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El órgano olvidado: cómo influye la microbioma en la tercera edad

Lo que ocurre en tu intestino puede definir cómo envejecés. La ciencia descubrió que los centenarios tienen algo en común que no está en sus genes ni en sus rutinas de ejercicio. Está en su panza

La microbioma es un ecosistema que se comunica con los órganos vía señales químicas y nerviosas / Freepik

Por Redacción

Durante décadas, la búsqueda del secreto de la longevidad apuntó hacia arriba: el corazón, el cerebro, los pulmones. Hoy, cada vez más investigadores miran hacia abajo. Hacia los billones de microorganismos —bacterias, hongos, virus— que conviven en el intestino, ese metro y medio de tubo que pocos imaginan como centro de comando del envejecimiento. Los llaman microbioma, y todo indica que son, en buena parte, los que deciden si uno llega a los ochenta con vitalidad o con fragilidad.

La idea tiene más historia de lo que parece. A principios del siglo XX, el biólogo ruso Élie Metchnikoff —Nobel de Medicina en 1908— ya especulaba con que el envejecimiento prematuro tenía que ver con la fermentación bacteriana en el intestino, y recomendaba leches fermentadas para contrarrestarla. Lo llamaban excéntrico. Hoy, la ciencia le está dando la razón de maneras que él no podría haber imaginado.

UN ECOSISTEMA QUE DIALOGA CON EL CEREBRO

El microbioma no es simplemente la flora que digiere los alimentos. Es un ecosistema que se comunica de manera permanente con casi todos los órganos a través de señales químicas y nerviosas. Alrededor del noventa por ciento de la serotonina —el neurotransmisor que regula el estado de ánimo y el sueño— no se produce en el cerebro sino en el intestino. Lo mismo ocurre con precursores de la dopamina y con el GABA, que frena la ansiedad. Esto explica por qué personas con problemas intestinales crónicos suelen reportar mayor incidencia de depresión o ansiedad, y viceversa.

Los alimentos fermentados aportan bacterias vivas con efecto modulador

A medida que envejecemos, este ecosistema se deteriora. Pierde diversidad, se desequilibra, y empieza a producir compuestos que dañan los tejidos de manera lenta. Los científicos llaman inflammaging a esta inflamación crónica de bajo grado que no duele ni se ve, pero va erosionando el cuerpo y acelerando el envejecimiento biológico.

LO QUE TIENEN LOS CENTENARIOS QUE LOS DEMÁS NO TIENEN

En 2023, un estudio publicado en Nature Aging comparó la microbiota intestinal de 1.575 personas de entre veinte y ciento diecisiete años en una misma región de China. El hallazgo fue llamativo: la microbiota de los centenarios no se parecía a la de otros ancianos. Se parecía, en muchos aspectos, a la de los adultos jóvenes. Mayor diversidad de especies, mayor presencia de bacterias consideradas protectoras, menor concentración de microorganismos potencialmente dañinos. Su intestino, en cierto modo, no había envejecido al mismo ritmo que el resto del cuerpo.

En 2025, investigadores aislaron de la microbiota de centenarios una cepa de Lactobacillus plantarum cuyo metabolito mostró propiedades antiinflamatorias y efectos que ralentizaban el envejecimiento celular en modelos de laboratorio. Los científicos son cautelosos —esto no prueba aún que esa bacteria alargue la vida en humanos—, pero abre una dirección que antes no existía.

También en 2026, otro trabajo identificó que la presencia de una bacteria específica está directamente asociada con mayor masa y fuerza muscular en adultos mayores. Que una bacteria pueda incidir en la sarcopenia —la pérdida de músculo que lleva a la fragilidad— abre preguntas que hace una década habrían parecido ciencia ficción.

LO QUE SE PUEDE HACER (Y LO QUE TODAVÍA NO)

Aquí conviene poner los pies en la tierra. La industria de los suplementos probióticos factura miles de millones al año con la promesa de un intestino mejor. Pero la ciencia no encontró todavía evidencia sólida de que una cápsula alargue la vida en personas sanas. Lo que sí existe es evidencia razonable de que ciertos hábitos alimentarios modifican el microbioma de manera favorable.

La fibra es alimento de las bacterias buenas: no es para las personas, sino para los microbios

La fibra es el alimento de las bacterias buenas: no la consumen las personas, la consumen los microbios. Esa fermentación produce ácidos grasos de cadena corta que protegen el intestino, el corazón y el cerebro. Ajo, cebolla, alcaucil, legumbres, avena, banana: todos son combustible para esas bacterias. En cambio, los ultraprocesados y el exceso de azúcar actúan como herbicidas: empobrecen el ecosistema y lo desequilibran.

Los alimentos fermentados —yogur natural sin azúcar, kéfir, chucrut— aportan bacterias vivas con efecto modulador. No son milagros, pero tampoco son irrelevantes.

UNA NUEVA FORMA DE PENSAR EL CUERPO

Lo más disruptivo de esta investigación no es una bacteria específica ni un suplemento nuevo. Es el cambio de perspectiva que propone. Durante siglos pensamos el cuerpo como un organismo individual. Ahora sabemos que somos, en rigor, una comunidad: llevamos dentro más células microbianas que células propias. Y el estado de esa comunidad —lo que comemos, cuánto dormimos, cuántos antibióticos tomamos— influye de maneras que apenas empezamos a comprender en cómo vamos a envejecer.

La buena noticia es que el microbioma es uno de los aspectos más modificables de la biología humana. No se eligen los genes. Pero sí se puede elegir qué bacterias alimentar.

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