La escena empieza a repetirse con frecuencia en consultorios psicológicos, espacios de sexología clínica y ámbitos universitarios de La Plata, Berisso y Ensenada: jóvenes que hablan de cansancio antes que de deseo, que priorizan la estabilidad emocional antes que el romance y que, aun rodeados de redes sociales y aplicaciones de citas, atraviesan crecientes dificultades para sostener vínculos sexo-afectivos presenciales.
Lo que durante años pudo parecer apenas una percepción aislada hoy empieza a ser descrito por especialistas de distintas disciplinas como parte de una transformación cultural más profunda. El fenómeno tiene múltiples nombres —“recesión sexual”, “celibato voluntario”, “fatiga vincular”—, pero todos apuntan a una misma realidad: las nuevas generaciones están teniendo menos encuentros sexuales, menos parejas y menos experiencias íntimas que las generaciones anteriores.
Para Gustavo Rodríguez Baigorri, especialista en urología, andrología, psiquiatría y sexología clínica, el fenómeno ya es inocultable tanto en la literatura científica internacional como en la práctica cotidiana del consultorio.
“La tendencia es real y global, pero con un matiz crucial: no siempre es tan voluntaria como parece”, explica. “Los datos demográficos en Occidente y en Asia muestran que los centennials y millennials tardíos están teniendo significativamente menos encuentros sexuales y menos parejas que sus padres o abuelos a la misma edad”.
Según el especialista citado anteriormente, detrás de esa aparente decisión individual existe una compleja trama de agotamiento emocional, ansiedad social y miedo al costo psíquico que implica vincularse.
EL CANSANCIO EMOCIONAL DE TODA UNA GENERACIÓN
Cuando los profesionales comienzan a indagar sobre las razones detrás de este repliegue afectivo, las respuestas suelen repetirse. Ya no aparece únicamente el desinterés sexual como explicación central, sino una sensación más amplia de agotamiento.
El sexo y el amor dejaron de verse como un refugio o un motor; muchas veces aparecen como una complicación que puede desestabilizar un plan individual
“Si tuviera que elegir una palabra que hoy resuena en las sesiones, sería esfuerzo”, sostiene Rodríguez Baigorri. “Los jóvenes sienten que vincularse requiere una inversión de energía psíquica que simplemente no tienen disponible. Hay un cansancio emocional basal muy profundo”.
En muchos casos, la prioridad pasa por construir primero una estabilidad individual. Recibirse, conseguir trabajo, independizarse, viajar o alcanzar cierta seguridad económica aparecen como objetivos previos a cualquier proyecto afectivo.
“Existe una narrativa muy instalada de que primero tenés que ‘armarte’ individualmente antes de habilitar a un otro”, señala el especialista. “El sexo y el amor dejaron de verse como un refugio o un motor; muchas veces aparecen como una complicación que puede desestabilizar ese plan”.
Pero detrás de ese supuesto “desinterés”, agrega, suele esconderse algo más profundo: miedo.
“El gran temor actual es el costo de la vulnerabilidad”, afirma. “Los jóvenes están hiperinformados sobre responsabilidad afectiva, vínculos tóxicos y red flags. Paradójicamente, tanta etiqueta terminó generando una enorme fobia al error”.
El resultado, según describe, es una retirada preventiva. Ante la posibilidad de ser rechazados, heridos o emocionalmente desbordados, muchos optan directamente por no involucrarse.
“No es que no deseen el encuentro; es que el precio de gestión emocional que exige el mercado vincular actual les parece impagable”, resume.
REDES SOCIALES, APPS Y VÍNCULOS CONVERTIDOS EN CATÁLOGO
Las redes sociales y las aplicaciones de citas aparecen como uno de los factores centrales en esta transformación. Sin embargo, los especialistas advierten que el problema no pasa simplemente por “usar mucho el celular”, sino por la lógica emocional que esas plataformas instalaron en las relaciones humanas.
“Las apps modificaron radicalmente nuestra tolerancia a la alteridad, al otro real”, explica Rodríguez Baigorri. “Funcionan bajo una lógica de mercado basada en la promesa del catálogo infinito. Siempre parece haber alguien mejor a un click de distancia”.
Esa sensación permanente de posibilidad genera, paradójicamente, más ansiedad y menos capacidad de construir intimidad. La idea de que siempre podría existir una opción superior vuelve descartable cualquier vínculo concreto con sus imperfecciones reales.
“La ilusión de que el vínculo perfecto está a un swipe de distancia termina volviendo obsoleto el esfuerzo de construir algo con una persona de carne y hueso”, sostiene.
A eso se suma otro fenómeno: la hiperexposición emocional digital. Las nuevas generaciones consumen diariamente enormes cantidades de intimidad ajena editada, filtrada y performática. Frente a eso, el encuentro real —con silencios, inseguridades y torpezas— empieza a vivirse como una experiencia incómoda.
“El cuerpo del otro se volvió un territorio de alto riesgo”, señala el especialista.
“La tendencia es real y global, pero con un matiz crucial: no siempre es tan voluntaria como parece”
Las plataformas, además, ofrecen gratificaciones inmediatas sin necesidad de atravesar la frustración que implica cualquier vínculo humano real. Conversaciones eternas que nunca se concretan, desapariciones repentinas, ghosting y relaciones sostenidas exclusivamente en la virtualidad forman parte de una dinámica que termina debilitando la capacidad de intimidad presencial.
“Las pantallas nos acostumbraron a una lógica donde el rechazo casi no existe”, explica Rodríguez Baigorri. “Podés sostener fantasías durante semanas sin exponerte verdaderamente. El problema es que la intimidad real es lenta, analógica y requiere tolerar incomodidades para las que las plataformas no nos entrenan”.
LA PARADOJA DE LA LIBERTAD SEXUAL
Uno de los aspectos más llamativos del fenómeno es la contradicción histórica que encierra. Nunca antes existió tanta libertad sexual, tanta información sobre diversidad y tantos discursos públicos sobre deseo y consentimiento. Sin embargo, las nuevas generaciones parecen vivir el sexo con más ansiedad que sus padres o abuelos.
“El contraste es fascinante”, dice Rodríguez Baigorri. “Las generaciones anteriores crecieron bajo el tabú y la represión. Había menos información, pero mucha más audacia en el cuerpo a cuerpo”.
En cambio, los jóvenes actuales crecieron en un contexto de absoluta hiperconciencia emocional. Todo se analiza, se conversa y se problematiza: el consentimiento, las dinámicas de poder, las intenciones afectivas, la salud mental del otro.
“Hoy se vinculan desde la negociación y la hipervigilancia”, describe el especialista. “Eso es un enorme avance civilizatorio, pero a veces también produce una excesiva intelectualización del deseo que termina enfriando el erotismo”.
Mientras las generaciones pasadas sufrían por las restricciones externas, los jóvenes actuales muchas veces sufren por la presión interna de hacerlo todo correctamente.
“Las generaciones anteriores padecían lo que no podían hacer; los jóvenes de hoy padecen la presión de tener que hacerlo todo perfecto”, resume. “Y frente a esa exigencia, muchos prefieren directamente abstenerse”.
DEL “VOLCEL” AL AISLAMIENTO EMOCIONAL
Dentro de este escenario aparecen fenómenos diversos. Por un lado, crece el llamado “celibato voluntario” o “volcel”, especialmente entre mujeres jóvenes que deciden alejarse temporalmente de las relaciones sexo-afectivas como una forma de autocuidado emocional.
Lejos de responder a motivos religiosos, estas decisiones suelen vincularse con el agotamiento afectivo, experiencias de manipulación emocional, violencia simbólica o decepción frente a dinámicas relacionales consideradas desgastantes.
En paralelo, también se expande el fenómeno “incel” —celibato involuntario—, integrado mayoritariamente por hombres jóvenes que manifiestan aislamiento, frustración afectiva y resentimiento frente a las relaciones contemporáneas.
Especialistas en salud mental advierten que detrás de muchos de estos casos aparecen profundas dificultades para construir habilidades sociales, sostener frustraciones y generar redes afectivas presenciales sólidas.
Los jóvenes actuales muchas veces sufren por la presión interna de hacerlo todo correctamente
Las investigaciones desarrolladas en universidades del Gran La Plata coinciden en un punto central: el problema excede ampliamente la sexualidad. Lo que parece estar deteriorándose es la capacidad misma de sostener intimidad, confianza y vulnerabilidad compartida.
HIPERCONECTADOS PERO CADA VEZ MÁS SOLOS
Los trabajos académicos realizados en instituciones como la Universidad Nacional de La Plata y distintos espacios vinculados al CONICET vienen advirtiendo desde hace años sobre esta paradoja contemporánea: mientras aumenta la conectividad tecnológica, disminuye la conexión humana presencial.
Redes sociales, aplicaciones de citas y plataformas digitales funcionan simultáneamente como espacios de acercamiento y como dispositivos de vigilancia emocional permanente. La ansiedad estética, el control digital, la sobreinformación afectiva y el miedo al rechazo terminan conformando un escenario donde vincularse empieza a percibirse como un desgaste más que como una experiencia deseable.
Para Rodríguez Baigorri, el desafío de las próximas décadas no será únicamente recuperar la actividad sexual, sino reconstruir la capacidad de encuentro humano genuino.
“La intimidad requiere tiempo, imperfección y tolerancia a la frustración”, concluye. “Y vivimos en una cultura que cada vez tiene menos paciencia para todo eso”.
En ciudades universitarias como La Plata, donde conviven hiperconectividad, precarización económica y transformaciones profundas en los modos de vincularse, el fenómeno empieza a consolidarse como uno de los grandes interrogantes sociales de esta generación: cómo volver a encontrarse en un mundo donde todos parecen estar permanentemente conectados, pero cada vez más solos.
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