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De la impresora a la unión convivencial: cuando el amor nace en el trabajo

“Nos conocimos discutiendo, y hoy la única pelea que nos queda es quién apaga la luz antes de dormir”. La frase resume, con humor, diez años de historia compartida entre cuatro paredes de oficina
Según estudios internacionales, 1 de cada 2 trabajadores asegura haber tenido un romance laboral / IA

Por Redacción

Dicen que las oficinas son el escenario menos romántico que existe: luz artificial, sillas giratorias, el zumbido constante de una impresora que nunca tiene suficiente tóner. Y sin embargo, ahí, entre planillas y cafés recalentados, se arman algunas de las historias más duraderas. La de estos dos empezó, literalmente, con un reclamo administrativo. Todo sucedió en un pasillo con olor a expedientes apilados y aire acondicionado descompuesto. Ella llevaba apenas tres meses en el puesto cuando él, con más antigüedad y más paciencia de la que aparentaba, tuvo que explicarle por segunda vez cómo cargar el sistema interno. No hubo flechazo ni música de fondo. Hubo, apenas, una costumbre que se fue armando sin que nadie la planificara: un intercambio de mensajes con instrucciones, después una consulta que no era estrictamente necesaria, luego una charla que se estiraba diez minutos más de lo que el tema ameritaba. A posteriori, una historia que, como una montaña rusa, sufrió vaivenes cuyo final fue una pareja feliz.

ANDÁBAMOS SIN BUSCARNOS

Todo comenzó en 2016. Él estaba en pareja entonces, y eso, dicen los dos, fue determinante para que nada se torciera antes de tiempo. “Fuimos, antes que nada, compañeros de trabajo”, cuenta ella en diálogo con EL DIA, y aclara que esa etapa duró más de dos años sin sobresaltos.

Se conocieron en el trabajo en 2016: él estaba en pareja y cuando se separó, era ella quien había iniciado una relación

Compartían el horario de almuerzo, el mismo microondas, las mismas quejas sobre el aire acondicionado que nunca funcionaba como debía. Los cumpleaños se festejaban en la cocina de la oficina y los viernes, cuando el trabajo aflojaba, aparecía una gaseosa compartida en vasos de plástico. Los mensajes se limitaban a avisar si llovía y había que llevar paraguas, o a mandar el aviso de algún trámite mal hecho por otro compañero.

“Nunca pensé en él de otra manera en esos años”, admite ella. “Era la persona con la que mejor me llevaba en un lugar donde no siempre es fácil llevarse bien con todos”, añade. Él coincide, y agrega un detalle que a la distancia parece premonitorio: guardaba, sin saber muy bien por qué, cada conversación de esa época en el chat interno de la empresa, como si algo le dijera que en algún momento iba a querer volver a leerlas.

La rutina, entonces, tejió una confianza que no pedía nada a cambio. Y así habría podido seguir, probablemente, si la vida no hubiera decidido intervenir.

AÚN SABIENDO QUE

La separación de él llegó sin escándalo, en un invierno de 2018, de esos que en la oficina se notan porque alguien empieza a quedarse más tarde de lo habitual, buscando excusas para no volver a una casa que de golpe quedó demasiado silenciosa. Nadie hizo preguntas incómodas. Ella, eso sí, empezó a prestar más atención. Y fue justo en ese momento, cuando cualquiera hubiera apostado a que el terreno estaba despejado, que la balanza se movió para el otro lado: ella empezó una relación nueva, ajena por completo a la oficina, que duraría poco más de un año.

“Fue como si el reloj estuviera en contra nuestra todo el tiempo”, detalla él. Y no exagera. Hubo charlas que se cortaron a mitad de camino, interrumpidas por una llamada de teléfono o por la aparición inoportuna de un tercero. Hubo un almuerzo que se estiró más de lo prudente, casi dos horas, y que ninguno de los dos comentó después, como si mencionarlo fuera reconocer algo que todavía no tenía nombre.

Ningún gesto llegó a completarse. Los dos coinciden en que, en el fondo, sabían que apurar las cosas hubiera sido un error: ella recién estaba probando algo nuevo, él recién estaba aprendiendo a estar solo. “Creo que si hubiéramos insistido en ese momento, nos habríamos arruinado antes de empezar”, reflexiona ella.

Así que esperaron. No fue una decisión consciente, ni un pacto explícito. Fue, más bien, una paciencia que se impuso sola, la misma con la que habían sostenido la amistad durante años.

ANDÁBAMOS PARA ENCONTRARNOS

Pasó, en total, un año. La relación de ella terminó sin ruido, casi de la misma manera silenciosa en que había terminado la de él tiempo atrás. Y por primera vez los dos estaban disponibles al mismo tiempo. Fue una tarde de balance de fin de mes, de esas en las que la oficina se vacía temprano y quedan apenas dos o tres personas frente a la computadora, cuando finalmente dijeron lo que durante años habían callado. Se había cortado la luz en el edificio esa tarde, y trabajaban con las luces de emergencia encendidas. “No hubo vueltas, fue directo”, recapitula ella. “Como si los dos hubiéramos guardado la frase en un cajón, esperando el momento en que ya no hiciera falta explicar nada”. Él lo cuenta de otra forma, pero llega al mismo lugar: “Nos habíamos cuidado tanto durante tanto tiempo que, cuando por fin nos animamos, ya no había nada que cuidar. Solo faltaba decirlo.”

Primero fueron compañeros de trabajo, luego amigos y, casi sin apurarse, una pareja que hoy convive y proyecta

Así, ambos, después de trabajar, cenaron juntos. Y al día siguiente. Y al otro, y otro más. La relación oficializada, meses después, no generó sorpresas pero si una alegría compartida en el espacio laboral.

LA UNIÓN CONVIVENCIAL

Esta semana, casi diez años después de aquel primer cruce, firmaron la unión convivencial en el Registro de las Personas. Dos compañeros del mismo sector oficiaron de testigos, y el trámite, cuentan, les llevó menos tiempo del que habían imaginado: una firma, un sello, y la sensación extraña de estar formalizando algo que en el fondo ya vivían desde hacía rato.

No hubo gran fiesta. Hubo, sí, una cena esa noche con las personas más cercanas, y un brindis breve en el que -cuentan- todos los presentes admitieron que sabían que iban a terminar juntos menos ellos dos.

Ahora piensan en una casa propia, aunque sin apuro: evalúan un crédito hipotecario y calculan que, con la situación económica actual, el proceso podría llevarles un par de años de ahorro sostenido antes de dar el paso definitivo. No los apura el tiempo, dicen, porque ya aprendieron que las cosas que valen la pena rara vez se apuran.

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