“Yo digo que es como que la ves en su esplendor. Uno puede observar lo pequeño del humano delante de semejante estructura, sus formas, sus remaches que demuestran una construcción antigua, y sin embargo hoy todavía tiene un récord de velocidad de grandes veleros que desde el año 64 nadie pudo batir”.
Quien habla en el estudio de EL DIA es Guillermo Hariyo, fotógrafo profesional con treinta años de trayectoria y estudio en Ensenada. La imagen que describe muestra a la Fragata A.R.A. Libertad suspendida en dique seco en el Astillero Río Santiago, fuera del agua, reposando sobre tierra. Es una de las veinte obras inéditas que componen Testimonio de a bordo, la muestra que construyó a lo largo de una década, entre embarques, registros, esperas y una búsqueda que demoró años en alcanzar su imagen final.
El récord y la nave
La Fragata A.R.A. Libertad es la primera embarcación de ese tipo construida en el continente americano. En 1964 estableció el récord mundial de velocidad a vela al cruzar el Atlántico Norte y recibió por eso el trofeo internacional Gran Medalla.
Ese registro no fue superado. La nave obtuvo en 2025 el trofeo Boston Teapot, distinción que ya había conquistado en otras oportunidades. Está en viaje de instrucción y fondeará en el puerto de Manhattan el 4 de julio, durante las celebraciones por los 250 años de la independencia de Estados Unidos, junto a otras fragatas-escuela del mundo.
Hariyo la fotografió por primera vez en 2016, aunque su vínculo con la embarcación venía de mucho antes. En 2001 había tenido una primera oportunidad de navegar desde Rada La Plata hasta Dársena Norte, pero el remolcador que debía acercarlo al buque fondeado no logró ponerse a la altura de la escala de gato. El oleaje, que golpeaba de ambos lados, impidió el embarque. En 2007, ya instalado en la profesión, fue convocado por el Astillero Río Santiago para fotografiar la culminación de los trabajos de media vida de la fragata, amarrada sobre el mismo río que la vio nacer. Todavía no había navegado, pero el deseo de registrar la vida a bordo ya estaba instalado.
Pasaron nueve años hasta que sonó el teléfono. Era el entonces comandante de la Fragata Libertad, con una invitación para realizar su primera navegación: de Mar del Plata a Ushuaia.
Seis travesías, una imagen
Entre 2016 y 2022, Hariyo completó seis embarques, recorrió 16.600 millas náuticas y pasó 170 días a bordo. Cruzó dos veces el Atlántico. Cada jornada producía alrededor de 800 registros entre fotografías, video y audio; cada regreso implicaba semanas de selección frente a un archivo que él mismo define como “contundente, abultado”.
“Mi proyecto era ver cómo podía mostrar cada uno de esos espacios y la gente trabajando. El testimonio es lo que yo pude captar con mis ojos y la idea era mostrar tanto la estructura como la vida de las personas y, finalmente, interpretar para qué y por qué existe”, analiza.
La primera navegación terminó en Bahía Grande, Tierra del Fuego. Hariyo volvió con una cantidad importante de imágenes, pero también con la certeza de que el proyecto no estaba terminado. Al revisar el material comenzaron a aparecer nuevas búsquedas: volver a embarcar, subir a los palos, registrar la rutina desde otros puntos de vista y, sobre todo, conseguir una fotografía que parecía improbable.
Quería ver a la fragata desde afuera, navegando, con sus 27 velas cargadas de viento. Buscaba mostrar a la Libertad en movimiento, en toda su dimensión, respondiendo al mar y al viento.
La oportunidad llegó en el último tramo de su sexto embarque. Era el regreso desde Río de Janeiro a Buenos Aires y, para Hariyo, la última posibilidad de conseguir aquella imagen. La Fragata Libertad y la fragata peruana B.A.P. Unión acordaron realizar una regata de 36 horas. Las autoridades de ambas embarcaciones aceptaron además un intercambio de fotógrafos: Hariyo cruzó en un semirrígido hacia la nave peruana para poder registrar a la Libertad desde el agua.
El primer día no resultó como esperaba. Ambas fragatas navegaban relativamente cerca y, de a poco, cada una fue sumando velas. Pero al final de la jornada la Libertad no había desplegado más de 14 o 15 de sus 27 velas. La luz se fue y la posibilidad de la foto quedó suspendida hasta el día siguiente.
Durante la noche, la distancia entre ambas embarcaciones aumentó. A la mañana siguiente llovía con intensidad. Hariyo salió a cubierta de la Unión para intentar encontrar a la fragata argentina en el horizonte. No la vio enseguida. Tuvo que afinar la mirada entre la cortina de agua y la escasa visibilidad hasta distinguirla, muy lejos, como una figura pequeña en medio del mar.
Entonces apareció la escena que había perseguido durante años: la Libertad navegaba con 26 de sus 27 velas desplegadas. El viento de través permitía ver el largo y el ancho de los paños. Desde su posición, Hariyo podía registrar la silueta completa de la nave, el casco blanco, los palos braceados y la superficie de velas cargadas.
La fotografía no muestra una fragata detenida frente a la cámara: la muestra navegando, compitiendo, afirmada sobre el oleaje. “Ahí di por concluida esta serie de búsquedas”, advierte.
una muestra para todos
Viviana Di Lucca es arquitecta, platense de nacimiento y ensenadense por adopción. Llegó al estudio de Hariyo para aprender a manejar una cámara. En la primera clase vio las imágenes de la fragata distribuidas por el espacio de trabajo y preguntó qué era todo aquello.
Su vínculo con la nave tenía una historia familiar. Su madre le recortaba artículos periodísticos cada vez que la fragata llegaba a la región y había sido guardavidas. El río, la costa y la embarcación formaban parte de una memoria cercana. Por eso, al conocer el proyecto, propuso que la exposición pudiera ser recorrida también por personas con discapacidad visual.
“A priori me parecía algo imposible o no estaba dentro de mi sabiduría comprenderlo”, admite Hariyo. Pero el aporte fue mutuo. Durante tres meses, fotógrafo y arquitecta trabajaron sobre las imágenes, las historias detrás de cada toma y las herramientas necesarias para ampliar los modos de percibir la muestra.
Así, Di Lucca diseñó un sistema de capas. La primera fue la descripción de imágenes: no una enumeración de lo visible sino, como ella explica, “el valor intangible que tiene la foto”. Para lograrlo entrevistó a Hariyo en profundidad. Las cédulas de obra —las placas que en cualquier muestra acompañan cada imagen— fueron rediseñadas con tipografía ampliada, texto narrativo y dos códigos QR. Uno enlaza a una descripción en texto plano, legible por lectores de pantalla. El otro permite descargar un audio que incorpora sonidos relacionados con lo que muestra cada fotografía: viento, agua, actividad de cubierta, voces y ambientes registrados durante los viajes.
La tercera capa fue un cuadernillo combinado: braille para leer con la yema de los dedos, macrotipo para quienes tienen baja visión y códigos QR integrados. De ese modo, el visitante puede mirar las fotografías, leer las historias, escuchar los audios o combinar esas formas de recorrer la exposición.
“Estas distintas formas de vivir la muestra permiten que sea vivida por personas con distintas condiciones y también es un instrumento de intercambio de los propios visitantes”, dice Di Lucca.
“La gente mayor, que era casualmente la que estaba más vinculada a la fragata porque sus maridos, sus hermanos o sus padres estuvieron vinculados a la construcción, quedaban muy movilizados de poder leer”, recuerda. En una región marcada por la historia del Astillero Río Santiago, la muestra también activa recuerdos familiares y vínculos con una embarcación que forma parte del paisaje y de la identidad local.
La primera presentación fue en el Centro Naval de Buenos Aires, en el cruce de Córdoba y Florida. El próximo destino será el consulado argentino en Nueva York, entre el 6 y el 10 de julio. Después vendrán Ushuaia, en enero de 2027, y Cataratas del Iguazú más adelante ese mismo año.
Detrás de las imágenes hay también una reivindicación. La nave que ostenta un récord de velocidad imbatido desde 1964 es, al mismo tiempo, una escuela flotante. Hariyo buscó que esa vida cotidiana quedara registrada: las maniobras, los trabajos de marinería, los horarios, las guardias, los ejercicios y la convivencia de una comunidad que pasa semanas o meses compartiendo el mar.
“Nunca eran menos de 250 personas a bordo. Con algunos podés tener más acercamiento, pero en general todo con mucho respeto, un buen día con todo el mundo, compartir de la mejor forma y con mucha camaradería. Siempre me sentí cómodo en ese sentido”, concluye.
“Las distintas formas de vivir la muestra permiten que sea apta para personas con distintas condiciones”
Viviana Di Lucca,
arquitecta y coproductora
SUSCRIBITE a esta promo especial