“Hubo un momento en que dejamos de mirarnos. No de un día para el otro, fue más lento que eso, como cuando una planta se seca sin que nadie lo note hasta que ya no tiene remedio”. Marisa, en diálogo con EL DIA, lo dice sin apuro, como quien repasó esa frase muchas veces antes de animarse a decirla en voz alta.
Hace veinte años se casaron en una ceremonia simple e íntima, de esas que se arman entre amigos y parientes en una casa con patio. Tuvieron dos hijos, que hoy cursan sus carreras universitarias y ya no viven bajo el mismo techo todos los días. La rutina de la crianza, que durante años ordenó cada hora de sus vidas, empezó a dejar huecos. Como muchas parejas, inició un proceso de desgaste invisible: se agrietó la pared del cariño. No obstante, en esos huecos, cuenta ella, se instaló otra cosa: la distancia.
“Cada uno estaba muy metido en lo suyo”, explica Rubé, su marido, a este diario. “Yo en el trabajo, ella con sus proyectos, los chicos ya grandes. Nos cruzábamos en casa, pero no nos encontrábamos”. La frase rutilante queda flotando un segundo antes de que retome: fue en ese contexto que él tuvo un episodio de infidelidad. No lo descubrió ella. Se lo contó él.
La rutina de la convivencia primero, luego de la crianza, agrietó la relación de la pareja
“Podría haberme quedado callado. Pensé en eso, sí. Pero me di cuenta de que si no lo decía, iba a seguir viviendo una mentira dentro de mi propia casa”, dice Rubén. “No la podía mirar a la cara”, añade.
Con dolor y la voz temblorosa, él advierte que la charla fue larga, que hubo silencios, que hubo preguntas que no sabía cómo responder. Es que, ¿hay respuesta?
No obstante, Marisa recuerda esa noche con precisión. “No fue solo dolor por lo que había pasado. Fue como si me sacaran una alfombra de abajo de los pies. De golpe tuve que replantearme no sólo veinte años, sino mi vida entera”.
Sin embargo, algo la detuvo antes de tomar una decisión apurada. “Entendí que no era solamente su error. Yo también me había ido. De otra manera, pero me había ido”.
UN GOLPE DE REALIDAD
Los primeros meses después de la confesión fueron, según ambos, los más difíciles. Al principio ella necesitó espacio. Él, aunque entró en pánico, se lo dio. Luego, con el correr de las semanas, hablaron mucho, a veces con enojo, otras con un cansancio que no sabían de dónde salía. Consultaron a una psicóloga de pareja, algo que nunca habían hecho antes. “No hubo una fórmula mágica”, aclara Marisa. “Hubo trabajo, todos los días”.
Rubén describe ese período como una especie de despertar forzado. “Fue un golpe de realidad. Nos habíamos acostumbrado a funcionar en piloto automático y ni siquiera nos dábamos cuenta”. Detalla que empezaron a prestar atención a cosas que antes daban por sentadas: una cena sin el teléfono en la mesa, una caminata los domingos por el bosque, preguntar cómo le había ido al otro y esperar la respuesta con atención real.
“Si no lo decía, iba a seguir viviendo una mentira dentro de mi propia casa”, confiesa Rubén
El perdón, coinciden los dos, no llegó de una sola vez. “No es un interruptor que se enciende”, dice Marisa. “Es más como reconstruir una pared, ladrillo por ladrillo, y algunos días se te cae uno.” Rubén asiente cuando ella lo dice y agrega que aprendió a no exigir que el proceso fuera más rápido de lo que necesitaba ser.
DOS AÑOS DESPUÉS
Pasaron dos años desde aquella conversación que lo cambió todo. Los hijos, que en su momento no supieron los detalles, hoy transitan sus propias vidas en la facultad, ajenos a lo que la pareja atravesó puertas adentro. Marisa y Rubén hablan del presente con una tranquilidad que, dicen, antes no tenían.
“Estamos bien”, resume ella. “No es la misma relación de hace veinte años, y me parece que eso está bien también. Es una relación distinta, con menos cosas dadas por sentado”. Rubén coincide y agrega que hoy se cuidan de no volver a esa distancia que los llevó hasta ahí.
Sobre el cierre de la charla, en la cocina de su casa, con el celular que mandaron audios a este diario en sus manos, Marisa hace una última reflexión. “A veces pienso que si no hubiera pasado eso, seguiríamos como estábamos, cada uno en la suya, hasta quién sabe cuándo. No lo voy a agradecer, pero tampoco lo voy a negar: nos despertó”.
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