Thomas Edison decía dormir cuatro horas por noche y lo exhibía como una virtud. Un siglo después, la ciencia del sueño mira ese tipo de relato con otros ojos: cada vez hay más evidencia de que el descanso funciona como un pilar de la longevidad, al mismo nivel que la alimentación o el ejercicio.
El punto de partida es un dato de escala poblacional. Según el reporte N.º 559 del National Center for Health Statistics (NCHS) de Estados Unidos, elaborado por Amanda Ng, Lindsey Black y Dzifa Adjaye-Gbewonyo sobre datos de la National Health Interview Survey 2024, el 30,5% de los adultos duerme menos de siete horas por noche. El mismo relevamiento indica que apenas el 54,8% se despierta descansado la mayoría de los días, que el 15,4% tiene dificultades para conciliar el sueño y que el 18,1% tiene problemas para mantenerse dormido.
EL PRECIO EN AÑOS DE VIDA
Esa cifra deja de ser un dato de hábitos y pasa a ser un dato de salud pública cuando se la cruza con estudios de mortalidad. Un equipo liderado por Zoltan Ungvari, con investigadores de la Universidad de Oklahoma y de la Universidad Semmelweis de Budapest, publicó en marzo de 2025 en la revista GeroScience un metaanálisis que reunió 79 estudios de cohorte sobre sueño y mortalidad.
El trabajo encontró que dormir menos de siete horas por noche se asocia a un 14% más de riesgo de muerte por cualquier causa respecto de quienes duermen entre siete y ocho horas. Dormir nueve horas o más, señalan los autores, eleva ese riesgo al 34%. La relación entre sueño y mortalidad no es lineal: tanto el déficit como el exceso de horas aparecen ligados a peores resultados.
MÁS QUE LA DIETA O EL EJERCICIO
Un segundo estudio, publicado en diciembre de 2025 en la revista SLEEP Advances, sitúa al sueño en un lugar todavía más central. El equipo, encabezado por Kathryn McAuliffe y Andrew McHill, de la Oregon Health & Science University (OHSU), cruzó datos de la encuesta Behavioral Risk Factor Surveillance System de los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) con la expectativa de vida de más de 3.000 condados de Estados Unidos entre 2019 y 2025.
Los condados con mayor proporción de adultos que dormían menos de siete horas registraron sistemáticamente una expectativa de vida más baja, un patrón sostenido durante los años de pandemia e independiente del nivel de ingresos o del carácter urbano o rural. En el modelo principal, la insuficiencia de sueño quedó como el segundo factor más asociado a una menor expectativa de vida, apenas detrás del tabaquismo y por delante de la inactividad física.
“No esperaba que estuviera tan fuertemente correlacionado con la expectativa de vida”, reconoció McHill al difundirse los resultados. El propio equipo aclara que se trata de una asociación a nivel de condado, no de una relación de causa y efecto comprobada en cada individuo, y que sueño, dieta, ejercicio y tabaquismo interactúan entre sí más de lo que un solo estudio puede desarmar.
LO QUE VIENE
Los tres trabajos coinciden en algo que hasta hace poco no formaba parte del sentido común: el sueño empieza a discutirse en los mismos términos que la alimentación o el ejercicio a la hora de pensar una vida más larga. La American Heart Association ya incorporó dormir entre siete y nueve horas como uno de los ocho componentes de su checklist de salud cardiovascular.
Con cohortes cada vez más numerosas, la pregunta que se instala en la agenda de investigación ya no es solo cuántas horas conviene dormir, sino qué políticas -horarios escolares, turnos laborales, educación sobre el sueño- podrían traducir ese hallazgo en años de vida ganados a escala poblacional.
El sueño empieza a discutirse en los mismos términos que la alimentación o el ejercicio a la hora de pensar una vida más larga
La relación entre sueño y mortalidad no es lineal: tanto el déficit como el exceso de horas aparecen ligados a peores resultados
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