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El deporte salva: la entrenadora platense que encontró su vocación cerca de los adultos mayores

Después de sobrevivir a un accidente que cambió su vida, María Pilar Rosales redefinió su camino profesional. Hoy trabaja con personas de edad avanzada, donde combina entrenamiento y estimulación. Ella sostiene que el gran objetivo no es solamente vivir más, sino llegar a la vejez con autonomía y dignidad

Por Redacción

María Pilar Rosales (más conocida como Pilar Coach) todavía recuerda con exactitud la fecha y hasta la hora aproximada del accidente que le cambió la vida. “23 de octubre de 2022”, dice -en el estudio de EL DIA- casi automáticamente, como quien revive una escena demasiadas veces. Venía manejando desde Buenos Aires hacia Neuquén cuando un conductor intentó sobrepasar un camión, levantó una nube de tierra sobre la ruta y le quitó toda visibilidad. “Giré cinco vueltas por el aire”, relata.

El auto quedó destruido. Ella sobrevivió casi sin lesiones. “Los médicos me dijeron que fue un milagro que no me hubiera pasado nada”, cuenta.

Pero más allá del impacto físico, hubo algo que terminó modificando por completo su rumbo personal y profesional: en el hospital le explicaron que el entrenamiento que venía realizando había sido decisivo para soportar el golpe. “Me dijeron que gracias a la masa muscular todo quedó en el lugar que tenía que quedarse”, recuerda.

Desde entonces, para Rosales el deporte dejó de ser solamente una pasión. Se convirtió también en una certeza.

“Volcó el auto y volcó mi vida básicamente”, resume hoy, ya instalada nuevamente en La Plata y dedicada de lleno a trabajar con adultos mayores, la población con la que asegura haber querido trabajar desde siempre.

UN CAMINO QUE EMPEZÓ MUCHO ANTES

Aunque actualmente se la conoce por su trabajo como coach y entrenadora, su formación inicial estuvo ligada a la salud. Es licenciada en musicoterapia y se especializó en neurociencias. Durante años trabajó en clínica infantojuvenil, experiencia que, según cuenta, le dio herramientas fundamentales para entender procesos cognitivos, emocionales y conductuales.

Sin embargo, mientras avanzaba en la carrera ya sabía hacia dónde quería ir. “Desde el momento uno en la facultad supe que quería trabajar con tercera edad”, explica.

La vida, de todos modos, tomó primero otros caminos. Durante ocho años trabajó principalmente con niños y adolescentes. Más tarde se mudó a Neuquén y allí empezó a involucrarse cada vez más con el entrenamiento físico. Compitió, se formó como entrenadora y terminó encontrando una nueva vocación. “Encontré un amor increíble en el deporte”, afirma.

El accidente ocurrió justamente en esa etapa de plenitud física y profesional. Después de sobrevivir al vuelco, volvió a Neuquén, pero emocionalmente ya nada era igual. “Entré en una depresión bastante grande. No quería salir de mi casa”, admite.

Lejos de esconder lo que le pasaba, decidió detenerse. Cerró temporalmente el consultorio y priorizó su propia salud mental. “Yo no estaba bien y sentía que no podía atender la salud mental de otro si primero no estaba bien yo”, explica.

Ese proceso de reconstrucción terminó empujándola definitivamente hacia el entrenamiento. Cuando decidió volver a trabajar, ya no tuvo dudas de que quería hacerlo exclusivamente desde lo deportivo y enfocada en adultos.

“NUNCA ES TARDE”

En 2023 regresó a La Plata y empezó prácticamente de cero. En poco tiempo consiguió trabajo en distintos gimnasios hasta que un colega observó cómo trabajaba y la invitó a sumarse a un equipo especializado en adultos mayores.

“Ahí arranqué solamente con tercera edad y fue un camino de vida porque era lo que yo realmente siempre había querido”, cuenta.

Hoy combina entrenamientos en domicilios particulares con clases grupales y un espacio pensado específicamente para personas mayores. Su enfoque, explica, es integral: no se trata solo de mover el cuerpo, sino también de estimular funciones cognitivas y emocionales.

Antes de comenzar cualquier entrenamiento realiza evaluaciones físicas y cognitivas. Observa la fuerza, la memoria, la atención, la autonomía y también el estado anímico. “A veces encuentro personas desmotivadas porque sienten que nadie las entiende”, señala.

Para ella, la vejez implica muchas veces un proceso difícil de aceptación. “La cabeza va más rápido que el cuerpo y eso genera frustración”, explica. Por eso sostiene que gran parte de su trabajo consiste en acompañar emocionalmente esos cambios y ayudar a recuperar confianza.

“Muchos de mis alumnos tenían miedo, sobre todo las mujeres. Tengo una alumna que hizo actividad física por primera vez a los 90 años”

Las rutinas suelen durar alrededor de 45 minutos y siempre se adaptan a las posibilidades de cada persona. Pero si hay algo que repite constantemente es la importancia de trabajar la fuerza.

“Si uno quiere seguir levantándose solo, ir al baño sin ayuda o no depender completamente de otra persona, hay que entrenar”, afirma.

Rosales insiste en que caminar es beneficioso, pero considera que el entrenamiento muscular es indispensable para sostener la autonomía. “Todo necesita fuerza: sentarse, pararse, agarrar un tenedor”, enumera.

Por eso combate una idea muy instalada entre muchas personas mayores: creer que ya es tarde para empezar.

“Nunca es tarde”, repite una y otra vez. Y enseguida pone ejemplos concretos. Tiene alumnas que comenzaron a hacer actividad física recién a los 90 años. Mujeres que durante toda su vida estuvieron atravesadas por mandatos distintos, donde el ejercicio no aparecía como posibilidad.

“Las mujeres que hoy tienen 80 años crecieron pensando que su lugar era la casa. Entonces llegar al gimnasio les genera miedo”, explica.

LA IMPORTANCIA DE SENTIRSE ESCUCHADOS

Parte importante de su trabajo sucede en las casas de los alumnos. Allí, además del entrenamiento, aparece algo que para ella resulta igual de valioso: la escucha. “Te cuentan historias todo el tiempo”, revela.

A veces son recuerdos familiares, otras veces anécdotas repetidas varias veces por problemas de memoria. Ella jamás las interrumpe. “Yo hago como que no las escuché antes porque la emoción que les genera sentirse escuchados es enorme”, explica.

En esas visitas suele encontrarse con una realidad frecuente: personas mayores que sienten que dejaron de ser prioridad para el resto. “Vos estás una hora completamente enfocada en ellos y eso cambia mucho”, asegura.

También presencia transformaciones cotidianas que para otros podrían parecer pequeñas, pero que en ese contexto representan enormes avances. Un hombre que vuelve a salir a la calle después de mucho tiempo. Una mujer que se anima a subir un escalón sin miedo. Personas que recuperan seguridad sobre su propio cuerpo. En diálogo con este diario reconoce: “Esas cosas te llenan el alma”.

La actividad física, asegura, no solamente mejora aspectos físicos. También cambia el ánimo, favorece la sociabilización y devuelve ganas de hacer cosas. “Cuando entrenan con pares liberan endorfinas, se sienten mejor y vuelven a tener proyectos”, sostiene.

“Gracias a mi masa muscular los huesos quedaron en su lugar y no pasó nada. El deporte me salvó”

Su formación en musicoterapia también aparece integrada a las clases. Muchas veces utiliza ejercicios de atención y memoria durante las pausas físicas o incorpora música para estimular funciones cognitivas. Aunque se ríe al admitir que algunos alumnos “se dispersan demasiado”.

“TODOS VAMOS A LLEGAR A ESA EDAD”

A medida que fue trabajando con adultos mayores, Rosales empezó a convencerse cada vez más de que se trata de una población olvidada. Y que, en buena medida, existe una dificultad social para mirar la vejez de frente. “Si todo sale bien, todos vamos a llegar a esa edad”, reflexiona.

Por eso insiste tanto en la idea de la autonomía y la dignidad. Explica que cuando uno es joven no dimensiona la importancia de actividades cotidianas como levantarse solo, bañarse o caminar sin ayuda. “A los 30 parece obvio. A los 80 ya no”, resume.

Quizás por eso conecta tan profundamente con sus alumnos. Porque ella misma atravesó un momento donde sintió que debía reconstruirse física y emocionalmente.

Cuando este cronista le pregunta por qué muchas personas necesitan vivir experiencias límite para cambiar el rumbo de sus vidas, responde después de unos segundos de silencio: “Necesitamos la experiencia. Alguien te puede decir cuál es el mejor camino, pero uno necesita probar”.

Y enseguida agrega una idea que parece atravesar toda su historia personal: “El error también es parte del proceso”.

Hoy, después del accidente, de la depresión y del regreso a La Plata, siente que finalmente encontró el lugar donde quería estar desde el principio. Uno donde el entrenamiento no se mide solamente en músculos o repeticiones, sino también en autonomía, confianza y calidad de vida.

Porque para María Pilar Rosales entrenar no significa simplemente hacer ejercicio. Significa, sobre todo, ayudar a que alguien pueda seguir sosteniéndose por sus propios medios el mayor tiempo posible.

Para quienes desean contactarse:
@pilar.coach (Instagram)
pilarcoachh.com (página web)

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