, Alejandro Fantino lo definió como “actor kuka por antonomasia” y le sugirió una salida: si tenía carnet de conducir podía manejar para una aplicación, o cortar el pasto, o hacer un curso de electricidad. Y remató con una humorada que se volvió título en todos lados: que Fonzi actuara de chofer de Uber.
La reacción fue inmediata. Dolores Fonzi bancó a su hermano por X y aclaró que Tomás trabaja en una de las obras más vistas de la calle Corrientes, y que no hablaba por él sino por el conjunto. Pablo Echarri acusó al conductor de militar la pobreza ajena y recordó que la fórmula no es nueva: antes de la aplicación, el consejo era manejar un taxi. La Asociación Argentina de Actores y Actrices leyó el episodio, en un comunicado durísimo, como un capítulo más de la guerra cultural.
Pero debajo de la chicana hay un dato que ninguno de los dos bandos discutió, porque no hace falta: buena parte del elenco argentino ya tiene otro laburo. La lógica del pluriempleo —esa que convirtió el “y además” en la respuesta más común cuando alguien cuenta de qué vive— llegó hace rato a la farándula. Lo que en otros oficios se llama changa, acá se llama bache: los meses muertos entre un proyecto y otro, la temporada que no se renueva, la tira que se levanta. El actor factura por temporada, pero come todo el año.
Ahora bien: sería tramposo leer todos los casos con la misma clave. Hay quienes salieron a buscar otra cosa porque la jubilación no alcanza o porque el teléfono dejó de sonar. Y hay quienes montaron un bar o una pizzería porque tenían ganas: el deseo también organiza biografías. La galería que sigue tiene de las dos: los que salieron a buscar otra cosa porque el oficio los dejó a pie, y los que armaron algo en paralelo porque podían y querían. Confundirlos —que es lo que hizo Neura— es hacer pasar por elección lo que muchas veces es intemperie: el problema nunca fue si un actor puede manejar un auto, es qué le pasa a un país cuando manejar un auto deja de ser una changa y se convierte en el destino.
En julio, Tomás Fonzi describió el estado de la ficción nacional: poco trabajo, producciones que no arrancan, un rubro que se achica. Desde su programa en Neura, Alejandro Fantino lo definió como “actor kuka por antonomasia” y le sugirió una salida: si tenía carnet de conducir podía manejar para una aplicación, o cortar el pasto, o hacer un curso de electricidad. Y remató con una humorada que se volvió título en todos lados: que Fonzi actuara de chofer de Uber.
La reacción fue inmediata. Dolores Fonzi bancó a su hermano por X y aclaró que Tomás trabaja en una de las obras más vistas de la calle Corrientes, y que no hablaba por él sino por el conjunto. Pablo Echarri acusó al conductor de militar la pobreza ajena y recordó que la fórmula no es nueva: antes de la aplicación, el consejo era manejar un taxi. La Asociación Argentina de Actores y Actrices leyó el episodio, en un comunicado durísimo, como un capítulo más de la guerra cultural.
Pero debajo de la chicana hay un dato que ninguno de los dos bandos discutió, porque no hace falta: buena parte del elenco argentino ya tiene otro laburo. La lógica del pluriempleo —esa que convirtió el “y además” en la respuesta más común cuando alguien cuenta de qué vive— llegó hace rato a la farándula. Lo que en otros oficios se llama changa, acá se llama bache: los meses muertos entre un proyecto y otro, la temporada que no se renueva, la tira que se levanta. El actor factura por temporada, pero come todo el año.
Ahora bien: sería tramposo leer todos los casos con la misma clave. Hay quienes salieron a buscar otra cosa porque la jubilación no alcanza o porque el teléfono dejó de sonar. Y hay quienes montaron un bar o una pizzería porque tenían ganas: el deseo también organiza biografías. La galería que sigue tiene de las dos: los que salieron a buscar otra cosa porque el oficio los dejó a pie, y los que armaron algo en paralelo porque podían y querían. Confundirlos —que es lo que hizo Neura— es hacer pasar por elección lo que muchas veces es intemperie: el problema nunca fue si un actor puede manejar un auto, es qué le pasa a un país cuando manejar un auto deja de ser una changa y se convierte en el destino.
El Uber
como experimento
Rafael Ferro
Cuando contó al pasar, en el streaming de Fabián Casas, que había manejado para la aplicación, se armó un revuelo que lo obligó a explicarse. Lo definió como un experimento: una manera de ocuparse y de atravesar un tiempo difícil, más terapéutico que económico. También trabajó de mozo y en una ferretería, pidiendo permiso para probar. La pregunta que lo movía era la de todo actor sin llamados: si nunca más actuara, ¿podría hacer otra cosa?
De ahí salió material para su libro “Agujas” y para un documental sobre qué hace un actor cuando no trabaja de actor, tema que ya había explorado en el corto “Guerrero sin batallas”. Lo más interesante es su incomodidad: le molesta que el asunto se instale como algo indigno, porque eso subestima a la gente que vive de eso.
De La Colada
al volante
Alejandra Majluf
Su personaje fue furor en los noventa, en “Clave de Sol”. En la pandemia, con una obra caída a los dos días de empezar, un amigo le pidió que lo llevara en auto a buscar a una paciente y ahí se le encendió la lamparita: gorra, corbata y un personaje nuevo. Empezó a hacerse pasar por chofer y a grabar los traslados. Cuando Hernán Piquín le pidió que lo llevara, entendió que tenía un formato: mientras maneja, entrevista. La reconversión fue literal —hoy trabaja como remisera— pero también fue un truco de oficio: convertir la changa en material. Además da clases de teatro en Saavedra.
El crochet
y la feria
Noemí Alan
Fue una de las grandes figuras de los ochenta, en cine y en revista, y compartió pantalla con Sofovich, Porcel, Calabró y Tato Bores. Hoy vive de la jubilación, del alquiler de un monoambiente en Barrio Norte y de sus tejidos en crochet, que vende en la feria de una amiga. El dato es elocuente: no hay otro trabajo, hay tres fuentes de ingreso combinadas para llegar a fin de mes.
La obra antes
que la cámara
Sebastián Estevanez
El galán de “Dulce Amor” rechazó volver a la televisión con una nueva versión de la novela porque está metido de lleno en la construcción. Fue claro en Urbana Play con Matías Martin: se tentó, pero no puede hacer las dos cosas. Aclaró que no es obrero, aunque le encantaría serlo, y que su tarea se parece a una producción general: armar equipos de arquitectos, ingenieros, plomeros y albañiles. Hasta asesoró a Marley con su casa. El motivo de fondo es el que aparece en cualquier oficina: quería estar más tiempo con su mujer y sus hijos.
La carpintería
contra
la espera
Octavio Borro
Salió de “Jugate conmigo” directo a la popularidad, estudió con Raúl Serrano y estuvo quince años en el medio: “¡Grande, Pa!”, “Chiquititas”, “Costumbres argentinas”. Su testimonio es de los más honestos sobre la salud mental del oficio: contó que no saber cuándo iba a volver a trabajar le producía una incertidumbre que iba más allá de la plata, y que él no quería llegar a la depresión que ve en otros. La carpintería no fue plan B sino antídoto contra el parate. En 2021 volvió a la tele con “Hogar, dulce hogar” y ahí pudo juntar las dos cosas.
El call center
como red
Verónica Walfisch
Trabajó en “Princesa”, “Déjate querer” y “Muñeca brava”, que fue lo último que hizo con continuidad. Cuando la ficción escaseó siguió por su cuenta: espectáculos, canciones propias, un disco con Federico Ghazarossian. Pero en el medio hubo años de call center, y ella lo explica sin épica: había que pagar las cuentas. Con un detalle que muchos actores conocen de memoria: le servía porque le permitía cualquier horario, y entonces podía seguir actuando.
Pastas en Palermo
Rusherking
No es actor, pero sirve como contraste generacional. A los 25, con la carrera musical en marcha, el santiagueño abrió un restaurante de pastas en Palermo, franquicia de un local que conoció en Nueva York mientras grababa su disco. Cuando lo trataron de “cheto”, respondió con la biografía: viene de Santiago del Estero, de no tener nada, y cuando empezó a tener un poco más se volvió consciente de lo que generaba. Su socio es el padre de su manager, que trabajó años en McDonald’s. Acá el segundo trabajo no es red de contención: es capitalización.
Los surtidores
de Villaguay
Sandra Ballesteros
Este caso es distinto y conviene subrayarlo. La actriz de “Un lugar en el mundo” y “Martín (Hache)” dejó Buenos Aires y volvió a Villaguay, su pueblo natal en Entre Ríos. Cuando su padre le contó que ponía en venta la estación de servicio, le pidió que no la vendiera: se hacía cargo ella. Lo explicó como una necesidad interna, la sensación de que otra forma de vida pedía desarrollarse. No es la actriz expulsada del medio: es la actriz que se fue.
Veinticinco años
de vuelo
Guido Süller
Antes de ser personaje mediático, arquitecto recibido en los ochenta y profesor de inglés, Süller fue comisario de a bordo de Aerolíneas Argentinas durante más de dos décadas, hasta jubilarse. Ingresó en 1989, el mismo año en que fue uno de los Susanos en el programa de Susana Giménez. Hay crónicas de pasajeros que lo encontraron a cargo de la cabina en un Barcelona-Buenos Aires y lo describieron como un profesional impecable. Acá el orden se invierte: la tele fue lo intermitente; el avión, el trabajo estable.
Un café para
tapar una torre
Martín Piroyansky
La historia es tan porteña que parece guión suyo. Compró una casa en La Paternal, se enteró de que al lado iban a levantar un edificio de siete pisos y les escribió uno por uno a los desarrolladores para pedirles que no lo hicieran. Se le rieron, hasta que uno le ofreció alquilarle la propiedad para poner un café. Así nació Café Mar del Plata, en Añasco 2543: casa chorizo remodelada, sándwiches de miga con vueltas de tuerca y una declaración de principios contra el café de especialidad —volver a pedir café con leche, cortado, cortado doble. Mató dos pájaros de un tiro, resumió. También fue honesto sobre el negocio: el bar se llena, pero apenas pagan sueldos y cuentas.
El psiquiatra que
eligió otro discurso
Diego Peretti
Se recibió de médico, hizo cuatro años de residencia en psiquiatría en el Hospital Castex, fue jefe de residentes en el Argerich y trabajó en prevención de salud mental en Florencio Varela. Durante años sostuvo las dos cosas a la vez: la residencia, el teatro independiente, “Zona de riesgo”, “Poliladron”. Contó que no dormía y que igual fue una época feliz. Cuando se volvieron incompatibles eligió, y despidió a sus pacientes de a poco, derivándolos. La explicación es de manual: le interesaba más el discurso artístico que el científico. Años después dio de baja la matrícula y descartó volver a ejercer.
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