Durante años, Camila viajó acompañada. Sin embargo, sentía que había una experiencia pendiente: animarse a hacerlo sola. El miedo existía, especialmente por ser mujer y por la incertidumbre de convivir únicamente consigo misma durante varios días. Cuando finalmente dio el paso, descubrió que el desafío era mucho menos la soledad que el autoconocimiento.
Viajar sin un grupo le permitió elegir cada actividad según sus propios deseos. En uno de sus recorridos por Bali, por ejemplo, decidió hospedarse en un hostel conocido por su vida nocturna porque pensaba que era lo que debía hacer. Sin embargo, cada tarde terminaba eligiendo algo completamente distinto: quedarse leyendo frente al mar, contemplar el atardecer o recorrer la playa con tranquilidad. Esa experiencia le confirmó que muchas veces, cuando se viaja acompañado, uno termina adaptándose al ritmo de los demás sin preguntarse qué quiere realmente.
Además, considera que viajar sola abre la puerta a encuentros que difícilmente sucederían de otra manera. Conversar con personas de otros países, escuchar historias diferentes, conocer otras culturas e incluso practicar idiomas terminaron siendo parte del viaje tanto como los paisajes. Por eso sostiene que nunca experimentó la soledad como imaginaba antes de partir; por el contrario, regresó con amistades repartidas por distintos lugares del mundo y con una mayor confianza en sí misma.
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