La novela de la escritora moldava Tatiana Țîbuleac comienza con el rechazo de Aleksy hacia su madre. El joven, que atraviesa problemas psiquiátricos, recuerda el verano que ambos pasaron en un pueblo de Francia, cuando ella ya estaba enferma de cáncer. La convivencia los obliga a compartir un tiempo que parece limitado y a enfrentarse con las heridas acumuladas durante años.
La familia arrastra una historia difícil: un padre violento que se fue, una hija fallecida y una madre que no consiguió responder a las necesidades emocionales de su hijo. Aleksy narra esa relación con una crudeza que por momentos roza lo grotesco, pero también con un humor que evita que el relato se convierta en un melodrama. Su mirada está cargada de resentimiento y de recuerdos de una infancia en la que el afecto no siempre estuvo disponible.
A medida que avanza el verano, sin embargo, el vínculo comienza a transformarse. La proximidad de la muerte abre la posibilidad de un acercamiento entre dos personas que no han sabido cómo encontrarse. Con imágenes potentes y un lenguaje que combina dureza y lirismo, Țîbuleac narra una reconciliación que no borra el pasado, pero permite mirarlo de otra manera. La novela encuentra su fuerza en esa transformación y en la posibilidad de que el amor aparezca incluso en relaciones marcadas por el daño.
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