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La edad no es todo: qué mide realmente nuestro envejecimiento

La OMS incorporó un concepto a su estrategia de envejecimiento saludable y los científicos estudian si puede servir para detectar cambios tempranos y medir qué intervenciones ayudan realmente a conservar las capacidades con el paso de los años

Por Redacción

Hay cosas que el cuerpo empieza a decir antes de que aparezca un diagnóstico. Una caminata que se vuelve más lenta, cierta dificultad para mantener el equilibrio, una memoria que ya no responde como antes, menos energía para realizar actividades cotidianas o incluso una pérdida progresiva de la audición o la visión. Son cambios que muchas veces se atribuyen simplemente al paso del tiempo. Pero, para la ciencia del envejecimiento, pueden contar una historia mucho más interesante.

Por eso en los últimos años comenzó a tomar fuerza un concepto que todavía resulta poco conocido fuera del ámbito científico: la capacidad intrínseca. En términos sencillos, intenta responder una pregunta: ¿qué tan bien está funcionando una persona, más allá de las enfermedades que pueda tener?

El objetivo es cambiar una mirada tradicional de la medicina: en lugar de observar solamente las enfermedades que aparecen con los años, prestar atención también a las capacidades que una persona mantiene y a los cambios que se producen en ellas.

El concepto fue desarrollado, entre otros especialistas, por John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia. La expresión puede sonar poco atractiva, pero detrás de ella hay una idea concreta: evaluar aquello que una persona puede hacer y observar cómo esa capacidad evoluciona.

CINCO DIMENSIONES PARA ENTENDER CÓMO ENVEJECEMOS

La capacidad intrínseca no se reduce a una prueba ni a un análisis de sangre. Se construye a partir de cinco grandes dimensiones que permiten tener una mirada más amplia sobre el funcionamiento de una persona.

Una de ellas es la cognición, que incluye las capacidades relacionadas con el pensamiento y el funcionamiento mental. Otra es la movilidad, donde entran en juego la fuerza, el desplazamiento y el equilibrio. También se considera la capacidad sensorial, especialmente la visión y la audición.

A esas tres dimensiones se suman el bienestar psicológico y la vitalidad, vinculada con los niveles de energía y la capacidad para afrontar las exigencias físicas.

Lo interesante es que varias de las herramientas utilizadas para observar estos aspectos no son nuevas. La fuerza de agarre, por ejemplo, ya se utiliza como indicador del estado funcional de las personas mayores. También puede medirse la velocidad con la que alguien camina o evaluarse determinadas funciones cognitivas.

La novedad está en intentar reunir toda esa información y, sobre todo, en dejar de mirar solamente un momento determinado.

LA CLAVE ESTÁ EN OBSERVAR LOS CAMBIOS

Una persona puede encontrarse aparentemente bien y no tener ninguna enfermedad importante, pero aun así comenzar a perder algunas capacidades. Ese descenso puede ser muy pequeño al principio y pasar inadvertido tanto para ella como para quienes la rodean. Ahí es donde los especialistas encuentran uno de los principales atractivos de esta métrica. Más que obtener una fotografía, buscan construir una película.

Si una persona mantiene durante años determinados niveles de movilidad, fuerza, energía o capacidad cognitiva y después comienza a mostrar modificaciones, ese cambio podría funcionar como una señal para intervenir antes de que el deterioro sea mayor.

La posibilidad abre una pregunta especialmente importante para quienes investigan la longevidad: ¿se puede hacer algo cuando esas capacidades empiezan a disminuir?

La respuesta todavía no está cerrada. Pero justamente por eso se están desarrollando estudios para comprobarlo.

En Francia, por ejemplo, se lleva adelante una experiencia en la que adultos mayores completan periódicamente evaluaciones de su capacidad intrínseca y reciben recomendaciones personalizadas a partir de sus resultados. Cuando se detecta un descenso, pueden ser derivados para una evaluación más profunda.

La herramienta también forma parte de un programa de investigación de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud de Estados Unidos (ARPA-H). Allí se busca determinar, entre otras cosas, si la capacidad intrínseca realmente se relaciona con la manera en que una persona se siente, funciona y envejece, y si puede modificarse mediante intervenciones como el ejercicio o determinados tratamientos.

UNA NUEVA HERRAMIENTA

La expectativa es grande porque uno de los problemas de la investigación sobre envejecimiento es justamente medir sus resultados. Para saber si un tratamiento permite vivir más habría que seguir a las personas durante décadas. Es un proceso costoso, lento y difícil de trasladar a un ensayo clínico.

Por eso los investigadores buscan indicadores que permitan saber mucho antes si una intervención está funcionando.

La capacidad intrínseca podría convertirse en uno de ellos. Si se demostrara que determinados tratamientos o cambios en el estilo de vida logran mejorar o preservar esas capacidades, podría ofrecer una manera de medir el envejecimiento saludable sin esperar el paso de varias décadas.

Pero todavía hay que demostrarlo. No existe, por ahora, una prueba única y universal que permita establecer cuánto va a vivir una persona a partir de su capacidad intrínseca, ni está comprobado que mejorar su puntuación necesariamente implique vivir más.

La propuesta es otra y, quizás, más concreta: empezar a prestar atención a las pequeñas pérdidas antes de que se transformen en grandes limitaciones.

Porque envejecer no es solamente acumular años. También es conservar, durante la mayor cantidad de tiempo posible, la posibilidad de caminar, pensar, ver, escuchar, tener energía, vincularse y hacer aquello que da sentido a la vida cotidiana. Y esa capacidad de seguir siendo funcional puede ser, en definitiva, una de las formas más útiles de medir cómo estamos envejeciendo.

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