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El romance menos buscado Ella viuda y él separado, se encontraron en una “app” y volvieron a creer

Ella hace vestidos de bodas pero había dejado de creer en las promesas románticas. Él maneja un remís desde que tiene memoria. Se encontraron en una aplicación para gente separada, viuda y cansada de estar sola, y ahora se buscan cada fin de semana
los platenses se conocieron a través de facebook parejas / gemini

Por Redacción

Antes de iniciar este relato, es preciso aclarar que los nombres en esta nota fueron cambiados a pedido de sus protagonistas.

“Yo ya había cerrado esa puerta. La había cerrado bajo cuatro cerrojos y había tirado la llave”, dice ella en diálogo con EL DIA entre risas pero casi como una advertencia de lo que será esta historia. Es que, todas las mañanas, desde hace décadas, la casa se abre a las siete y el primer sonido es el de la máquina de coser. No para. Hay un vestido de novia colgado en el perchero de la entrada, otro sobre el maniquí. Hay telas blancas y de color marfil apiladas en una mesa que alguna vez fue de comedor familiar. Es que la mujer -llamémosla Marta- aprendió a medir el tiempo en pruebas de vestido, en fechas de casamiento, en las lágrimas de otras mujeres frente al espejo.

De la suya no habla mucho. Se casó joven, tuvo dos hijas, enviudó a los cincuenta y un años del compañero de toda su vida. Después de eso, dice, el trabajo dejó de ser trabajo y pasó a ser lo único; se convirtió en todo.

“Cuando pasaron 5 años y a pesar de que ellas habían perdido a su papá, mis hijas me decían: mamá, salí, conocé gente”, cuenta Marta y agrega: “Yo las escuchaba y seguía cosiendo. Es que era en lo único que pensaba desde que murió mi marido. Ni siquiera para qué porque no me iba de viaje, no me compraba ropa, no hacía nada para mi. Quizás fue como mi forma de hacer un duelo”.

Fueron ellas las que un día, sin avisarle, le armaron un perfil en una aplicación de citas -Facebook Parejas- para separados, viudos, gente de más de cincuenta. Pusieron una imagen de su madre en su último viaje y una haciendo vestidos. Marta se enteró cuando ya tenía mensajes.

A ocho kilómetros de ahí, otro hombre -cuya identidad reservada llevará el rótulo de Héctor- manejaba su Corsa Classic como remís por las calles de siempre. Trabaja en una agencia que sobrevivió a Uber, a las apps, al paso del tiempo. Conoce La Plata como se conoce la palma de la mano: sabe qué semáforos tardan, qué diagonales conviene evitar a las siete de la tarde, en qué esquinas hay que mirar dos veces.

Separado hace seis años, con dos hijos grandes y una rutina hecha de turnos y mate en el auto, Héctor tampoco buscaba nada. Fue un compañero de la agencia el que le instaló la aplicación en el celular, entre risas, un mediodía de espera en la agencia. “Le dije que no, que para qué. Y a la semana ya estaba mirando perfiles como un pibe”, recuerda él a este diario.

El primer mensaje lo mandó él. Preguntó por la tela de un vestido que se dejaba ver en la foto que Marta había subido a su perfil, uno bordado a mano que le había llevado tres semanas. Ella contestó por cortesía. Siguieron hablando por costumbre.

Finalmente, con mucho miedo, (“no por temor al peligro sino al rechazo”, dice) se encontraron, la primera vez, en un bar de diagonal 74, sin saber muy bien qué esperar el uno del otro. “Yo llegué pensando que iba a durar media hora el café”, rememora Marta. “Estuvimos cuatro horas. Me sorprendió lo mucho que tenía guardado”.

Hablaron de sus ex parejas, de sus hijos, de los años en que cada uno creyó que ya no le tocaba nada nuevo. No hubo apuro. Se vieron una vez por semana, después dos, después las llamadas empezaron a ocupar las noches enteras.

Hoy, a los sesenta años, son novios. Cada uno sigue viviendo en su casa. Ella con su taller, sus vestidos, la costumbre de dormir del lado izquierdo de la cama que fue de matrimonio. Él con su remís, su rutina de turnos, el silencio de una casa que hace tiempo dejó de tener otra voz.

Algunos fines de semana viajan a Mar del Plata, el lugar preferido de Marta. Alquilan un departamento chico, caminan por la rambla en invierno, cuando no hay nadie, y comen pescado en algún restaurante de siempre. Otros fines de semana ni salen de La Plata: van a un bodegón de Romero o del centro, piden vino de la casa y milanesas para compartir, y se quedan hasta que el mozo empieza a levantar las otras mesas. “No necesitamos más que eso”, dice Héctor. “Una buena cena y que ella se ría”.

No hablan de mudarse juntos. No lo descartan tampoco. Por ahora les alcanza con saber que el otro está, con los mensajes de buenas noches, con las tardes de domingo en que Marta cose y Héctor mira desde el sillón, sin apuro, como quien ya aprendió que el tiempo no siempre hay que perseguirlo.

Ella sigue haciendo vestidos para bodas que no son la suya. Pero ahora, cuando termina uno, hay alguien que la espera para ir a comer.

Viajan los fines de semanas, salen a comer a diario, y se hacen compañía en la cotidianidad

Antes de conocer a Héctor, Marta tenía miedo de sufrir rechazo y frustración

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