Hay pérdidas que llegan como un golpe seco. Un llamado telefónico, una noticia, una frase que hasta ese momento parecía imposible. No hubo tiempo para despedirse, para preguntar algo más, para imaginar el día siguiente. La muerte apareció sin aviso y, durante un tiempo, todo lo que queda alrededor puede parecer absurdo: las obligaciones, los horarios, los mensajes pendientes, incluso las cosas más pequeñas de la vida cotidiana.
Hay otras muertes que, aunque nunca dejan de ser una pérdida, tienen un recorrido previo. Una enfermedad que avanza, un diagnóstico, tratamientos, internaciones, cambios en la rutina. Se sabe que el final llegará, aunque nadie pueda saber exactamente cuándo. En esos casos puede haber una despedida que comienza mucho antes de la muerte.
El duelo es un proceso natural, de adaptación y respuesta emocional, física y conductual
Son experiencias diferentes. Pero no existe una regla que permita decir que una duele más que la otra.
“El duelo es subjetivo”, plantea el psicólogo platense Mel Gregorini en diálogo con EL DIA. Y esa idea resulta fundamental para entender qué ocurre después de una muerte. No hay dos vínculos iguales, ni dos historias iguales, ni dos personas que hayan depositado exactamente lo mismo en aquel que murió.
“Ante una pérdida inesperada conviene tener mucha paciencia, reflexión, ser contenido y bajar un poco los decibeles. Empezar a ver las cosas desde otra perspectiva y llegar a tener por lo menos, en principio, una mayor comprensión”
Mel Gregorini,
psicólogo platense
Gregorini explica el duelo a partir de aquello que se pierde, pero también de todo lo que estaba puesto en ese vínculo. En términos psicológicos, habla de la “investidura libidinal”: la energía y el afecto que una persona había depositado en alguien o en algo.
“Todo lo que uno tenía depositado en la persona, en el objeto, en la mascota, en el lugar, se quita y no vuelve a ese lugar”, señala. Y es allí donde aparece buena parte del dolor psíquico: no solamente falta alguien, también falta un espacio de la propia vida que esa persona ocupaba. Por eso una pérdida no significa únicamente dejar de ver a alguien. También implica reorganizar una vida en la que ese alguien tenía un lugar.
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