Darío Grandinetti tenía un deseo: recorrer el país con un monólogo. “Recorrer el país es una de las cosas que más me gusta, no me gusta estancarme en Buenos Aires, quería llevar una obra a otros lugares”, cuenta Grandinetti. Le propuso la idea a Javier Daulte, con quien ha trabajado en otras cinco piezas “y somos como familia”, pero al principio las agendas conspiraron. Hasta que el año pasado, Grandinetti dio el ultimátum: “Le dije: ‘Encontremos el momento’, y a partir de allí, Daulte se sentó a escribir”.
Y escribió “El escritor de todas las cosas”, monólogo que debutó este año en Rosario y que, tras pasear por varias localidades, se presentará en La Plata este viernes (Teatro Metro, desde las 21). Una obra que transita entre el humor, la memoria y el poder de las palabras, en la que a lo largo de un monólogo vertiginoso, Grandinetti escucha una obra que él mismo escribió y que vuelve a representarse mientras recorre recuerdos, vínculos, amores y preguntas que permanecen abiertas.
El escritor en cuestión es un profesional, pero escribe sobrecitos de azúcar, carteles de tránsito. “No es un escritor exitoso, y no se autocompadece: se define a él mismo como un fracasado, en cuanto a pretensiones literarias”, adelanta Grandinetti. También escribe, sin embargo, sobre su vida, y es lo que hace que esté ahí, en los pasillos de un teatro donde se representa una obra que él escribió. Y allí, mientras cuenta su vida tras el telón, “aparece un escritor ingenuo, y otro no tanto, que se da cuenta de que lo que escribe tiene consecuencias”.
Allí, dice Grandinetti, el corazón de la obra, que se pregunta qué significa escribir, para quién se escribe, qué hacemos con las palabras que ponemos en circulación. Las palabras pueden dejar marcas, acariciar y herir, y hoy, dice el actor de “Esperando la carroza” y “Relatos salvajes”, “la palabra se encuentra absolutamente desvalorizada”.
“Lo que decimos, lo que hacemos, resuena en el otro”, sigue. “En el caso del teatro, mucho más, porque ocurre en el momento, tiene la ventaja de la inmediatez. El otro día escuchaba a Mauricio Kartun y decía algo muy lúcido: uno compra un disco, o un libro, y compra algo terminado. Pero cuando va al teatro, lo que está viendo es un proceso: el rol del espectador es muy importante, el hecho teatral se produce entre los que estamos arriba y los que estamos abajo. Y eso me permite pensar que el teatro será inviolable frente a todas estas inteligencias artificiales, que pretenden reemplazar al ser humano. La gente no va a pagar una entrada para ver un holograma, y yo no voy a hacer una obra para 300 hologramas”.
- Hablabas de la importancia de la palabra. ¿Por qué la palabra está perdiendo ese rigor?
- Porque hoy se puede decir cualquier cosa. Nadie controla, nadie chequea. En nombre del derecho a la opinión, se opina cualquier cosa. Y uno tiene derecho a opinar, pero no a opinar cualquier cosa: tenés que tener cierto rigor. Porque hoy lo que se dice trasciende, a través de las redes, y esas mentiras, esas pavadas, se instalan como verdad, y nadie cuestiona. Hoy vale decir cualquier cosa en función de los intereses que cada uno defiende.
- Y el teatro, el arte en general, ¿qué puede ofrecer como resistencia frente a esto?
- Lo de siempre. Por eso las derechas se meten con el arte, con las expresiones culturales. Siempre recuerdo la historia de Tespis, que me quedó grabada desde que estudié teatro: Tespis se considera el primer actor, 500 años antes de Cristo… Bueno, a Tespis lo expulsaron, y terminó su vida recorriendo los caminos de la antigua Grecia, contando historias con un carro, donde llevaba disfraces, máscaras y coturnos. Bueno, a ese señor, que se considera el primer actor, que rompió con la inercia del coro y el corifeo, lo expulsaron. ¿Es útil lo que hacemos? Alguna utilidad debe tener, sino las derechas no estarían tan preocupadas por la cultura.
- He escuchado a Daulte decir que el arte no tiene que servir para nada…
- Sí. Yo estoy de acuerdo, también.
- Y sin embargo la obra se pregunta para qué se escribe…
- Si, claro, bueno, pero él no puede sentarse a escribir una obra pensando que tiene que servirle a alguien, o de qué manera le tiene que servir a alguien. En este sentido, yo recuerdo siempre una frase de Haroldo Conti, donde decía que él no podía comprometerse a escribir una literatura política, eso lo limitaría: él se expresaba políticamente firmando un comunicado, dando una opinión… Bueno, yo siento lo mismo: no puedo subir al escenario sintiendo que tengo la responsabilidad de que lo hago sea útil. En todo caso, es útil para mí, y si es útil para mí voy a tener un rigor, una seriedad en mi trabajo que seguramente trascienda a quien lo vea. Ya ejerciendo el oficio alcanza, uno no puede hacer pensando en hacer algo que le sirva a la gente: sería como decir “tengo que escribir algo que a la gente le guste”. Sería justamente inútil. Todas estas cuestiones se las pregunta el personaje en la obra.
- Hablando de utilidad, quería preguntarte en términos económicos: ¿cómo es armar y autogestionar hoy una gira por un país en crisis?
- Es complicado, en algunos lugares más que en otros. Y hay muchas obras girando, por la falta de trabajo. Pero esto tuvo que ver con mi deseo: yo quería hacer esto, y sabía que para esto no me iba a llamar nadie, a nadie se le hubiera ocurrido decir “Darío, vení, mirá, hacé este monólogo, hacelo de gira”. Fue un deseo mío. Y si bien, como decía, la obra lleva un tiempo en las gateras, se concretó ahora, donde ocurre esta crisis, pero ese no fue el motor: yo estoy trabajando, tengo trabajo, son otros los compañeros que no tienen trabajo. Todos en el oficio, en algún momento, estuvimos sin trabajo, pero nunca se vio esto, este ataque tan despiadado contra la industria audiovisual. En una película trabajan cientas de personas, es una industria de verdad, son muchas personas las que se están quedando sin trabajo en nombre de esta pavada de “con la nuestra”: el dinero del cine sale del cine, no sale del presupuesto nacional, es un porcentaje de las entradas que se pagan para ver una película, es un círculo virtuoso. No es con la de nadie, no se le quita el dinero a la educación o a los jubilados, no es porque se produzca cine que no se hacen universidades. Porque ahora, que no apoyan al cine, y que siguen recaudando ese dinero, tampoco lo usan para arreglar rutas. Nadie sabe qué están haciendo con ese dinero.
- Venís advirtiendo sobre el desfinanciamiento del sector audiovisual. Ahora, más allá de la pérdida de una industria, de empleo, que ya es suficiente para defender el sector, desde ya, pero más allá de eso: ¿qué pierde un país cuando deja de contarse en ficción?
- En el caso del cine, perdemos prestigio. Y de crecer, de reflexionar, de vernos reflejados. E incluso del simple entretenimiento, el ser humano necesita distraerse también. No quiero caer en hablar de la cultura, porque la cultura para nosotros también es el choripan en la cancha, el tango, es muy amplio, es muy grande todo lo que incluye el acervo cultural de un país. Pero se atenta contra eso: perdemos identidad, sobre todo perdemos identidad.
- Te han elegido mucho para hacer de escritor: “El lado oscuro del corazón”, “Hable con ella”, “Nina”... ¿Por qué pensás que te eligen para esos papeles?
Qué se yo… Porque yo no escribo nada, ni mensajes de texto, dejo mensajes de voz porque los hago más rápido, para escribir tengo que ponerme los anteojos… Pero bueno, no sé por qué. Muchas cosas que me han ofrecido hacer, de todos modos, no tienen que ver conmigo: he sido psicópata, por ejemplo.
- La obra termina preguntándose qué queda cuando todo parece haber pasado: una historia, un recuerdo, una palabra. ¿Qué palabra te gustaría que quedara de vos?
- No, no, yo quiero ser buen tipo, buen padre, buen amigo, buen hermano, buen hijo. El oficio me ha dado muy buenos amigos, y eso es lo que quiero del oficio, nada más: vivir de mi oficio, que mi oficio me ayude a crecer, a vivir tranquilo, a poder ayudar a alguien que lo necesite, y nada más.
“El escritor de todas las cosas”, unipersonal escrito y dirigido por Javier Daulte, protagonizado por Darío Grandinetti. Viernes a las 21 en el Teatro Metro, 4 entre 51 y 53.
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