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El “estatus” es muy importante en los gimnasios

El auge de los centros de entrenamiento modificó las formas de entrenar, las motivaciones de los usuarios y el vínculo con los profesores. Salud, estética y socialización conviven ahora con rutinas digitales, personal trainers, redes sociales e inteligencia artificial

Ir al gimnasio ya no es solo una decisión física, sino también social / el dia
Los usuarios de la Región prefieren manejar las rutinas por su cuentas / EL DIA
Cada vez hay más usuarios en gimnasios y los profes están desbordados / EL DIA

Por Redacción

A Tomás, un estudiante de 21 años de La Plata, la rutina ya no se la entrega un profesor escrita en una hoja. La lleva en el celular. Cuenta que comenzó mirando videos en las redes y después fue modificando los ejercicios por su cuenta. Entre sus amigos, asegura, intercambiar rutinas es algo habitual. “A veces le pregunto al profe si estoy haciendo bien un ejercicio, pero generalmente llego sabiendo qué voy a hacer. Incluso probé pedirle una rutina a la inteligencia artificial”, relata.

Marcela, de 48 años y vecina de Berisso, vive el gimnasio de otra manera. Empezó hace varios años para bajar de peso, pero con el tiempo cambió el objetivo. “Ahora voy porque me hace bien y porque ya conozco a todo el mundo. Si falto dos o tres días me preguntan qué pasó”, cuenta. Para ella, las tres tardes semanales de entrenamiento también se transformaron en un momento de encuentro: “Terminamos hablando de los hijos, el trabajo, las vacaciones. Hay días que uno llega sin ganas y se queda porque están los demás”.

Roberto tiene 67 años, vive en Ensenada y llegó a la musculación después de una recomendación profesional. Al principio, recuerda, miraba las máquinas con cierta desconfianza. “Pensaba que el gimnasio era para los pibes que querían sacar músculos. Después entendí que yo necesitaba fuerza para otras cosas”, comenta. Su objetivo es mucho más cotidiano: conservar movilidad y sentirse seguro para caminar, subir escaleras y realizar las tareas diarias.

Lucía, de 26 años y platense, representa otra cara del fenómeno. Reconoce que comenzó buscando un cambio físico y que las redes tuvieron bastante que ver. “Ves cuerpos todo el tiempo y pensás que en seis meses tenés que estar igual. Después te das cuenta de que cada persona tiene sus tiempos”, señala. También encontró allí nuevas amistades: “Empecé yendo sola con auriculares. Hoy tengo un grupo y si alguno no va, lo cargamos por WhatsApp”.

Distinta es la experiencia de Carlos, de 55 años, vecino de Berisso, que recuerda los pequeños gimnasios a los que concurría cuando era joven. “Antes el profesor sabía qué habías hecho el lunes, cuánto levantabas y hasta si habías faltado. Ahora entrás a algunos lugares enormes y cada uno está con su teléfono”, compara. No considera necesariamente peor el cambio, pero reconoce que debió acostumbrarse: “Hay muchas más máquinas y opciones, pero también tenés que preguntar. Si esperás que siempre venga alguien a corregirte, puede que no pase”.

Camila, de 19 años y vecina de Ensenada, directamente pertenece a una generación que nunca conoció aquella ficha de entrenamiento escrita a mano. Busca ejercicios en TikTok, registra cargas en el celular y alguna vez consultó una IA para reemplazar movimientos cuando una máquina estaba ocupada. “Después le pregunto al profesor porque internet te muestra veinte maneras distintas de hacer lo mismo”, explica. Su experiencia sintetiza una de las paradojas del gimnasio actual: nunca hubo tanta información disponible y, justamente por eso, tampoco fue tan sencillo confundirse.

Las experiencias representan distintas caras de una transformación mucho más amplia. El gimnasio dejó de ser solamente el lugar al que alguien acudía para bajar algunos kilos, desarrollar músculo o complementar un deporte. Salud, estética, bienestar mental, longevidad, socialización y exposición en las redes comenzaron a convivir dentro de una misma sala.

Los datos argentinos permiten poner el fenómeno en perspectiva. Un relevamiento difundido en septiembre entre operadores de gimnasios encontró que el 65,67% identifica a la salud general como principal motivación para entrenar, muy por encima de la apariencia física, con 13,67%. Además, las edades de 45 a 64 años concentran buena parte del crecimiento reciente del público.

Guillermo Vélez, director de Mercado Fitness, ubica un punto de inflexión después de la pandemia. Según explicó, la salud adquirió desde entonces un lugar central como motivación y el entrenamiento de fuerza comenzó a relacionarse cada vez más con funcionalidad, autonomía y prevención de la pérdida muscular, especialmente después de los 50 años.

El profesor de Educación Física y consultor de gimnasios Guillermo Napp coincide con esa transformación. “Entrenar fuerza no es solamente levantar más peso”, explicó al analizar el fenómeno, sino prepararse para mantener actividades cotidianas y conservar independencia con el paso de los años.

Pero la cuestión social tampoco resulta secundaria. Débora Germán, directora de una sede de SportClub, observa que dentro de los gimnasios “se forman grupos” y que el vínculo entre los propios socios y el equipo profesional puede contribuir a sostener la asistencia.

Así, las escenas que actualmente pueden encontrarse en La Plata, Berisso y Ensenada condensan un cambio de época: el joven que registra cada repetición en una aplicación comparte las máquinas con quien llegó por recomendación médica; quien busca modificar su cuerpo entrena al lado de quien intenta conservar movilidad; y el socio que todavía necesita que el profesor le prepare toda la rutina coincide con otro que entra al establecimiento con un programa elaborado fuera de allí.

Y en medio de todos ellos apareció un nuevo integrante silencioso: el teléfono celular, desde donde hoy pueden llegar las indicaciones de un personal trainer remoto, un influencer, una aplicación o directamente una inteligencia artificial.

Del gimnasio donde todos se conocían a un mercado cada vez más diverso

Durante décadas, buena parte de la actividad física organizada en los barrios se desarrolló en clubes, sociedades de fomento y pequeños gimnasios. El vínculo entre usuario y profesor podía ser estrecho: el docente preparaba la rutina, observaba la ejecución y modificaba cargas a medida que conocía a quien entrenaba.

Ese modelo no desapareció. En La Plata todavía existen establecimientos que hacen del seguimiento profesional su diferencial y también sobreviven con fuerza los clubes.

La oferta regional muestra, sin embargo, una diversidad mucho mayor. Conviven gimnasios de gran escala , centros más pequeños y propuestas que se presentan alrededor del acompañamiento personalizado.

La transformación, entonces, no supone que el gimnasio barrial haya desaparecido, sino que ahora compite y convive con cadenas, centros especializados, entrenamiento funcional, propuestas boutique y servicios digitales.

Ni solamente estética ni solamente salud

Otra imagen que los datos obligan a revisar es aquella que presenta al gimnasio actual únicamente como una vidriera de cuerpos.

Un relevamiento difundido recientemente entre operadores argentinos encontró que el 65,67% identifica a la mejora de la salud general como principal motivación de los usuarios, mientras que la apariencia física concentró el 13,67%. Además, el segmento de 45 a 64 años aparece entre los que más crecieron durante los últimos años.

Es una transformación visible también en las edades que comparten actualmente una sala: adolescentes y veinteañeros que buscan hipertrofia pueden entrenar al lado de personas de 50, 60 o más años que realizan fuerza para preservar músculo, movilidad y autonomía.

El American College of Sports Medicine ubicó justamente a los programas para adultos mayores como la segunda gran tendencia mundial del fitness para 2026. Entre las diez primeras aparecen también el ejercicio para la salud mental, entrenamiento tradicional de fuerza, control del peso y entrenamiento funcional.

El gimnasio, por lo tanto, no abandonó la salud para abrazar exclusivamente la estética. Lo que ocurrió es más complejo: salud, apariencia, bienestar psicológico, rendimiento, socialización e identidad comenzaron a convivir dentro del mismo espacio.

encontrarse con otros

La dimensión social ganó terreno. El ACSM incorporó por primera vez entre sus principales tendencias de 2026 a los clubes deportivos y recreativos para adultos y relacionó el crecimiento con el deseo de combinar ejercicio y conexión social.

En ese sentido, el gimnasio puede convertirse en una especie de tercer espacio cotidiano entre la casa, el trabajo o el estudio. Se establecen horarios compartidos, amistades, grupos de entrenamiento y vínculos que en algunos casos continúan fuera del establecimiento.

En el Gran La Plata esa característica puede observarse tanto en pequeños centros —donde profesores y alumnos mantienen una relación cotidiana— como en clubes que incorporaron musculación y entrenamiento como un servicio más para sus socios.

La contracara aparece en los grandes salones y horarios de mayor concurrencia: decenas de personas pueden entrenar simultáneamente, cada una con objetivos, antecedentes, cargas y rutinas diferentes. Es allí donde cobra especial importancia cuántos profesionales están efectivamente disponibles para observar y corregir.

Si hay un cambio particularmente marcado entre generaciones es que la imagen del gimnasio ya no termina en el espejo del vestuario.

Rutinas, fotografías, cambios corporales, alimentación, suplementos y récords personales se convirtieron en contenido. El fenómeno conocido como fitspiration mezcla mensajes de vida saludable con imágenes de cuerpos entrenados y estándares estéticos.

Una revisión de 26 estudios experimentales que reunió a 6.111 participantes encontró que la exposición a ese contenido entre adultos jóvenes incrementa la comparación social y determinadas motivaciones poco saludables relacionadas con dieta y ejercicio, además de producir efectos negativos promedio sobre autoestima, imagen corporal y satisfacción con la apariencia.

Entre adolescentes el fenómeno también preocupa. Una revisión publicada este año encontró que entre 37% y 56% de los jóvenes estudiados interactuaba activamente con contenido fitspiration. Las redes pueden generar motivación y sensación de comunidad, pero también promover ideales corporales difíciles de alcanzar y soluciones rápidas ante la insatisfacción con el propio cuerpo.

Así aparece otra razón para ir al gimnasio que resulta más difícil de medir: no solamente modificar el cuerpo, sino construir determinada identidad alrededor de él.

Del profesor con una planilla a una rutina dentro del teléfono

La tecnología produjo quizá el cambio más profundo dentro de la sala.

Durante años la escena habitual consistía en una ficha de papel donde el profesor anotaba ejercicios, repeticiones y cargas. Actualmente esa información puede estar en una aplicación, un reloj, una planilla digital o una conversación con una inteligencia artificial.

Las aplicaciones móviles de entrenamiento ocupan el cuarto puesto entre las tendencias mundiales del fitness para 2026. Según el ACSM, durante 2024 más de 345 millones de personas utilizaron este tipo de herramientas y se produjeron más de 850 millones de descargas.

La tecnología portátil ocupa directamente el primer lugar. Relojes y pulseras registran pasos, frecuencia cardíaca, recuperación, sueño y otras variables que antes quedaban fuera de la experiencia cotidiana de un gimnasio.

Eso produjo un usuario mucho más autónomo. Puede llegar sabiendo qué ejercicios quiere realizar, cuántas series piensa completar y qué peso utilizó la semana anterior sin haber hablado previamente con el profesor de sala.

Pero el profesor todavía está lejos de desaparecer

Los datos argentinos contradicen la percepción de que todos se entrenan solos.

Según el reciente relevamiento de Mercado Fitness difundido a nivel nacional, el 64,6% de los gimnasios consultados señaló que sus socios entrenan principalmente acompañados por el entrenador de sala y otro 24,45% participa fundamentalmente de clases grupales. Apenas 3,28% entrenaría principalmente con una rutina propia y solamente 0,36% mediante IA o aplicaciones.

Por eso todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que en Argentina el profesor de gimnasio fue reemplazado por el celular.

Sí puede hablarse de una transformación de su función. El usuario llega con mucha más información —y también desinformación— que antes: vio videos, conoce ejercicios, sigue entrenadores, consulta aplicaciones y puede contratar por su cuenta un personal trainer presencial u online.

Solo una plataforma de contratación relevada en La Plata ofrece centenares de perfiles vinculados al entrenamiento personal y muestra algo significativo: conviven profesores universitarios o terciarios de Educación Física con personas que exhiben certificaciones privadas de musculación, preparación física o personal trainer.

Cuando el entrenador está afuera del gimnasio

Así nació una situación que hace algunos años era mucho menos habitual: alguien puede pagar una cuota para utilizar un gimnasio pero recibir las instrucciones de otra persona.

El entrenador puede trabajar presencialmente allí, enviar la planificación por WhatsApp, controlar progresos mediante videos o incluso vivir en otra ciudad.

Para el usuario representa flexibilidad y personalización. Para el gimnasio plantea otro interrogante: quién supervisa finalmente lo que ocurre dentro de sus instalaciones.

La cuestión adquiere especial importancia en la Provincia de Buenos Aires. La Ley 12.329 establece que los gimnasios comerciales alcanzados por la norma deben contar con dirección y/o supervisión técnica de un profesional con título de profesor de Educación Física reconocido oficialmente.

La legislación bonaerense contempla además cobertura de emergencias médicas, seguro de responsabilidad civil, botiquín y certificado médico de aptitud física de los usuarios, entre otras obligaciones.

La existencia de una rutina confeccionada fuera del establecimiento, por lo tanto, no elimina la responsabilidad de supervisión profesional que la legislación le asigna al gimnasio.

“ChatGPT, armame una rutina para ganar músculo”

La inteligencia artificial agrega ahora una nueva capa.

Pedir un programa de entrenamiento a una IA requiere apenas algunos segundos. Edad, peso, días disponibles, objetivo y equipamiento pueden transformarse inmediatamente en una lista de ejercicios.

El atractivo resulta evidente: disponibilidad permanente, rapidez y costo prácticamente nulo frente a un servicio personalizado.

Pero una revisión sistemática publicada este año analizó 24 estudios con 2.512 participantes y encontró una advertencia importante. En cinco de seis comparaciones directas, los programas generados mediante grandes modelos de lenguaje fueron inferiores a los elaborados o supervisados por expertos humanos para obtener determinadas adaptaciones fisiológicas. Además, 14 de los 24 estudios detectaron problemas de seguridad, incluidas recomendaciones contraindicadas para algunas poblaciones clínicas.

La conclusión de los investigadores no es descartar la tecnología. Los modelos pueden funcionar como herramientas de apoyo y mejorar accesibilidad y participación, pero la evidencia actual no respalda que sustituyan de manera segura la toma de decisiones y supervisión de profesionales humanos.

El entusiasmo del primer mes también puede lesionar

El problema se vuelve especialmente relevante entre quienes llegan por primera vez.

La evidencia médica coincide en que una persona sedentaria necesita incrementar progresivamente intensidad, frecuencia y volumen. Intentar levantar cargas para las cuales todavía no existe adaptación o ejecutar movimientos complejos sin dominar la técnica incrementa innecesariamente el riesgo.

No se trata solamente de quedar dolorido. Hombros, columna lumbar, rodillas, codos y muñecas aparecen repetidamente entre las zonas afectadas en lesiones relacionadas con entrenamiento de fuerza.

En situaciones extremas, un ejercicio extraordinariamente intenso y desacostumbrado puede desencadenar rabdomiólisis por esfuerzo, una destrucción muscular que puede provocar complicaciones renales.

El riesgo cardiovascular también necesita contexto. Hacer ejercicio regularmente protege al corazón, pero pasar bruscamente del sedentarismo a esfuerzos muy vigorosos puede representar un riesgo mayor para personas susceptibles, particularmente ante enfermedades subyacentes.

Más peso no significa necesariamente entrenar mejor

La cultura de las redes puede introducir además una competencia que antes quedaba limitada al interior del gimnasio.

Levantar más kilos, conseguir determinado cuerpo rápidamente o copiar la rutina de una persona avanzada puede llevar a confundir progreso con intensidad.

Ese mecanismo es particularmente delicado entre jóvenes. El metaanálisis publicado este año sobre fitspiration encontró precisamente un aumento de las comparaciones sociales después de la exposición a esos contenidos.

El problema aparece cuando una rutina diseñada para alguien con años de entrenamiento termina reproducida por un principiante que todavía está aprendiendo un movimiento.

Ahí recupera protagonismo una figura que parecía perder terreno frente a las pantallas: el profesor que mira cómo se ejecuta realmente el ejercicio.

De los 18 a los 70: un gimnasio diferente para cada edad

La transformación tampoco afecta de igual manera a todas las generaciones.

Entre los más jóvenes, aplicaciones, TikTok, Instagram, YouTube y ahora IA forman parte natural de la búsqueda de información. Para muchos, consultar primero el teléfono y después al profesor dejó de resultar extraño.

Entre adultos de mediana edad aparece con mayor peso el entrenamiento de fuerza asociado al bienestar, el control del peso y la prevención. El relevamiento argentino divulgado en septiembre detectó justamente un fuerte crecimiento de usuarios de entre 45 y 64 años.

Y entre los adultos mayores el entrenamiento de fuerza dejó progresivamente de ser visto como una práctica reservada a fisicoculturistas. El ACSM ubica los programas específicos para esta población entre las principales tendencias mundiales porque preservar fuerza, potencia y movilidad está estrechamente relacionado con mantener independencia funcional.

Son usuarios diferentes compartiendo las mismas máquinas, pero no necesariamente deberían compartir las mismas rutinas.

El desafío que queda planteado en el Gran La Plata

La foto actual de La Plata, Berisso y Ensenada muestra una oferta heterogénea: clubes, pequeños gimnasios barriales, grandes salas, cadenas, entrenamiento funcional y servicios personalizados.

La discusión, entonces, no parece estar entre elegir el viejo gimnasio o abrazar el nuevo.

El interrogante pasa por cómo conservar la supervisión humana dentro de un modelo donde el usuario tiene cada vez mayor autonomía.

Porque la tecnología puede registrar un entrenamiento, recordar una carga, sugerir ejercicios y hasta construir una rutina en segundos. Lo que todavía no puede hacer desde la pantalla es observar de manera completa cómo una persona pierde la postura bajo una barra, detectar en el momento que un movimiento provoca un dolor inesperado, conocer todo aquello que el usuario omitió contar o actuar físicamente frente a una emergencia.

La paradoja del gimnasio contemporáneo queda expuesta allí: nunca hubo tantas posibilidades de personalizar el ejercicio y, al mismo tiempo, nunca fue tan sencillo entrenar siguiendo indicaciones de alguien —o de algo— que no está mirando cómo se realiza ese ejercicio.

En una región donde la legislación exige supervisión profesional, el debate excede las modas del fitness. La pregunta para gimnasios, autoridades y usuarios es hasta dónde puede avanzar la autonomía sin convertir la ausencia de seguimiento en un nuevo factor de riesgo.

El gimnasio dejó de ser solamente el lugar al que alguien acudía para bajar algunos kilos, desarrollar músculo o complementar un deporte

Salud, estética, socialización y exposición en las redes conviven en los centros físicos

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