Durante varios años, el teléfono pareció convertirse en el recurso más sencillo para entretener a un chico. Un video, una aplicación o una sucesión infinita de contenidos podían mantenerlo ocupado durante mucho tiempo. La práctica se volvió tan cotidiana que llegó a naturalizarse que un niño muy pequeño pudiera manejar un celular con una facilidad que sorprendía a los adultos.
En los últimos años, sin embargo, algo comenzó a cambiar. Según la experiencia que recoge Arcidiacono entre sus clientes y su entorno, muchos padres que antes decían “le doy el teléfono” hoy intentan evitarlo. La sociedad empezó a tomar conciencia del lugar que las pantallas ocupan en la infancia y de la necesidad de recuperar ciertos límites.
No se trata solamente de una cuestión de entretenimiento. El comerciante observa entre las nuevas generaciones preocupaciones vinculadas con la atención, la concentración y distintos problemas que hoy forman parte de las conversaciones sobre infancia y tecnología. En ese contexto, muchos adultos empezaron a revisar prácticas que hasta hace pocos años parecían normales. El resultado se empieza a notar también en las jugueterías.
El juguete vuelve a aparecer como una alternativa concreta frente a una experiencia digital basada en la inmediatez. Jugar con un muñeco, armar una escena, cocinar con una pequeña cocina de juguete, disfrazarse, manejar un vehículo o sentarse alrededor de un juego de mesa supone algo diferente: hay que detenerse, imaginar, manipular objetos y, muchas veces, compartir el tiempo con otra persona.
Ese último punto es central. Porque el cambio no consiste simplemente en reemplazar un celular por un juguete. También implica recuperar el tiempo de juego entre padres e hijos.
También hay un componente social detrás de esta transformación. El comerciante señala que la pandemia profundizó el uso de las pantallas como una herramienta para entretener a los chicos durante el encierro. A eso se sumó una sociedad en la que, en muchos hogares, tanto hombres como mujeres trabajan y tienen menos tiempo disponible. En ese contexto, el teléfono podía funcionar como una solución inmediata. No significa que las pantallas vayan a desaparecer. Tampoco que los chicos hayan dejado de utilizarlas. Lo que parece modificarse es la conciencia sobre sus límites y la búsqueda de un equilibrio.
Algo similar sucede con los juegos de mesa. Según la mirada del comerciante, están creciendo tanto entre chicos como entre adultos, aunque también se adaptaron a una sociedad más acostumbrada a la inmediatez. Las partidas extensas de varias horas pierden terreno frente a juegos que pueden resolverse en 20 o 25 minutos.
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