Facundo Stazi, licenciado en Ciencias de la Educación, profesor de Literatura y escritor, pone el foco en la distancia entre las exigencias que recaen sobre los docentes y las condiciones concretas en las que deben trabajar. Su planteo cuestiona una organización escolar que, a su entender, sigue funcionando con estructuras rígidas mientras aumenta la complejidad de la tarea educativa.
“Al docente se le pide que enseñe el mundo entero, pero se lo sienta en una caja fuerte diseñada para resguardar un universo que ya no existe”, señala. La lista de responsabilidades incluye enseñar, evaluar, contener, acompañar trayectorias diversas, corregir trabajos, completar registros y responder consultas. “El docente que puede con todo no existe”, resume.
Los horarios fragmentados, las materias que funcionan de manera aislada y la expectativa de que todos los alumnos aprendan lo mismo al mismo tiempo forman parte de una estructura que considera necesario revisar. “La complejidad de la tarea docente requiere hoy más que nunca la creación de un sistema que admita distintos perfiles profesionales”, propone. Hay profesores con facilidad para diseñar recorridos pedagógicos, otros que se destacan en la ejecución de proyectos y quienes tienen mejores herramientas para corregir, organizar o construir vínculos. En lugar de exigirles a todos las mismas capacidades, sostiene, la escuela debería permitir que se complementen.
El planteo también apunta al trabajo que no se ve desde afuera del aula. Stazi advierte que la mitad de los docentes considera que el exceso de tareas administrativas le genera estrés, mientras que la enseñanza directa representa, en promedio, el 43% del tiempo de trabajo declarado. La preparación de clases, las correcciones y los registros forman parte de una carga que excede las horas frente a los estudiantes.
Su propuesta es redistribuir las funciones, establecer responsabilidades claras y reconocer las distintas fortalezas de los educadores. La escuela podría organizar equipos en los que algunos docentes se especialicen en diseñar propuestas, otros en acompañar trayectorias y otros en coordinar proyectos o evaluar aprendizajes.
“La vocación sigue ahí, haciendo su trabajo silencioso; pero no debería funcionar como una tarjeta de crédito institucional para seguir comprando tareas con el saldo de la paciencia docente”, advierte. En ese sentido, el problema excede el esfuerzo individual. Si la profesión se vuelve difícil de sostener, señala, la escuela pierde experiencia, vínculos y posibilidades de construir mejores aprendizajes.
“La pregunta no es solamente qué más puede hacer cada docente. También es qué escuela estamos dispuestos a construir para que enseñar sea posible”, concluye. Y sintetiza la distancia entre las expectativas y los recursos disponibles con una definición contundente: “La mayor violencia que se vive como docente es que entre lo que se espera que uno haga y lo que realmente se puede hacer con las herramientas y la realidad que nos toca hay un abismo que solos no podríamos cruzar nunca”.
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