Jorge Goyeneche escribe como quien camina. Sale, observa, escucha una conversación, registra una frase, mira una cara. Inhala todo eso; lo hace propio. Algunas cosas desaparecen; otras vuelven transformadas en una escena, un personaje o una historia. En el medio, el azar despliega su juego.
“Me gusta el caos”, dice en el estudio de EL DIA. Y no lo plantea como una ausencia de reglas, sino casi al contrario: como una forma particular de organización. Su literatura nace de esa tensión entre lo que se intenta controlar y aquello que irrumpe para modificarlo.
La caminata por el Parque Saavedra, cerca de su casa, es uno de esos momentos. Allí aparecen ideas que luego anota y desarrolla. Su método no responde a una planificación rígida: trabaja por fragmentos, escribe de a poco y espera encontrar esa primera frase que tenga ritmo. Después, los textos comienzan a relacionarse entre sí.
Ese procedimiento está muy ligado a su mirada sobre el mundo. Goyeneche piensa que también la vida está atravesada por aquello que no podemos prever. Recuerda, por ejemplo, historias familiares marcadas por casualidades: viajes que no sucedieron porque alguien perdió un barco y terminaron llevando a una familia a otro país. Para él, esas pequeñas desviaciones también forman parte de la materia de la literatura.
El mundo como materia narrativa
Para Goyeneche, un escritor no necesita encerrarse para imaginar. Alcanza con mirar. Una persona que pasa, una conversación escuchada al pasar, un recuerdo, una lectura o incluso un episodio aparentemente insignificante pueden convertirse en el comienzo de otra cosa.
Ahí aparece una diferencia que para él es fundamental: la literatura puede inventar. El periodismo, en cambio, tiene otras reglas. Goyeneche recuerda el caso de Gabriel Báñez, quien alguna vez escribió sobre Barreda desde un territorio que ya no era estrictamente periodístico, incorporando elementos imaginados. La anécdota le sirve para pensar dónde termina el registro de los hechos y dónde comienza la ficción.
Su propia obra se alimenta de ese cruce. “Todos los cíclopes tienen los pies delicados”, publicada por Huesos de jibia, fue finalista del Premio Futurock de Novela 2024 y trabaja con una estructura en la que distintas historias, personajes y tiempos se entrelazan. La novela parte de la imagen de un hombre dentro de un resonador magnético y despliega desde allí una trama atravesada por el cuerpo, la enfermedad, la muerte, el deseo y la memoria.
Un libro contra las máquinas
El título también condensa una de sus obsesiones. El “cíclope” es el resonador magnético, esa máquina que observa el cuerpo desde su único ojo y lo descompone en imágenes. Goyeneche encuentra allí una metáfora: la tecnología puede fragmentar y analizar, pero hay algo que no puede hacer. Un libro sí.
No obstante, una serie de preguntas que no buscan respuestas, sino, paradójicamente, más preguntas: ¿somos nosotros los cíclopes? ¿Somos, entonces, seres frágiles, permeables a los peligros de la naturaleza? ¿Nos escondemos detrás de nuestras armaduras de tecnología?
Lo cierto es que para el escritor, el arte tiene precisamente esa capacidad de producir una transformación que no es medible. Una máquina puede mostrar un cuerpo por dentro, pero una obra puede provocar llanto, memoria, incomodidad o emoción. Puede dejar a alguien distinto de como estaba antes de leerla.
De ahí surge también una de sus definiciones más provocadoras sobre la escritura: escribe “porque es inútil”. No como una crítica, sino como una defensa. En un mundo organizado alrededor de lo productivo, lo rentable y lo práctico, el libro pertenece a otro territorio. No sirve para resolver una necesidad inmediata. Sirve para algo menos cuantificable: conmover. Nada más. Nada menos.
Todos los cíclopes tienen los pies delicados
jorge goyeneche
Editorial: Huesos de jibia
Páginas: 123
Precio: $19.000
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