“Heme aquí, gracias a ustedes, convertido en un rey memorialista” dijo el rey Juan Carlos la semana pasada al recibir un premio por su libro “Reconciliación”. También el ex monarca español se adjudicó el discutible mérito de ser un rara avis y un precursor del género literario “Reyes con la misión de escribir para la posteridad”.
Pero está, en parte, equivocado. Ya Catalina la Grande, zarina de Rusia, escribió hace tres siglos sus memorias y la reina Victoria de Inglaterra apuntaba en un cuaderno, editado luego de su muerte, penas y alegrías. En el siglo XX los recuerdos de la condesa de París y de la gran duquesa rusa María nos sirvieron para conocer secretos de alcoba y la vida errante en el exilio de cortes destronadas.
LAS MEMORIAS, UNA REVANCHA
Lo que sí es cierto es que Juan Carlos ha recreado un subgénero: “reyes (o miembros de familias reales) que escriben sus memorias como venganza o para socavar el poder del rey en ejercicio.”
En este “subgénero de la autobiografía” fue pionero el rey Eduardo VIII quien había abdicado al trono en 1936 para casarse con Wallis Simpson, una estadounidense divorciada. Sin corona y sin fortuna (y en el exilio) en la década del 50 aceptó por unas monedas escribir un libro recordando su fugaz temporada como monarca.
Casi cien años después su sobrino bisnieto también se casó por amor con una estadounidense divorciada y, además, mestiza y actriz. Pero los tiempos cambiaron y el príncipe Harry no solo no fue despojado de ningún título sino que su abuela, la reina Isabel II, lo invistió como duque de Sussex y su padre, el ahora rey Carlos III, llevó a Meghan Markle del brazo hacia el altar.
Pero, como si no hubiera podido escapar de su destino, Harry también huyó al exilio y, como su tío, dedicó sus días a vilipendiar a su familia y a la prensa.
Y la frutilla del postre fue cuando, en 2023, publicó el libro “Spare” (repuesto, en alusión a su posición como heredero del trono) en el que habla de la entrañable relación con su madre, se hace cargo de sus excesos y exalta sus logros militares. Su padre y Camila no quedan bien parados pero los entiende y justifica. Las más duras palabras son para su hermano, Guillermo, a quien acusa de poner a la familia en contra de Meghan y lo culpa de su exilio.
Lo que Harry no midió es la popularidad de Guillermo y Kate, quienes gozan de un 75 % de aprobación en las encuestas. Tampoco sopesó el poder de los medios, que destrozaron la publicación.
El libro pasó a juntar polvo en las bibliotecas y cuando Harry y Meghan comenzaron emprendimientos privados dejaron de usar el título de duques de Sussex, renunciaron a sus prebendas como miembros activos de la corona y se establecieron “definitivamente” en California.
OTRA VEZ, DIANA EN EL CENTRO
Así era hasta hace un mes. Porque, a fines de agosto y sin motivo aparente, Harry y Meghan junto a sus hijos se establecieron de nuevo en Londres. Y, casualidad o no, llegaron justo cuando su tío materno, el conde Charles Spencer, lanza un libro de memorias focalizado en la relación con su hermana, la princesa Diana, y con la familia real.
Casualmente también el libro “Swan Song: Diana, my sister” (El canto del cisne: Diana, mi hermana) es editado, como “Spare” por Penguin Random House.
El libro no es amable con los Windsor y los cañones apuntan al rey, al príncipe Guillermo y a la prensa.
Que Spencer cuente sensaciones y pensamientos es sano y comprensible. El problema es que incluye hechos que no pueden ser comprobados o que están siendo refutados por los protagonistas.
Él mismo parece asustado de lo que escribió y le está bajando el tono a algunas acusaciones: escribe en el libro que Carlos, la mañana siguiente a la muerte de Diana, estaba “exultante como un hombre que ha ganado la lotería” pero ahora ha dicho en una entrevista que esa había sido “solo” su percepción y que podría haber exagerado.
En el libro, Spencer cuenta que Diana quiso suspender la boda, que Carlos estaba enamorado de su valet, que el príncipe Guillermo sufrió menos que Harry la muerte de su madre y que Carlos le dijo que a Diana la iban a olvidar “más temprano que tarde”.
Los que estuvieron cerca de Diana y de Carlos en sus años de matrimonio y cuando ella murió, desmintieron cada una de sus palabras. Y le recordaron que no fue él el que fue a París cuando Diana tuvo el accidente sino su su exmarido. Quien, además, convenció a la reina y al gobierno de homenajear a Diana con un funeral de estado.
Los hermanos nunca habían sido muy cercanos y, de hecho, en 1997 estaban distanciados porque Diana le había pedido la residencia familiar para ir con sus hijos y el conde se la había negado.
Spencer en su libro cometió también el error de meterse con la prensa y ya el periodista Piers Morgan, entre otros, habla de llevarlo a los tribunales para que saque del libro las inexactitudes sobre su persona y para que le impongan como multa una donación a la fundación que preside el rey Carlos.
El libro, seguramente, va a dar que hablar unas semanas. Mientras, el rey, la reina, los príncipes de Gales y los otros miembros activos seguirán cortando cintas, plantando árboles, visitando sus ex colonias y sonriendo en las bodas y llorando en los funerales. Como debe ser.
Y seguramente permanecerán en silencio esperando que pase la tormenta. La corona, que rara vez contesta a las provocaciones, esta vez resumió con una frase lo que piensa del libro y de todos los libros que vendrán: “Su Majestad es consciente de que el dolor por la pérdida de un familiar puede nublar el juicio, afectar la capacidad de discernimiento y alterar los recuerdos de manera que otras personas no reconocen, incluso muchos años después de una pérdida semejante”.
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