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Geografías del duelo: la persistencia del río en la narrativa de Ezequiel Pérez

A través de una prosa que elude el desborde y la sobreexplicación, el libro propone un regreso al pueblo natal donde la muerte violenta del hermano y la inercia del paisaje litoraleño configuran una atmósfera de tiempo suspendido
en 2020 recibió el premio especial del fondo nacional de las artes / web

La distancia en “Hay que llegar a las casas” no se mide en kilómetros, sino en la humedad acumulada sobre las cosas. La novela de Ezequiel Pérez —reeditada por Eterna Cadencia tras su paso por el Concurso de Letras del FNA y el Premio Medifé/FILBA— empieza en la inercia de un pueblo del litoral al que se regresa cuando el dolor interrumpe la vida.

Nacido en Villa Ramallo en 1987, Ezequiel inscribe su escritura en la gran tradición narrativa del Paraná, pero lo hace lejos del adorno costumbrista o la postal pintoresca. En sus páginas, el paisaje no es un simple fondo contemplativo, sino una materia obstinada que moldea la memoria, el habla y las formas del desamparo.

El punto de partida traza un mapa conocido pero inevitable: el retorno. Un muchacho vuelve a las orillas del río tras sacudirse la distancia con una noticia que quiebra todo: su hermano Andrés se ha quitado la vida. Sin embargo, en esta vuelta al pago no hay promesas de redención, ni épica del reencuentro, ni respuestas que alivien el peso de la ausencia. El narrador no regresa para entender, sino para hundirse en una temporalidad espesa que parece congelada; esa hora incierta de la tardecita en la que los minutos no transcurren con fluidez, sino que “gotean”, lentos y pesados, sobre la conciencia de los que quedaron acá.

En ese territorio litoraleño, el lenguaje se aprende pegado a la tierra. Desde los primeros fragmentos, Pérez sugiere una poética en la que las palabras tienen peso específico y marcas de propiedad. El narrador recuerda la infancia como un aprendizaje nominativo en el que “hectárea” fue una de las primeras palabras incorporadas al vocabulario, escoltada casi de inmediato por la sombra imponente de “féretro”. Ese par conceptual es el corazón que late bajo la trama: la tierra como unidad de producción y la tierra como la fosa que tarde o temprano reclama el cuerpo. El campo deja de ser una abstracción bucólica para revelarse como un mapa cruzado por la tiranía del alambre de púa, la propiedad privada y la invasión silenciosa de la soja, que parece devorarlo todo a su paso.

El mayor magnetismo del texto radica en la arquitectura de su atmósfera. Con un ojo entrenado en el objetivismo de Juan José Saer y la tensión subterránea del género negro, la mirada del narrador se posa en la herrumbre de los silos donde antes se celebraban bailes populares, el tendido inútil de las vías muertas, las fachadas despintadas de las casas donde los retratos familiares dejaron de actualizarse hace décadas. Todo respira una asfixia serena. Y al fondo, insalvable, el río Paraná opera como un testigo opaco y memorioso; un monstruo de agua dulce que traga orillas y guarda el secreto de una violencia rural que no necesita estallar para hacerse sentir: está disuelta en el aire, condensada en la humedad que pega la ropa al cuerpo.

El reencuentro con el padre, Abel, y su ronda de sombras —hombres hechos de silencio, mate lavado y caña al atardecer— termina de sellar esta experiencia del tiempo suspendido. No hay grandes discursos entre ellos; la comunicación sucede en los intersticios, en las pausas, en los gestos recortados contra la penumbra. El padre, retratado con ojeras de años y una camisa de gabardina abrochada hasta el cuello a pesar del calor agobiante, encarna esa masculinidad austera que le huye al desborde emocional como si fuera una peste.

Lejos de la pedagogía del trauma o la explicación masticada, la escritura de Pérez avanzo a fuerza de sugerencias y deslumbramientos sensoriales. La pérdida no se teoriza: se siente en el olor áspero de la cáscara de mandarina en las manos, en el chasquido de las olas minúsculas latiendo contra la ribera, en el crujido casi imperceptible de las hormigas devorando las flores de un cantero abandonado. Hay en estas páginas, como bien advirtió la escritora Marta Sanz, una búsqueda por “vivificar el territorio”, una pulsión poética que le devuelve al paisaje su pulso secreto.

“Hay que llegar a las casas” termina siendo una meditación bellísima y amarga sobre la gravedad de las raíces y la imposibilidad del desapego. El río, que al comienzo devora la costa sin piedad, funciona como esa fuerza gravitatoria que arrastra al protagonista quinientos kilómetros hacia atrás, de regreso a lo que alguna vez fue un hogar. En el universo de Pérez, la muerte no es una tragedia excepcional que interrumpe la rutina; es una pátina más del paisaje, una ceremonia íntima que tiñe la vida de un pueblo donde, a pesar del desamparo, siempre persiste la necesidad ciega de buscar un -aunque sea precario y provisorio- refugio.

Hay que llegar a las casas

ezequiel pérez

Editorial: Eterna Cadencia

Páginas: 224

Precio: $34.900

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