Circula desde hace tiempo una idea que suena casi intuitiva: cuidar los dientes podría ayudar a cuidar la memoria. La premisa aparece en artículos de divulgación, en charlas de consultorio y, cada vez con más frecuencia, en la literatura científica sobre envejecimiento. Pero apenas se revisan los estudios publicados en los últimos dos años, la relación deja de ser tan lineal.
Distintas revisiones sistemáticas publicadas entre 2025 y 2026 encontraron que la periodontitis y la pérdida de piezas dentales aparecen asociadas, de manera recurrente, a peores resultados en pruebas cognitivas en personas mayores. Una de ellas, publicada en la revista BMC Oral Health, cruzó estudios previos sobre el tema y concluyó que esa asociación es consistente, aunque aclaró explícitamente que no puede establecerse una relación de causa y efecto, dada la heterogeneidad metodológica de las investigaciones disponibles.
Otra revisión sistemática, centrada en los mecanismos biológicos, describió una asociación entre los patógenos periodontales, sus mediadores inflamatorios y los procesos de neurodegeneración vinculados al Alzheimer. Ese trabajo, con registro previo en la base internacional PROSPERO, fue aceptado para publicación a comienzos de 2026.
A esto se suma un estudio particular, difundido en la plataforma ScienceDirect, que encontró un aumento del 95% en el riesgo de demencia asociado a la periodontitis, incluso entre personas que mantenían otros hábitos de vida considerados saludables. Es la cifra más citada cuando el tema se instala en medios de divulgación, y también la que más rápido pierde matices en el camino.
El estudio que no encontró lo mismo
Frente a ese conjunto de resultados, un trabajo publicado en 2026 en la revista Journal of Alzheimer’s Disease —firmado por investigadores del King’s College de Londres y de la Queen’s University de Belfast— ofrece un contrapunto que no siempre se menciona. Se trata de un estudio prospectivo, es decir, que siguió a las mismas personas a lo largo del tiempo, con datos de 642 hombres mayores observados durante quince años y medio.
Ahí, la periodontitis registrada al inicio del seguimiento no mostró una asociación estadísticamente significativa con la aparición posterior de demencia o de deterioro cognitivo leve. Es uno de los pocos estudios del área con ese diseño longitudinal y esa duración, dos características que suelen considerarse necesarias para acercarse a preguntas sobre causalidad, y sus resultados no confirman la hipótesis que otros trabajos sugieren.
Lo que todavía no se puede decir
Ninguno de estos estudios, tomado de manera aislada, permite sostener una afirmación cerrada. Las revisiones que encuentran asociación coinciden en señalar sus propias limitaciones: diseños distintos entre sí, formas diferentes de medir la periodontitis, poblaciones que no siempre son comparables. El estudio que no encontró asociación, por su parte, trabajó únicamente con hombres, lo que también limita cuánto puede extenderse su conclusión.
Hay, además, una tercera línea de investigación que todavía está madurando: la que explora el llamado eje oral-intestino-cerebro, con hallazgos preliminares publicados en 2025 sobre posibles vínculos entre el microbioma oral y enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson. Se trata, en este caso, de resultados descriptos por sus propios autores como un punto de partida para seguir explorando, no como una conclusión.
Lo que sí parece sostenerse, entre los distintos trabajos, es el interés creciente de la comunidad científica por revisar con más rigor una hipótesis que circuló durante años de manera más informal que probada. Si esa revisión termine confirmando, matizando o descartando el vínculo entre la salud bucal y la memoria, todavía es una pregunta abierta.
Una decena de estudios se abocó a la temática. Ninguno de ellos permite una aseveración
Crece la necesidad entre científicos por vincular la salud bucal con la memoria
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