Sobre la Ruta 36, a la altura de las calles 420 y 425, hay dos mercados que la mayoría de los platenses nunca pisó. El Mercoflor y la Cooperativa de Floricultores son los puntos de partida de casi todas las flores que se venden en el país: por ahí circula, según estiman los propios productores, entre el 90 y el 95 por ciento de la flor que se comercializa en Argentina. Rosas, lilium, fresias, claveles, chipsófila, yerbera: miles de tallos que salen cada mañana de los invernaderos del cinturón verde platense para terminar en floristerías, en salones de eventos, en mesas de cumpleaños. La Plata produce más flores de corte que cualquier otra ciudad del país. Sin embargo, los desafíos siempre están presentes.
Silvio Pérez lleva años cultivando en la zona y conoce el circuito de adentro. La diversidad de la producción platense es real, pero al mismo tiempo reconoce un problema: “El tema del valor este último tiempo ha estado bastante bajo, porque está entrando muchas flores importadas de Brasil, Colombia y Ecuador. Está entrando más cantidad de lo que entraba antes y se complica mucho a los productores locales poder ubicar volúmenes. De vender se vende, pero no la cantidad que se estaba vendiendo antes y a un precio más bajo también. Porque entra a un precio muy bajo y a nosotros nos está costando demasiado poder sostener la unidad productiva”, explica en diálogo con EL DIA.
El peso de la temporada también incide. La fresia y la yerbera, por ejemplo, tienen picos de precio en invierno y se abaratan en verano, cuando la oferta local se multiplica. El lilium, en cambio, depende casi siempre de bulbos importados. “La variedad y el precio varía mucho según la época del año”, dice Silvio. “Hay flores que en julio se venden solas y en enero no las querés ni regaladas”.
La estructura comercial de la floricultura platense tiene una particularidad: a diferencia de la horticultura, donde los intermediarios tienen un peso determinante, la mayoría de los floricultores van ellos mismos al mercado y venden directamente desde su puesto. Eso les da autonomía, pero también los ata: producir y comercializar al por mayor ya requiere todas las horas del día. Atender clientes minoristas o hacer entregas a domicilio queda fuera. “Nosotros los productores no podemos hacer las dos cosas”, dice Silvio. “No nos da el tiempo porque lleva mucha hora de trabajo del tema de la producción”. Esa franja del negocio, la de mayor margen, la captura otro.
CUATRO AÑOS Y MEDIO EN MADRID Y SIEMPRE MIRANDO PARA ACÁ
Gastón Ariel Pérez Arrua nació en Villa Elvira, creció cerca del Bosque y durante doce años tuvo un servicio de catering en La Plata que, con el tiempo, incorporó la decoración floral. La pandemia lo cerró todo. Cuando llegó la posibilidad de irse a España, se fue. Hoy tiene 36 años, trabaja bajo su propia marca y tiene como clientes a dos hoteles cinco estrellas, el Ritz y el Cool Rooms, además de hacer decoraciones para bodas en palacios y mansiones. Desde esa posición, mira a La Plata con una mezcla de orgullo y nostalgia. Sabe lo que tiene la ciudad. Y sabe lo que le falta.
DOS MERCADOS, DOS LÓGICAS
La primera diferencia que Gastón señala es logística. En Madrid, aprovisionar una floristería funciona como un e-commerce: se elige la variedad, el color y el tamaño, se paga y el pedido llega. “Acá compramos por medio de una aplicación, como si entraras a MercadoLibre. Tenés toda la selección, hacés un clic, lo pagás y te llega. Esa es la gran diferencia que tenemos con los de allá, que hay que ir al mercado a matarse literalmente”, cuenta a EL DIA.
La segunda diferencia es la segmentación: en Madrid, cada floristería tiene un perfil definido —las que trabajan solo eventos, las que apuntan a un público selecto, las que venden al paso. “En Argentina creo que la mayoría de las floristerías son iguales”, dice Gastón. La diferenciación, en La Plata, todavía está por construirse.
Pero en la comparación La Plata tiene con qué ganar. El precio de las flores juega a favor: en Madrid son un artículo de lujo en el sentido más literal, y el que tiene flores frescas en su casa es porque puede pagárselas. En La Plata, cualquiera puede pasar por la floristería del barrio y llevarse un ramo. Esa accesibilidad tiene un valor que Gastón no subestima.
Y después está algo que no tiene precio: el clima humano. “Acá es todo mucho más frío; la gente va a trabajar y nada más. Y yo intento ser un poco platense: llevo una comidita argentina, llevo unas empanaditas. Eso es algo hermoso que tenemos en Argentina y que a veces no lo valoramos hasta que nos vamos”.
LO QUE LA PLATA LE ENSEÑÓ
Hay algo que Gastón no esperaba extrañar: la restricción. No la pobreza de materiales, sino la tensión creativa que genera trabajar con lo que hay (y con lo que no). En Madrid la variedad es casi infinita y, paradójicamente, esa abundancia aplana la imaginación. “Lo comparo con algo gastronómico: es como ir a un buffet donde comés y comés por comer, contra ir a un restaurante con tres, cuatro platos y disfrutar. Cuando hay poca cosa buena le podés dar más vuelta: tengo cinco variedades de claveles, voy a jugar con eso. Con lo que había me gustaba crear algo de la nada”, explica a este medio.
Durante la pandemia trabajó con pampas —el plumerillo de campo— como elemento central de decoraciones. No era una flor. Pero funcionaba. “Lo que tenemos los argentinos de arreglarnos con nada. Acá se ahogan mucho en un vaso de agua. Y nosotros no: lo resolvemos”.
Ese ingenio, sin embargo, tiene un techo. Hay floristas platenses que estudiaron afuera, algunos en Europa, y volvieron para encontrarse con que no pueden ejercer lo que aprendieron. “La veo a esa florista y te indigna un poquito decir: me encantaría conseguir todo esto.
La brecha entre el conocimiento adquirido y los materiales disponibles es real, y no se resuelve con creatividad sola”, lamenta.
LA CONEXIÓN QUE NO SE CORTÓ
Cuatro años y medio después de haberse ido, Gastón sigue organizando eventos en La Plata. Desde Madrid. Coordina con floristas locales por videollamada, propone diseños, manda tendencias, sugiere materiales alternativos. “Los voy armando desde aquí con floristas de La Plata. Primero porque son colegas, como para seguir dándoles trabajo, porque siempre es bueno”. También propone soluciones donde la flor no alcanza: si un arreglo necesita un jarrón de forma específica, lo manda a hacer en cerámica o en impresión 3D. “Lo hacía mucho en La Plata también. Mandaba a hacer cosas particulares como para que sean justamente diferentes”. La lógica es la misma que aprendió en la escasez: cuando el objeto es único, el valor cambia.
Gastón dice que si volviese lo que tendría que hacer es cambiar el tipo de cliente que tiene como público. “Sobre todo porque la flor es efímera. Si tenés gran variedad y no la vendés en una semana, se murió”.
Silvio, desde el invernadero, llega al mismo punto por otro camino: el problema no es la demanda, que sigue existiendo, sino los precios que la flor importada impone en el mercado concentrador.
Los dos hablan de la misma ciudad, desde lugares distintos; y los dos describen un sector que produce en cantidad pero que todavía no termina de resolver cómo sostener ese volumen con márgenes que valgan la pena.
La Plata tiene el cinturón florícola más grande del país. Tiene floristas formados, tiene una cultura del evento que se mantiene a lo largo de los años, tiene creatividad de sobra. Lo que no tiene resuelto es el resto: la logística, la variedad disponible, la diferenciación de mercado. Eso, por ahora, es territorio de hipótesis.
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