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El brillo de la Corona y las sombras del pasado colonial

La tiara-collar Eduardo VII

Por Redacción

El Cullinan y el Koh-i-Noor son dos de los diamantes más célebres de la monarquía británica. Sus historias están atravesadas por regalos políticos, conquistas y reclamos de restitución.

Las joyas de la realeza no solo deslumbran por su tamaño y valor: algunas también conservan las huellas de la expansión del Imperio británico. Dos diamantes emblemáticos de las joyas de la Corona permiten recorrer esa historia.

El primero es el Cullinan, hallado el 26 de enero de 1905 en una mina cercana a Pretoria, en Sudáfrica. Con un peso original de 3.106 quilates, fue el mayor diamante en bruto de calidad gema descubierto hasta entonces. En 1907, el gobierno de la colonia de Transvaal lo compró y se lo entregó al rey Eduardo VII.

La piedra fue cortada en Ámsterdam y dio origen a nueve diamantes principales. Los dos más grandes pasaron a integrar las joyas de la Corona: el Cullinan I, de 530,2 quilates, está engarzado en el cetro real; el Cullinan II, de 317,4 quilates, forma parte de la Corona Imperial del Estado. Ambas piezas se exhiben en la Torre de Londres.

La historia del segundo diamante es más controvertida. El Koh-i-Noor, de 105,6 quilates, pasó por manos de distintos gobernantes del sur de Asia antes de quedar bajo control británico. En 1849, la Compañía Británica de las Indias Orientales obtuvo la piedra tras la anexión del Punjab, mediante las condiciones impuestas al maharajá Duleep Singh, que tenía entonces diez años. El diamante fue entregado a la reina Victoria en el marco del Tratado de Lahore.

Desde entonces, su pertenencia es objeto de controversia. En India, la piedra es considerada por numerosos sectores un símbolo del dominio colonial y existen reclamos para que sea devuelta. El gobierno indio manifestó oficialmente su intención de buscar su restitución por vías amistosas.

Hoy, el Koh-i-Noor está engarzado en la corona realizada para la reina Isabel, la Reina Madre, en 1937. Su historia recuerda que detrás del esplendor de las ceremonias reales también hay disputas sobre el origen, la propiedad y el destino de objetos que atravesaron siglos de conquistas.

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