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El “cuerpo perfecto”, otra vez: delgadez, músculo y nuevas presiones

Especialistas advierten que cuerpos delgados, con poca grasa, marcados y proporcionados se presentan como sinónimo de salud, disciplina y éxito. Las redes sociales construyen un escenario que puede profundizar la insatisfacción corporal. Además, en las consultas aparece con claridad una mayor preocupación por el peso, la imagen y la comida
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Los mensajes se disfrazan de expresiones de “cuerpos sanos” / Freepik

Por Redacción

Durante años, la presión estética sobre las mujeres pareció tener una imagen bastante definida: cuanto más delgado, mejor. Pero ese modelo no desapareció. Se transformó. La delgadez volvió a ocupar un lugar central como ideal de belleza, aunque ahora llega acompañada de nuevas exigencias: poca grasa, músculos visibles, determinadas proporciones y una apariencia que debe transmitir, al mismo tiempo, juventud, salud y disciplina. El resultado es un modelo corporal que parece natural y alcanzable, pero que para muchas personas resulta extremadamente difícil de sostener.

La platense y licenciada en Nutrición, Leticia Barcellini advierte que desde la práctica profesional siguen circulando discursos que vinculan determinadas características físicas con valores como la belleza, el éxito, el autocontrol y hasta la salud. Lo novedoso es que esa presión ya no siempre se presenta de manera explícita. No necesariamente aparece el mensaje directo de que hay que ser flaca. Muchas veces se disfraza detrás de expresiones como “cuerpo saludable”, “cuerpo fit”, “bienestar”, “disciplina” o “estilo de vida”.

El problema, explica, aparece cuando todos esos conceptos terminan asociados a una única forma corporal. Allí se instala una idea peligrosa: si el cuerpo no responde a ese modelo, entonces debe ser modificado. Bajar de peso, perder grasa, ganar músculo o cambiar alguna parte del cuerpo aparecen como tareas pendientes, casi como si el organismo fuera un proyecto que nunca termina de estar bien.

“Vemos con mucha fuerza esta idea de que el cuerpo siempre tiene algo que corregir”, plantea Barcellini en diálogo con EL DIA. Y esa mirada puede modificar profundamente la relación que una persona tiene con su propia imagen. En lugar de observar el cuerpo desde el cuidado, empieza a hacerlo desde la crítica: qué sobra, qué falta, qué debería reducirse, qué tendría que aumentar.

Hay además una trampa particularmente fuerte detrás de este nuevo ideal. Se lo presenta como una cuestión de voluntad. La imagen que circula en redes parece decir que cualquiera puede conseguir ese cuerpo si entrena lo suficiente, come de determinada manera y mantiene la disciplina necesaria. De ese modo, las diferencias corporales, genéticas, económicas, sociales y personales quedan borradas.

Cuando el objetivo no se alcanza, entonces, el problema parece estar en quien lo intentó. Aparece la sensación de fracaso: no hice suficiente ejercicio, comí mal, no tuve voluntad, abandoné la dieta. El cuerpo se convierte así en una prueba permanente de disciplina.

Para Barcellini, quienes trabajan en nutrición tienen una responsabilidad especial frente a este escenario. Hablar de alimentación y salud no debería implicar reproducir estigmas relacionados con el peso. Y esa tarea resulta todavía más importante cuando se trata de niños y adolescentes, que están atravesando etapas de crecimiento y de construcción de su identidad.

La pregunta, entonces, no es solamente qué cuerpo está de moda. Es qué consecuencias tiene vivir bajo la sensación permanente de que el cuerpo propio nunca alcanza.

Se analiza el cuerpo propio desde la crítica: qué sobra, qué falta, qué debería reducirse, qué tendría que aumentar

UNA INDUSTRIA POR DETRÁS

Durante décadas, determinados cuerpos fueron asociados con la belleza, la juventud, la fuerza de voluntad y el éxito. Hoy, es mayor la escala y la velocidad con la que esos mensajes llegan a las personas.

Barcellini señala que las redes sociales tienen un papel central porque permiten una exposición permanente a imágenes de cuerpos seleccionados, editados y cuidadosamente construidos. Pero además existe otro elemento: los algoritmos. Cuanto más contenido de este tipo consume una persona, más posibilidades tiene de recibir publicaciones similares. La exposición deja de ser ocasional para convertirse en cotidiana.

Así, una persona que comienza mirando rutinas de entrenamiento puede terminar recibiendo videos sobre dietas, conteo de calorías, suplementos, transformaciones corporales, tratamientos estéticos o medicamentos para adelgazar. El universo se retroalimenta y puede instalar una percepción distorsionada: que todos están trabajando sobre su cuerpo y que siempre hay algo más que debería hacerse.

Hay más consultas por el peso, la imagen corporal y la alimentación, sobre todo en adolescentes

A ese circuito se suma una industria enorme. Dietas, suplementos, productos para adelgazar, aplicaciones que contabilizan calorías, programas de entrenamiento, tratamientos estéticos y medicamentos forman parte de un mercado que puede beneficiarse de una idea sencilla: nuestro cuerpo siempre podría ser mejor.

Eso no significa que todas esas herramientas sean negativas. Barcellini pone especial cuidado en diferenciar los tratamientos médicos de su utilización como recurso estético. Los medicamentos indicados para el tratamiento de la obesidad, explica, pueden ser herramientas terapéuticas valiosas cuando están correctamente prescritos, dentro de un tratamiento integral y con seguimiento profesional.

El problema aparece cuando esos medicamentos empiezan a presentarse como una solución rápida para modificar la apariencia.

En particular, la profesional menciona la enorme presencia que adquirieron en las redes los análogos de GLP-1. En esos espacios, muchas veces son abordados desde la lógica de bajar rápidamente de peso, mientras quedan en segundo plano cuestiones fundamentales: sus indicaciones, contraindicaciones, posibles efectos adversos y la necesidad de seguimiento médico.

La misma advertencia vale para los influencers. Una persona puede mostrar qué come durante un día, cuánto pesa, cuánto entrena o cómo transformó su cuerpo. Pero quienes observan ese contenido no conocen necesariamente su historia clínica, su relación con la comida ni todo lo que ocurre fuera de cámara.

Por eso, sostiene Barcellini, hace falta desarrollar una mirada crítica frente a lo que aparece en las pantallas. No todo contenido es información y una estrategia que puede resultar adecuada para una persona no necesariamente sirve para otra. Antes de seguir una recomendación vinculada con alimentación, peso o medicamentos, propone preguntarse quién está detrás del mensaje, qué formación tiene y cuál es su objetivo.

La cuestión no pasa por demonizar las redes, sino por dejar de consumirlas como si fueran una fuente neutral de conocimiento.

“Estamos viendo nuevamente una fuerte presencia de la delgadez como ideal estético. Pero hoy no se trata solamente de “ser delgada”: el modelo que se propone es un cuerpo delgado, con poca grasa, pero al mismo tiempo marcado, musculoso y con determinadas proporciones”

Leticia Barcellini
Licenciada en Nutrición

UNA GUERRA INTERNA, A DIARIO

Una de las consecuencias que Barcellini observa con mayor preocupación es el desplazamiento de la relación con el cuerpo: de la aceptación y el cuidado hacia la insatisfacción permanente. Cuando la persona siente que su cuerpo debe ser corregido, también puede comenzar a modificar de manera cada vez más rígida su alimentación y su actividad física.

Dietas restrictivas, eliminación de grupos de alimentos, ejercicio excesivo, preocupación constante por el peso o la imagen y sentimientos de culpa después de comer son algunas de las conductas que pueden aparecer. La comida, que forma parte de la vida cotidiana, puede dejar de ser algo espontáneo y transformarse en una fuente permanente de vigilancia.

La nutricionista, sin embargo, marca un límite importante: hacer una dieta no significa necesariamente desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria. Tampoco corresponde afirmar que las redes sociales, por sí solas, provoquen estos trastornos. Los TCA son enfermedades complejas y multicausales, en las que intervienen factores biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales.

En Argentina, además, no existen estadísticas oficiales que permitan afirmar con certeza que los casos estén aumentando. Por eso, señala Barcellini, sería irresponsable decir simplemente que “hay más TCA”.

Lo que sí aparece con claridad en la práctica clínica es otra cosa: una mayor preocupación por el peso, la imagen corporal y la alimentación. Y, dentro de algunas consultas, conductas que pueden hacer pensar en posibles trastornos de la conducta alimentaria.

El fenómeno adquiere una dimensión especialmente delicada durante la adolescencia. Es una etapa en la que el cuerpo cambia, se construye la identidad y adquieren enorme importancia la mirada de los demás y la pertenencia a los grupos. En ese contexto, recibir todos los días mensajes que presentan determinados cuerpos como superiores o deseables puede tener consecuencias sobre la autoestima, los vínculos, la salud mental y la relación con la comida.

El desafío, por eso, no consiste simplemente en decirles a los adolescentes que abandonen las redes o que no hagan dietas. La propuesta de Barcellini va por otro lado: enseñarles a interrogar aquello que consumen. Preguntarse qué hay detrás de una publicación, quién transmite el mensaje, qué intereses puede haber y, sobre todo, qué modelo de cuerpo está siendo presentado como deseable.

También implica recuperar una idea tan sencilla como disruptiva frente al discurso de la uniformidad corporal: existen muchos cuerpos diferentes y no es necesario que todos se parezcan para hablar de salud.

En ese punto, la discusión excede la nutrición. Se trata de revisar una cultura que convirtió al cuerpo en una tarea permanente. Una cultura en la que comer puede generar culpa, entrenar puede convertirse en obligación y mirarse al espejo puede sentirse como una evaluación. El problema aparece cuando ese cuidado se transforma en una persecución interminable de un cuerpo ideal que, para muchos, nunca llega.

Y allí queda planteada la pregunta más incómoda: si una persona pasa buena parte de su vida intentando corregir su cuerpo, ¿en qué momento deja de cuidarlo para empezar a vivir en guerra con él?

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