Hay un momento en la vida en que una casa se vuelve demasiado grande. Las escaleras empiezan a ser un obstáculo, el jardín demanda un esfuerzo que ya no resulta sencillo. También llega el día en que manejar deja de dar seguridad, los zapatos de taco alto permanecen en el placard o los libros favoritos se vuelven difíciles de leer porque la letra es demasiado pequeña. Son cambios cotidianos que, a simple vista, parecen hablar apenas de objetos. Sin embargo, detrás de cada uno de ellos emerge el desafío de aceptar que una etapa terminó y construir otra sin perder la propia identidad.
“En realidad no son los objetos en sí mismos, sino la función que cumplen para cada persona”, explica -en diálogo con EL DIA- la licenciada en Psicología y especialista en Gerontología Ana Moreira Uribe. “Muchos representan quiénes somos, nuestra historia, nuestro trabajo o aquello que construimos a lo largo de la vida”.
En tanto, Viviana Di Lucca, arquitecta y gerontóloga, dice a este diario: “Los objetos guardados son historia materializada, funcionan como un ancla de identidad; una ayuda memoria de quiénes hemos sido y cómo fuimos”.
“En realidad no son los objetos -como la casa o el auto- en sí mismos, sino la función que cumplen -y toda el afecto y lo que significa- para cada persona ”
Ana Moreira Uribe Licenciada en Psicología y especialista en Gerontología
“Los objetos guardados son historia materializada, funcionan como un ancla de identidad; una ayuda memoria de quiénes hemos sido y cómo fuimos”
Viviana Di Lucca Arquitecta y gerontóloga
Dejar los objetos es cambiar y perder esa identidad. Aparecen las preguntas: ¿Cómo hago para duelar esto? ¿Quién soy a partir de ahora? Se abre paso a una nueva identidad”
Silvia Gascón Gerontóloga
No obstante, la gerontóloga platense Silvia Gascón, expresa a este diario: “Dejar los objetos es cambiar y perder esa identidad. Aparece entonces la pregunta: ¿quién soy a partir de ahora? Se abre paso a una nueva identidad”.
Lejos de tratarse de un problema material, el vínculo con los objetos suele condensar recuerdos, afectos y proyectos. Una biblioteca puede resumir décadas de estudio; un auto puede representar independencia; una casa puede ser el escenario donde transcurrió toda una historia familiar.
Moreira Uribe recuerda el caso de una profesora de Letras a la que acompañó durante los últimos años de su vida. Entre todas sus pertenencias, había una que ocupaba un lugar especial: sus libros. “Era su tesoro. Empezamos a trabajar sobre a quién quería dejárselos. El resto de las cosas podía organizarlas con relativa facilidad, pero los libros representaban toda su trayectoria. Encontrarles un destino fue un proceso de elaboración muy importante para ella”, reflexiona.
Ese trabajo de resignificación aparece con frecuencia en la vejez. No necesariamente implica desprenderse de todo, sino decidir qué conserva sentido y qué ya no acompaña el presente.
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