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Inmigrantes: las historias de quienes llegaron, crecieron y viven en la Región

La fotógrafa berissense Laura Pi comenzó en 2021 una investigación visual que retrata a integrantes de distintas colectividades del Gran La Plata. Un trabajo que busca mostrar que la inmigración continúa en los rostros, las familias, las costumbres y las nuevas generaciones

Victoria Ochoa Di Pasquasio, Colectividad Italiana / Laura Pi
Antonio Soraluz, Colectividad peruana / Laura Pi
Melisa Llanos Petcoff, Colectividad búlgara / Laura Pi
Luna Ibraj - Colectividad Albanesa / Laura Pi
Candela Peña Vispo, sociedad Española de Berisso / Laura Pi
Guadalupe Woollands Jones, argentino-Irlandesa / Laura Pi

Por Redacción

El 4 de septiembre se conmemoró en Argentina el Día del Inmigrante. La fecha puede llevar a pensar en los grandes barcos, los puertos, las valijas, los hoteles de inmigrantes y aquellas fotografías antiguas en las que hombres, mujeres y chicos aparecen frente a la cámara con la incertidumbre de quien acaba de llegar a un país desconocido. Pero en la Región la inmigración tiene otra dimensión. Está en las calles, en los clubes, en las asociaciones, en las fiestas, en los idiomas que todavía se enseñan, en los trajes que vuelven a aparecer en cada celebración y, sobre todo, en las familias.

Es esa inmigración que permanece la que Laura Pi decidió mirar con su cámara. Fotógrafa nacida en Berisso, comenzó en 2021 un proyecto que con el tiempo se convirtió en una investigación artística y documental mucho más amplia: Raíces. Desde entonces, se acercó a integrantes de distintas colectividades para construir un archivo de rostros, historias y objetos que permita pensar qué queda de aquellos viajes muchas décadas después.

Pi es nieta de inmigrantes y creció escuchando historias familiares atravesadas por las partidas, las guerras y la necesidad de empezar de nuevo. Por un lado, su abuela paterna y sus hermanos llegaron desde España cuando eran muy chicos, escapando de la guerra. Por otro, sus bisabuelos italianos arribaron a la Argentina en 1927.

En su propia familia encontró entonces la primera forma de entender que migrar no consiste solamente en cambiar de país. También significa dejar atrás una parte de la vida para intentar construir otra.

Por eso, cuando comenzó a fotografiar a integrantes de las colectividades de Berisso, Pi también empezó a mirar hacia su propia historia. “Raíces” nació de ese cruce entre una memoria íntima y una memoria compartida.

FOTOGRAFIAR ES ESCUCHAR

El proyecto comenzó después de la pandemia, cuando Pi retomó las salidas, los encuentros y el contacto con distintas comunidades. Las primeras convocatorias fueron dando paso a conversaciones y, a partir de ellas, a nuevas personas y nuevas historias.

El proceso no tuvo desde el comienzo un recorrido completamente cerrado. Más bien fue creciendo a medida que aparecían otras puertas de entrada: una familia que conservaba fotografías antiguas, alguien que guardaba un traje heredado, una palabra aprendida de los abuelos, una receta, una costumbre o el recuerdo de un viaje que había ocurrido varias décadas antes. Así, el retrato fue dejando de ser únicamente la imagen de una persona frente a una cámara.

“La inmigración no termina con la llegada. Continúa, se transforma y se transmite de generación en generación, como una memoria que encuentra nuevas formas de permanecer”

Antes de tomar la fotografía, muchas veces estaba la conversación. Pi escuchaba relatos sobre los países de origen, las razones que habían llevado a una familia a emigrar, el viaje, los abuelos, las pérdidas, las dificultades de adaptación y las tradiciones que consiguieron mantenerse. También aparecían aquellas costumbres que, con el paso del tiempo, fueron desapareciendo o cambiando.

Esa dimensión resulta central en Raíces. La inmigración no aparece como una escena congelada en el momento de la llegada. Pi intenta observar qué sucede después. Qué ocurre con aquello que los primeros inmigrantes trajeron consigo cuando pasa el tiempo, nacen hijos y nietos, se mezclan las historias y el territorio de origen deja de ser el lugar cotidiano para convertirse en recuerdo, relato o símbolo.

En las fotografías, el pasado y el presente conviven. Los archivos familiares, los objetos, la ropa y los espacios donde se desarrollan las vidas de los retratados se suman a los cuerpos y a los rostros.

Pero detrás de esa búsqueda estética hay una pregunta más profunda: cómo representar una identidad que nunca permanece idéntica a sí misma.

UNA CIUDAD DE MUCHAS HISTORIAS

A lo largo de estos años trabajó con integrantes de las colectividades albanesa, alemana, búlgara, belarusa, croata, eslovena, peruana, boliviana, irlandesa, española, italiana, yugoslava, griega, árabe, ucraniana, polaca, armenia y lituana.

Cada una tiene sus particularidades, sus propias historias de llegada y sus formas de conservar una pertenencia. Pero en el conjunto aparece una trama común. Está la partida. Está el desarraigo. Está el viaje. Está la llegada a un territorio que al principio es ajeno. Y está, finalmente, la necesidad de encontrar allí un lugar propio.

En ese sentido, Raíces propone mirar a Berisso de una manera particular. No solamente como una ciudad que recibió inmigrantes, sino como una ciudad cuya identidad se fue construyendo a partir de esas migraciones. La diferencia no está en un detalle menor: cambia el modo de entender la relación entre los habitantes y el territorio. La inmigración, en esta mirada, es una de las experiencias que ayudaron a darle forma.

“Al fotografiar a otros, también comencé a mirar hacia atrás. A preguntarme qué permanece de aquellos que partieron, qué heredamos y cuánto de esa memoria continúa viviendo en nosotros”

Una tradición puede sobrevivir en un idioma que vuelve a enseñarse. En una canción. En un baile. En una celebración. En una comida. En un apellido. En una fotografía guardada durante décadas. O simplemente en una historia que alguien decide contarle a otro.

Entre las experiencias que más la marcaron durante el proyecto está la de Ivana Cotcheff, presidenta de la Colectividad Búlgara de Berisso “Iván Vazov”. Sus abuelos, Costo y Velika, llegaron desde Bulgaria durante las primeras décadas del siglo XX. Como tantos otros inmigrantes, pasaron por el Hotel de los Inmigrantes antes de continuar su recorrido. Fueron enviados al Chaco y allí comenzaron una nueva vida. Más adelante, parte de la familia se trasladó a Berisso.

La historia podría terminar allí, en el relato de dos personas que dejaron Bulgaria para instalarse en la Argentina. Sin embargo, varias generaciones después, la historia continúa.

Cotcheff participa activamente de la colectividad y trabaja para mantener vivo ese vínculo mediante talleres de idioma, coros y grupos de danzas folklóricas. La experiencia de sus abuelos, entonces, no quedó convertida en una fotografía antigua. Se transformó en una práctica que todavía se realiza en el presente.

Para Pi, allí aparece una de las claves de todo el proyecto: las raíces no permanecen quietas. Se mueven. Cambian. Se mezclan. Encuentran otros territorios y vuelven a crecer.

DEL ARCHIVO FAMILIAR A LAS NUEVAS GENERACIONES

Una de las decisiones más importantes de Raíces fue no quedarse en una reconstrucción nostálgica del pasado. El proyecto busca, justamente, escapar de la idea de que las raíces son algo inmóvil, una suerte de origen al que habría que regresar para encontrar una identidad verdadera. Las imágenes proponen lo contrario. Una persona puede tener una historia familiar vinculada con un país europeo, latinoamericano o de cualquier otra parte del mundo y, al mismo tiempo, ser profundamente de Berisso. Las identidades se superponen. Una no necesariamente reemplaza a la otra.

Por eso el archivo familiar adquiere tanta importancia. Las fotografías de quienes ya no están dialogan con los retratos de quienes están hoy. Durante los casi cinco años que lleva trabajando en Raíces, Pi comprendió que la dimensión de la inmigración era demasiado grande como para quedar contenida en una única serie. El proyecto empezó entonces a abrir ramificaciones. Una de las principales es Raíces búlgaras en Argentina, dedicada específicamente a la comunidad búlgara de Berisso.

Esa línea reúne más de treinta imágenes, entre retratos y fotografías de archivo, y establece un diálogo con la Sociedad Cultural Búlgara “Iván Vazov”. La experiencia permitió profundizar en una comunidad particular y, al mismo tiempo, comprobar que cada colectividad puede contener un universo propio de historias. El trabajo también comenzó a salir de Berisso. Raíces fue presentado en el MUNTREF – Museo de la Inmigración, en la Ciudad de Buenos Aires; en la Casa de las Culturas de Berisso y en el Centro Cultural Islas Malvinas de La Plata.

La investigación llegó incluso a Bulgaria, donde Pi recibió invitaciones para presentar el proyecto en el Museo Etnográfico de Plovdiv y en el Museo Histórico Regional de Veliko Tarnovo. Ese recorrido produjo una especie de viaje de regreso: las imágenes nacidas de las historias de quienes dejaron Bulgaria podían volver simbólicamente a aquel territorio de origen.

Es también una manera de cerrar un círculo que, en realidad, nunca termina de cerrarse.

La experiencia de las distintas comunidades de Berisso permite verlo con claridad. Lo que comenzó con personas que llegaron desde otros países continuó con hijos y nietos nacidos en la Argentina. Algunas tradiciones se conservaron, otras cambiaron y otras desaparecieron. Algunas volvieron a recuperarse años después. En cada generación hubo una nueva manera de relacionarse con aquella historia. La inmigración, entonces, no termina cuando alguien baja de un barco.

Ese es uno de los descubrimientos que la fotógrafa reconoce como más importantes después de recorrer las historias de Raíces. El desplazamiento continúa de otras maneras. Se transforma en memoria familiar, en costumbre, en pertenencia y en preguntas sobre quiénes somos.

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