La cadera sostiene cada paso, cada sentada, cada vez que alguien se agacha a atarse los cordones. Funciona en silencio hasta que deja de hacerlo.
En 2022 un grupo de investigadores puso en marcha el programa HIP-ME-UP para entender qué pasa con la movilidad de los pacientes internados después de una cirugía por fractura de cadera. El paciente típico tiene alrededor de 80 años y llega con varias condiciones médicas encima. La fractura ya es un quiebre en la vida cotidiana. La cirugía es un segundo golpe.
Lo que encontraron los investigadores tiene menos que ver con el hueso roto y más con lo que pasa después: la inmovilidad prolongada en el posoperatorio se asocia a complicaciones pulmonares, hipotensión, retención urinaria, constipación, úlceras por presión e infecciones. El cuerpo que no se mueve empieza a fallar en cadena.
Lo que sí funciona, con matices
Durante años la recomendación para el dolor de cadera fue una sola palabra: ejercicio. Una revisión Cochrane publicada en julio de este año, encabezada por Michelle Hall (Universidad de Sydney) y Belinda Lawford (Universidad de Melbourne), analizó 18 ensayos clínicos con 1.368 personas con artrosis de cadera, la mayoría mujeres de entre 53 y 74 años.
El resultado no cierra la puerta al ejercicio, pero la entreabre con cautela. La reducción del dolor fue de unos siete puntos sobre una escala de cien, cuando el umbral que los pacientes suelen notar como mejora real ronda los doce. La calidad de vida, en cambio, no mostró cambios significativos en ninguna de las comparaciones.
Lawford lo resume sin rodeos: para algunas personas con dolor de cadera el ejercicio puede ser la única esperanza disponible, pero eso no significa prometer más de lo que la evidencia sostiene. Hall coincide en que la recomendación sigue en pie, aunque haga falta investigación de mejor calidad para saber qué tipo de ejercicio funciona para cada persona.
La otra cara: fuerza, hueso y años de vida
Mientras tanto, otra línea de investigación viene mostrando algo más concreto. Una revisión sistemática sobre entrenamiento de resistencia progresivo en adultos mayores encontró mejoras simultáneas en la fuerza del tren inferior y en la densidad mineral ósea del fémur y la cadera, sobre todo cuando el trabajo con cargas se combina con ejercicio de impacto, el que obliga al cuerpo a soportar peso.
Y el estudio de las 147 mil personas seguidas durante tres décadas, publicado en el British Journal of Sports Medicine, encontró que ese entrenamiento de fuerza tiene un punto óptimo: entre 90 y 120 minutos semanales, asociado a un 13 por ciento menos de riesgo de muerte por cualquier causa y a un 19 por ciento menos de riesgo cardiovascular. Pasado ese umbral, el beneficio no sigue creciendo.
Una articulación, dos historias
La cadera aparece entonces en dos relatos que no se contradicen tanto como parece. Por un lado, el ejercicio como tratamiento del dolor ya instalado tiene un efecto real pero modesto. Por otro, el entrenamiento de fuerza sostenido en el tiempo, antes de que el dolor aparezca, se asocia con huesos más densos, músculos más fuertes y menos riesgo de morir antes de tiempo.
La diferencia no está en el gesto sino en el momento. Fortalecer una cadera que todavía funciona bien no es lo mismo que tratar una que ya duele, y la evidencia trata cada situación por separado.
Lo que las dos líneas de investigación comparten es una misma advertencia silenciosa: el cuerpo que deja de cargar peso, de girar, de sostenerse en una pierna, empieza a perder algo que después cuesta mucho recuperar. La cadera no pide mucho. Pide que se la use.
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