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Del mate compartido en la línea de cal a tener una vida juntos

Se cruzaron hace diez años al costado de una cancha de fútbol infantil, cuando ninguno buscaba nada. Hoy conviven los cuatro, y sus hijos ya van a la facultad, y planean seguir mucho tiempo más

Por Redacción

Hay una pregunta que se repite en cualquier cancha de fútbol infantil un sábado a la mañana: ¿de quién es ese pibe? La respuesta casi nunca la da el chico que corre detrás de la pelota, sino el adulto que lo mira desde afuera, apoyado en un alambrado, con un termo bajo el brazo. Fue justamente ahí, en ese margen del partido que nadie mira, donde Marisa y Fernando, ambos separados, se conocieron.

Corría el año 2016. Sus hijos -de familias distintas, con historias distintas- compartían la misma escuelita de fútbol en La Plata, una de esas tantas donde los sábados se llenan de camisetas, potrero y de padres que hacen tiempo mientras el entrenador acomoda los conos. Marisa llevaba el mate desde temprano, con el termo ya listo antes de que empezara el primer partidito. Fernando, que solía llegar unos minutos tarde, empezó a sentarse cerca sin pedirlo demasiado, primero por costumbre, después por algo que todavía no tenía nombre.

“Al principio no hablábamos de nosotros, hablábamos de los chicos”, cuenta ella en diálogo con EL DIA. “Cómo iban con la pelota, si el técnico los hacía jugar, si llovía y había que suspender. Eran conversaciones de cancha, nada más”. Así pasaron varios sábados (muchos, en realidad) con el mate como excusa y el partido como fondo, sin que ninguno de los dos se propusiera nada en particular.

Las conversaciones de cancha, sin embargo, empezaron a estirarse. Un sábado se sumaba un comentario sobre una película. Otro, una anécdota del trabajo. El mate pasaba de mano en mano y el partido, mientras tanto, seguía su curso sin que ninguno de los dos le prestara demasiada atención. “Me acuerdo de mirar el reloj y darme cuenta de que la entrada en calor y el partido, ya había terminado hacía rato y nosotros seguíamos ahí, con ganas de quedarnos”, recuerda Marisa.

En tanto, Fernando recuerda ese primer tramo con precisión. “No fue una sorpresa, fue algo que se fue armando de a poco. Yo tenía mis dudas, ella también. No queríamos que esto afectara de ninguna manera a los chicos, que ni sabían que nos cruzábamos. Así que decidimos, primero, vernos por afuera. Solos, sin que nadie se enterara”, reveló él.

Esa etapa duró varios meses. Se veían entre semana, lejos de la escuelita, lejos de cualquier mirada que pudiera atar cabos. Los hijos seguían entrenando los sábados, ajenos a lo que pasaba entre sus padres, mientras Marisa y Fernando organizaban encuentros con la discreción de quienes todavía no saben si tiene algo para anunciar. “Queríamos estar seguros antes de decir nada”, explica Marisa. “No queríamos ilusionar a nadie con algo que después no fuera a sostenerse. Ni a los chicos ni a nosotros mismos”.

“Los chicos son mucho más flexibles de lo que uno cree. Capaz que ya se habían dado cuenta antes que nosotros mismos”

Marisa,
una de los protagonistas

CUANDO SE VOLVIÓ SERIO

Lo que había empezado como una serie de charlas al costado de la cancha fue tomando otra forma. Y en algún momento de ese mismo 2016, la pareja decidió que ya no tenía sentido seguir ocultándolo.

“Fue una charla larga, en casa, los dos con los chicos”, recuerda Fernando. “Les explicamos que nos habíamos conocido en la escuelita, que nos gustábamos, que queríamos que lo supieran de nosotros y no de otra manera”. La reacción, dicen ambos, fue más tranquila de lo que esperaban. “Los chicos son mucho más flexibles de lo que uno cree”, agrega Marisa. “Capaz que ya se habían dado cuenta antes que nosotros mismos.”

El año 2016 tenía, además, una particularidad: las redes sociales recién empezaban a instalarse como parte de la vida cotidiana. Contar la relación implicó, en ese contexto, algo más artesanal que un simple posteo. “Hoy quizás uno lo cuenta con una foto y listo. Nosotros lo fuimos contando en persona, familia por familia, amigo por amigo”, detalla Fernando. “Capaz por eso mismo se sintió tan real cada charla, porque no había atajos.”

Una década después, los chicos van a la facultad y la cancha y el mate constituyen -nada más ni nada menos- un buen recuerdo

DIEZ AÑOS DESPUÉS

Una década después, la escena cambió por completo. Los hijos que corrían detrás de la pelota en la escuelita hoy cursan carreras universitarias, y las mañanas de sábado con mate y alambrado quedaron como un recuerdo puntual dentro de una historia mucho más larga. El mate compartido en el margen de la cancha se convirtió en una casa donde conviven los cuatro, con rutinas propias y una cotidianidad que ya no tiene nada de provisorio.

“No fue un click ni una revelación”, resume Marisa cuando se le pide que describa aquellos primeros sábados. “Fue el fútbol, los hijos, un mate, y el tiempo haciendo lo suyo”.

Fernando coincide y agrega un detalle que, dice, todavía lo sorprende: “A veces pienso que si el profe hubiera puesto a jugar a los chicos más temprano, quizás nunca nos hubiéramos cruzado tanto rato ahí parados”.

Ninguno de los dos habla de destino ni de casualidad. Prefieren hablar de tiempo, de paciencia, y de una cancha de fútbol infantil en algún barrio platense que, diez años después, sigue teniendo partidos los sábados a la mañana, con otros padres apoyados en el mismo alambrado, sin saber todavía qué historia están empezando.

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