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El aura, el chi y el algoritmo: ¿De dónde viene la batalla de las poses?

De “Dragon Ball” a “Solo Leveling”, del “World of Warcraft” a la plaza del barrio: cómo dos palabras sueltas se convirtieron en el ritual juvenil del año
Nadie en la historia del anime ha farmeado más aura que Piccolo parado en la punta de una torre sin hacer nada absolutamente todo el día
Un joven farmeando aura en una batalla
¿Tiempo de farmear aura? Sung Jin-woo, el Monarca de las Sombras, se sumerge en la oscuridad para potenciar su inconfundible aura

Por Redacción

Seguramente muchos lectores habrán visto la reciente batalla de farmeo de auras y habrán pensado que estaban ante una cultura extraterrestre. ¿De dónde vienen estas ideas? No hay explicaciones sencillas: es el resultado de conceptos de la cultura joven que se digirieron y fueron regurgitados de formas aleatorias tras rebotar en mil foros y redes sociales hasta cristalizarse en esta extraña batalla de poses que remite tanto al voguing de Madonna como a “Zoolander”.

Pero esta semana circuló una explicación: “farmear” viene de los videojuegos, y todo esto del aura vendría de “Solo Leveling”, el animé surcoreano en el que Sung Jin-woo pasa de ser el cazador más débil del escalafón a una especie de emperador de las sombras que entra a escena y congela la sala. El fandom lo consagró como el “farmeador de aura” definitivo, y no le falta razón: buena parte de esa serie consiste en que el protagonista camine despacio mientras todos los demás lo miran con la boca abierta.

El problema es que la explicación es cierta y a la vez insuficiente. “Solo Leveling” no inventó el aura: le puso una cara reciente a una idea que el animé viene amasando desde hace cuarenta años.

Cualquiera que haya pasado una infancia frente al televisor un sábado a la mañana entiende el concepto sin necesidad de traducción. El aura es eso que rodea a Goku cuando grita, se pone rubio y el piso se agrieta: en “Dragon Ball” se llama ki, y es la versión japonesa del chi, la energía vital del taoísmo chino que llegó al manga después de pasar por siglos de medicina tradicional, por el cine de artes marciales de Hong Kong y por Bruce Lee. En “Los Caballeros del Zodíaco” se llama cosmos y se enciende cuando Seiya está por perder. En “Naruto” es el chakra, palabra afanada del hinduismo. En “Bleach” es el reiatsu, y hay escenas enteras en las que Aizen no pelea: simplemente está, y los demás caen de rodillas por la presión espiritual. En “Hunter x Hunter” es el nen, con un sistema de reglas tan detallado que parece un manual contable. En “One Piece” es el haki, que en su versión de “rey” hace desmayar a los débiles sin tocarlos. En “Jujutsu Kaisen” es la energía maldita, y Sukuna la usa básicamente para hacer poses.

Cambian los nombres, pero no cambia la idea. Hay una fuerza invisible que se vuelve visible, que se mide, que se acumula y que puede intimidar sin que medie un solo golpe. El shonen de pelea, ese género que Argentina consumió masivamente vía Magic Kids y Cartoon Network, enseñó a dos generaciones a leer el carisma como si fuera un fluido con caudal. Por eso, para los jóvenes de hoy (y también para varios de los de ayer) entender la palabra “aura” no hace falta haber visto “Solo Leveling”.

Con la otra mitad de la expresión pasa exactamente lo mismo. “Farmear” viene de “farm”, cultivar, y en los videojuegos designa la tarea más antiaventurera del mundo: repetir una acción cien veces para juntar recursos, experiencia o monedas. Se farmea en “World of Warcraft” y se farmeaba antes en “EverQuest”; se farmean minions en el “League of Legends”; se farmean ítems en “Diablo”, madera en “Fortnite”, niveles en “RuneScape” y accesorios brillantes en “Roblox” —donde, dato no menor, las “auras” son literalmente un objeto cosmético que los chicos coleccionan hace años.

Pero nadie aprendió la palabra en un juego puntual. “Farmear” pertenece al idioma de la cultura gamer, ese diccionario paralelo que incluye nerfear, buffear, lootear, campear, respawnear, hacer un speedrun, decir GG cuando algo termina bien y llamar NPC al que repite frases hechas. Es vocabulario de comunidad, no de producto: circula por Twitch, por Discord y por el recreo, y se aprende por contagio. Un pibe que no juega a nada puede usar “farmear” con total propiedad, igual que su abuelo usaba “gambeta” sin haber pisado una cancha.

MANIFIESTO ANTROPÓFAGO DEL FEED

En 1928, Oswald de Andrade escribió que la cultura brasileña no imitaba a Europa: se la comía, la digería y devolvía otra cosa. Un siglo después, el mecanismo se automatizó y funciona a escala industrial: la internet joven mastica el taoísmo, el shonen japonés, la jerga de los servidores de rol, un tema del rapero Skrilla, un video de la NBA, un chico indonesio bailando en la proa de un bote y una celebración de Messi, y devuelve un ritual de plaza con reglas que nadie escribió y todos entienden.

Todo esto explica por qué el fenómeno resulta indescifrable desde afuera. No hay una obra fuente que uno pueda mirar para ponerse al día, del mismo modo que no hace falta leer “El proceso” para decir que un trámite fue kafkiano, ni haber visto la película de Cukor de 1944 para acusar a alguien de hacer “gaslighting”, ni haber leído a Orwell para entender de qué se trata “Gran Hermano”. Las palabras se emancipan de sus obras y siguen viaje solas, distorsionándose en cada rebote.

Lo que queda cuando se termina la digestión es la parte más linda de la historia. Para acumular puntos de un juego que no existe, evaluados por un jurado sin credenciales, dos chicos tienen que plantarse cara a cara en una plaza, mirarse fijo, hacer el gesto del “six seven” (un gesto que es pura cultura de internet), una caminata lenta, una pose sacada de un animé, y esperar el veredicto de una ronda de teléfonos filmando. Es el duelo de payadores sin décimas, la batalla de freestyle sin rimas, el walk-off de “Zoolander” con menos presupuesto y más sinceridad, el voguing del Harlem de los ochenta reciclado por el algoritmo, sin glamour y apto para todo público.

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