Caminar La Plata es, en algún momento, perderse entre números. 73, 74, 77, 78. Las calles tienen nombres que muchas veces no dicen nada para quien llega por primera vez, pero que para los platenses forman parte de una especie de lenguaje cotidiano. Entre esa cuadrícula de calles que se cruzan en ángulo recto aparecen, de pronto, líneas que rompen el orden: las diagonales.
Son las que permiten que la Ciudad tenga una forma particular incluso para quien nunca haya visto un plano. Desde arriba, esas calles atraviesan el damero, unen puntos alejados y dibujan rombos dentro del casco urbano. En el suelo pueden ser simplemente una avenida por la que se circula. En el mapa, en cambio, revelan la idea de ciudad que hubo detrás.
La Plata no creció lentamente alrededor de un centro preexistente. Fue proyectada antes de ser construida. Su fundación, el 19 de noviembre de 1882, respondió a la necesidad de crear una nueva capital para la provincia de Buenos Aires después de la federalización de la ciudad de Buenos Aires. El proyecto estuvo a cargo del Departamento de Ingenieros de la provincia, con Pedro Benoit como una de sus figuras centrales.
El resultado fue una combinación de tradiciones y novedades. Por un lado, el clásico damero heredado de la planificación urbana hispanoamericana. Por otro, una red de avenidas, plazas, parques y diagonales que incorporaba las ideas urbanísticas que circulaban en Europa durante el siglo XIX.
Las diagonales tenían, entre otras cosas, una razón práctica. En una cuadrícula, llegar hasta un punto ubicado en dirección oblicua obliga a avanzar primero por una calle y después por otra. Una diagonal permite cortar ese recorrido y establecer una conexión más directa. Pero su función no terminaba allí.
La Ciudad fue pensada también desde las preocupaciones higienistas de aquella época. Calles amplias, espacios abiertos, árboles, plazas y parques buscaban favorecer la circulación del aire, reducir el hacinamiento y construir un entorno que se consideraba más saludable. Las diagonales, entonces, no eran solamente una cuestión de belleza geométrica: formaban parte de una determinada manera de entender cómo debía funcionar una ciudad moderna.
En el corazón de esa trama se encuentra Plaza Moreno, punto de referencia de la ciudad y lugar donde convergen las diagonales 73 y 74. Esas dos grandes líneas atraviesan el casco y permiten comprender, casi de un vistazo, la lógica general del plano. A ellas se suman las diagonales menores, entre ellas la 75, 76, 77 y 78, que completan una estructura en la que las líneas rectas y las oblicuas se encuentran permanentemente.
Hay, incluso, números que permanecen escondidos a simple vista. El trazado de las diagonales centrales forma un rombo asociado a una proporción matemática conocida como número áureo, un valor presente en distintas expresiones de la naturaleza y utilizado históricamente en arquitectura y arte. En La Plata, esa relación puede encontrarse en la figura generada por las diagonales 75, 76, 77 y 78.
La Plata no creció lentamente alrededor de un centro preexistente. Fue proyectada antes de ser construida
Otro cálculo aparece al observar las grandes diagonales 73 y 74 y el perímetro que forman los bulevares 81, 82, 83 y 84. La relación entre esas dimensiones permite aproximarse al número Pi. Son detalles que probablemente pasen inadvertidos para quienes todos los días cruzan la Ciudad, pero que revelan hasta qué punto el plano original estuvo atravesado por proporciones y decisiones geométricas.
También existe una historia más difícil de comprobar: la idea de que las grandes diagonales fueron orientadas siguiendo los puntos cardinales. Esa explicación se instaló durante años en el imaginario local e incluso fue difundida desde ámbitos vinculados con la astronomía. Sin embargo, mediciones posteriores pusieron en discusión esa interpretación.
La geometría de La Plata, por lo tanto, es menos sencilla de lo que parece. No se trata solamente de una ciudad atravesada por diagonales porque sus diseñadores quisieron hacerla diferente. Detrás de cada cruce hubo una concepción del espacio, del tránsito, de la higiene, de los lugares de encuentro y hasta de la relación entre las distintas partes de la ciudad.
Más de 140 años después de aquel proyecto, muchas de esas ideas permanecen. Las diagonales siguen llevando tránsito, marcando recorridos, rodeando plazas y apareciendo de manera inesperada detrás de una esquina. También siguen generando esa sensación tan platense de estar dentro de una ciudad que, aun cuando se la conoce de memoria, conserva algo para mirar de nuevo.
Quizás por eso las fotografías de sus diagonales pueden mostrar algo más que calles. Una esquina de la 73, una perspectiva de la 74, un tramo de la 77 o de la 78 no son solamente fragmentos del presente: son partes visibles de un dibujo que empezó a trazarse mucho antes de que hubiera edificios, autos, árboles o peatones.
La Ciudad cambia, se transforma y se llena de nuevas historias. Pero debajo de todo eso continúa aquel plano. Las diagonales siguen allí, cruzando la cuadrícula como si alguien hubiera dibujado sobre ella unas líneas que se negaran a desaparecer. Y en esa permanencia está, quizá, una de las formas más precisas de reconocer a La Plata.
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