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Cuando la “tribu” es la medicina: el vigor de los vínculos humanos

Mientras el mundo busca el suplemento perfecto o la dieta ideal, la ciencia señala algo más antiguo y más difícil de embotellar: las relaciones sociales son tan determinantes para la salud como el tabaco o el ejercicio

La soledad sostenida eleva el cortisol, y activa respuestas inflamatorias que dañan los tejidos / freepik
En diferentes partes del mundo emergen las “zonas azules” / freepik

Por Redacción

En algún momento entre la pandemia y el auge del trabajo remoto, la soledad dejó de ser un problema personal para convertirse en uno de salud pública. En 2023, la Organización Mundial de la Salud la declaró prioridad sanitaria global, y el Cirujano General de Estados Unidos publicó un informe que la calificaba de epidemia. No lo hacían desde una perspectiva poética: lo hacían porque los datos eran demasiado consistentes para ignorarlos. Estar crónicamente aislado incrementa el riesgo de muerte prematura en proporciones comparables a fumar quince cigarrillos por día, y supera el efecto de la obesidad o el sedentarismo sobre la mortalidad.

El hábito de salud más pasado por alto de nuestra época no está en ninguna lista de superfoods. Está en algo tan elemental como tener personas con quienes compartir la vida.

Lo que muestran los números

Una revisión que analizó noventa estudios científicos realizados en distintas partes del mundo, con datos de más de dos millones de personas, confirmó que el aislamiento social y la soledad aumentan el riesgo de morir en torno al veintiséis por ciento. No es un efecto marginal. Es una señal robusta que aparece en poblaciones distintas, en países distintos, en momentos históricos distintos.

¿Por qué el cuerpo sufre cuando está solo? La soledad sostenida eleva el cortisol, activa respuestas inflamatorias que dañan los tejidos de manera acumulativa, deteriora el sistema inmune y desregula la presión arterial. El corazón es uno de los órganos más afectados: la desconexión social se asocia con mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y accidentes cerebrovasculares. La soledad es también uno de los factores de riesgo identificados para el deterioro cognitivo y la demencia.

El aislamiento no hace daño solo porque nos pone tristes. Lo hace porque altera la bioquímica del organismo.

Las comunidades que envejecen bien

Durante décadas, el demógrafo belga Michel Poulain y el médico italiano Gianni Pes estudiaron los registros de nacimiento de ciertas poblaciones donde la gente vivía, sistemáticamente, más y mejor que en el resto del mundo. Les pusieron un círculo azul en el mapa. Y de ahí salió el nombre con el que hoy se conocen estas regiones: Zonas Azules.

Son cinco: Okinawa en Japón, Cerdeña en Italia, Ikaria en Grecia, la península de Nicoya en Costa Rica y la ciudad californiana de Loma Linda. Cada una tiene sus particularidades dietéticas y climáticas, pero todas comparten algo que no aparece en ningún frasco: la vida en comunidad es el centro de la existencia cotidiana.

En Cerdeña, varias generaciones comparten el mismo techo y los ancianos son figuras activas, no marginadas. En Nicoya existe el plan de vida, ese sentido claro del para qué de cada día. En Okinawa, la tradición de los moai —grupos de amigos que se forman en la juventud y se acompañan de por vida, tanto en lo emocional como en lo económico— hace que la soledad sea casi una anomalía. El ikigai, la razón de levantarse cada mañana, no suele ser una meta grandiosa: puede ser cuidar un huerto o cocinar para la familia. Lo que importa es que sea real.

En todas estas comunidades, pertenecer a un grupo —religioso, vecinal, familiar— se asocia con una reducción de entre el veinte y el treinta por ciento en el riesgo de morir de manera prematura. No como metáfora: como dato estadístico.

El problema es el entorno, no la voluntad

Aquí viene la parte incómoda. Decirle a alguien que “cuide sus vínculos” es casi tan inútil como decirle que “coma sano” sin preguntarse cómo vive y cuántas horas libres tiene. La soledad contemporánea no es solo una falla individual: es, en gran medida, el resultado de un modelo de ciudad construido para la productividad y no para la vida en común.

Dan Buettner, el periodista que popularizó las Zonas Azules, argumenta que el cambio verdadero no ocurre convenciendo a la gente de comportarse distinto, sino rediseñando los entornos para que los comportamientos saludables sean los más fáciles: ciudades caminables, espacios que inviten al encuentro, barrios donde viejos y jóvenes se crucen en lugar de vivir en mundos paralelos.

En La Plata, ese potencial existe. Los clubes de barrio, las bibliotecas populares, las plazas y las organizaciones vecinales funcionan, en muchos casos, exactamente como los moai de Okinawa sin saberlo. No son folclore: son infraestructura de salud pública que rara vez se reconoce como tal.

Lo que emerge de toda esta evidencia es una imagen del envejecimiento saludable que no encaja del todo con la que vende la industria de la longevidad. No es la del individuo optimizado, con su rutina de sueño perfecta y su análisis de sangre trimestral. Es la de alguien que tiene a quién llamar, que es esperado en algún lado, que sabe para qué se levanta.

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