Hay animales que llegan a una consulta tensos, inquietos, asustados. Otros atraviesan una enfermedad, una recuperación o simplemente el desgaste propio de la edad. Y hay quienes, sin tener una dolencia concreta, cargan con miedos, ansiedad o dificultades para adaptarse a un cambio. Para esos casos, cada vez más personas buscan alternativas que no se limiten a la medicina tradicional.
Entre las distintas terapias complementarias que comenzaron a incorporarse al universo de los animales de compañía aparece el Reiki, una práctica de origen japonés -más habitual y popularizado en las personas- que propone trabajar sobre la relajación y el equilibrio a través de la imposición de manos o a distancia.
La escena puede resultar extraña para quien nunca la vio: un perro o un gato tranquilo, echado en una habitación, mientras la persona que realiza la sesión acerca las manos a su cuerpo sin tocarlo necesariamente. No hay órdenes ni se busca que el animal permanezca quieto a la fuerza. Al contrario, una de las particularidades de estas prácticas es que el animal tiene un papel activo.
“Ellos van marcando cómo quieren que sea la sesión”, explica Patricia Paredes, médica veterinaria. Si el animal se acerca, el trabajo puede hacerse a pocos centímetros del cuerpo. Si prefiere conservar distancia, se realiza de esa manera. La premisa es no invadirlo.
Cómo se llevan a cabo
Las sesiones suelen extenderse entre 20 y 45 minutos. Durante ese tiempo pueden aparecer señales de relajación: bostezos, suspiros, menor tensión corporal o incluso sueño. Para quienes recurren a esta alternativa, esos cambios son parte de lo que buscan: generar un momento de calma en animales que muchas veces viven situaciones de estrés que sus dueños no siempre saben cómo abordar.
La ansiedad por separación, el temor a los ruidos fuertes, los cambios de vivienda y las experiencias traumáticas aparecen entre los motivos que llevan a consultar. También se utiliza como acompañamiento en animales mayores, con dificultades de movilidad o dolores asociados al envejecimiento, y durante procesos de recuperación.
En estos últimos casos, sin embargo, hay una frontera que no debería perderse de vista. El Reiki no reemplaza una consulta veterinaria ni constituye un tratamiento para una enfermedad. Frente a un animal que presenta dolor, cambios de conducta, pérdida de apetito u otros síntomas, la primera instancia debe ser siempre el diagnóstico profesional. Su lugar, para quienes lo incorporan, es otro: acompañar.
Esa diferencia también permite entender por qué estas prácticas empiezan a formar parte de una concepción más amplia del cuidado animal. Durante mucho tiempo, ocuparse de una mascota significó alimentarla, vacunarla y llevarla al veterinario cuando aparecía un problema. Hoy, para muchos tutores, el bienestar incluye también atender sus estados emocionales, sus niveles de estrés y las condiciones en las que atraviesan una enfermedad o la vejez.
Miembros de la familia
El interés por el Reiki no parece estar separado de una transformación más profunda: los animales dejaron de ocupar solamente el lugar de mascotas para convertirse, cada vez más, en integrantes de la familia.
Y con ese cambio también cambió la pregunta. Ya no se trata únicamente de cómo curarlos cuando están enfermos, sino de qué se puede hacer para que atraviesen mejor los momentos difíciles.
En animales gerontológicos, por ejemplo, el objetivo puede ser aportar confort. En un perro que sufrió una intervención, acompañar un período de recuperación. En un gato nervioso, generar un espacio de menor estímulo. Y en los últimos momentos de vida, ofrecer una instancia de serenidad. No hay allí una promesa de milagros. Hay, más bien, una búsqueda de bienestar.
El crecimiento de estas terapias también obliga a mantener una mirada prudente. Que un animal se relaje durante una sesión no significa que una enfermedad haya desaparecido ni que pueda prescindirse de la medicina veterinaria. Pero sí muestra algo que durante años quedó en segundo plano: los animales también reaccionan al estrés, al miedo y al entorno que los rodea.
Tal vez por eso, más allá de las explicaciones que cada persona encuentre para estas prácticas, hay una escena que se repite: alguien se sienta junto a su perro o su gato y, durante unos minutos, simplemente baja el ritmo. A veces cuidar también puede significar eso. Hacer silencio, respetar una distancia y acompañar.
El bienestar incluye también atender sus estados emocionales, sus niveles de estrés y las condiciones en las que atraviesan una enfermedad o la vejez.
Generar un momento de calma en animales que muchas veces viven situaciones de estrés que sus dueños no siempre saben cómo abordar
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