Luciano tomó la decisión cuando comprendió que era imposible coordinar fechas con amigos o con su pareja. Si seguía esperando, el viaje no iba a llegar nunca. Eligió Brasil y, aunque hoy lo recuerda con entusiasmo, admite que la experiencia estuvo lejos de ser ideal.
Hubo momentos de aburrimiento en las playas, dificultades para resolver algunos inconvenientes y situaciones incómodas, como un viaje en Uber en el que el conductor le exigió pagar más dinero en medio del recorrido. También descubrió que determinados destinos pueden resultar más difíciles para quienes viajan solos por primera vez.
Sin embargo, todo cambió cuando llegó al hostel. Allí conoció a otros argentinos con quienes empezó a compartir comidas, excursiones y largas charlas. Esos encuentros transformaron completamente la experiencia y le hicieron entender por qué tantos viajeros recomiendan ese tipo de alojamiento: los espacios comunes facilitan que las conversaciones aparezcan de manera espontánea y que nadie permanezca demasiado tiempo aislado.
Con el paso del tiempo resignificó incluso los momentos más difíciles. Hoy asegura que volvería a viajar solo sin dudarlo y que únicamente elegiría con más cuidado el destino. Su conclusión es sencilla: si el verdadero deseo es conocer un lugar, no vale la pena dejarlo pasar por no encontrar compañía. A veces, dice, el viaje más importante empieza justamente cuando uno decide no seguir esperando.
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