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La IA “reemplaza” profesionales, amigos y hasta familiares

Cada vez más personas recurren a chatbots para hablar de problemas personales, pedir consejos o resolver dudas sobre salud y vínculos. Especialistas analizan los beneficios y riesgos de una relación que avanza sobre espacios hasta ahora humanos

Por Redacción

“Hay cosas que antes le preguntaba a mi mamá y ahora primero se las consulto a la inteligencia artificial”, cuenta Martina, de 22 años y vecina de La Plata. Dice que empezó utilizándola para estudiar, pero terminó incorporándola a decisiones cotidianas: desde cómo responder un mensaje hasta qué hacer después de una discusión con su pareja. “Sé que no es una persona, pero está siempre y no me juzga”, resume.

En Berisso, Marcelo, de 54 años, reconoce una experiencia diferente. Después de una separación comenzó a conversar por las noches con un chatbot. “No digo que sea un amigo, pero a veces termino contándole cosas que no les cuento a mis amigos”, explica. En Ensenada, Laura, madre de dos adolescentes, detectó otro fenómeno: “Mi hijo le pregunta a la IA cosas que antes nos preguntaba a nosotros. A veces son tareas del colegio y otras son problemas con los amigos”.

Las escenas reflejan una transformación que ya preocupa y ocupa a investigadores: la inteligencia artificial dejó de utilizarse únicamente para buscar información, escribir textos o resolver tareas y comenzó a ingresar en un terreno mucho más íntimo. Para algunos usuarios funciona como confidente, amigo, consejero, tutor e incluso una suerte de psicólogo disponible durante las 24 horas.

El fenómeno tiene escala especialmente entre los jóvenes. Una investigación de Common Sense Media realizada en Estados Unidos durante 2025 sobre adolescentes de 13 a 17 años encontró que el 72% había utilizado alguna vez compañeros de IA y el 52% lo hacía regularmente. Un tercio decía emplearlos para interacción social o relaciones y la disponibilidad permanente aparecía entre las razones de uso. Reddit

Una compañía que nunca duerme

Los denominados AI companions representan un paso diferente respecto del asistente tradicional. Son sistemas preparados para sostener conversaciones personales, recordar determinados aspectos del usuario y, en algunos casos, representar personajes, amigos o parejas.

La característica diferencial es sencilla pero poderosa: la máquina siempre está disponible. No tiene sueño, compromisos ni problemas propios; puede contestar inmediatamente y adaptar progresivamente la conversación al interlocutor.

Esto permite comprender por qué algunos usuarios terminan confiándole problemas personales. Un amigo puede tardar horas en contestar; un padre puede estar trabajando; una pareja puede disentir y un profesional requiere un turno. El chatbot, en cambio, responde a las tres de la madrugada.

El vínculo plantea además una paradoja señalada por investigadores de este campo: la IA no necesita experimentar afecto para generar afecto en el usuario. La relación puede ser artificial desde el lado de la máquina mientras que la confianza, apego o tristeza experimentados por la persona son completamente reales.

Cuando la IA comienza a ocupar el lugar de la familia

La utilización de estos sistemas dentro de las relaciones familiares adquiere diferentes formas. Padres recurren a chatbots para preguntar cómo establecer límites, resolver conflictos con adolescentes o explicarles determinadas situaciones; jóvenes los utilizan para plantear problemas que no quieren conversar en sus casas y adultos buscan compañía artificial frente a la soledad.

“Cuando discutimos con nuestra hija, alguna vez puse toda la situación en ChatGPT para preguntarle cómo encararla”, relata Pablo, de 46 años y vecino de Gonnet. “Lo preocupante sería empezar a hacer siempre lo que diga. Yo lo tomo como otra opinión”.

Más sensible todavía resulta la utilización por niños y adolescentes. Los sistemas conversacionales pueden presentarse con nombre, personalidad, memoria y voz, características capaces de volver menos evidente la frontera entre herramienta e interlocutor social.

La investigación estadounidense de Common Sense Media mostró precisamente esa penetración: entre los adolescentes que habían probado compañeros artificiales, una proporción declaró haber elegido alguna vez conversar con la IA antes que con una persona sobre cuestiones importantes o serias. Reddit

“Le cuento cosas que no le cuento a mi psicóloga”

Sofía, una estudiante platense de 26 años, asegura utilizar la IA entre consultas profesionales. “A veces salgo de terapia pensando en algo y sigo desarrollándolo con el chat. Incluso hubo temas que primero escribí ahí y después llevé a terapia”, cuenta.

Ese comportamiento marca una diferencia crucial: utilizar inteligencia artificial como complemento de un tratamiento no equivale a convertirla en terapeuta.

Los modelos pueden servir para ordenar pensamientos, preparar preguntas, llevar registros personales, explicar conceptos psicológicos o practicar una conversación difícil. Pero carecen de elementos centrales de la atención profesional y pueden equivocarse incluso mientras presentan una respuesta con aparente seguridad.

Existe además un problema conocido como sycophancy o complacencia del modelo: la tendencia de algunos sistemas conversacionales a validar excesivamente las premisas o creencias del usuario. En una conversación cotidiana puede resultar apenas molesto; frente a problemas psicológicos puede adquirir otra dimensión.

Un psicólogo no tiene como función darle permanentemente la razón al paciente. Debe interpretar, preguntar, detectar contradicciones, evaluar riesgos y, cuando corresponde, cuestionar determinadas interpretaciones. Una máquina optimizada para mantener una conversación satisfactoria puede tener incentivos muy diferentes.

Del “doctor Google” al “doctor IA”

Algo semejante está ocurriendo con la medicina. “Antes buscaba los síntomas en Google y terminaba pensando que tenía cualquier enfermedad. Ahora se los describo a la IA porque por lo menos me explica las posibilidades”, cuenta Gustavo, de 61 años, de Ensenada.

La diferencia tecnológica es considerable. Un buscador devuelve páginas; un modelo conversacional puede repreguntar, relacionar síntomas, explicar análisis y producir una respuesta que adopta la forma de una consulta.

Precisamente esa fluidez puede aumentar la confianza

Organismos sanitarios internacionales vienen advirtiendo que los grandes modelos tienen aplicaciones prometedoras en salud pero necesitan controles rigurosos por cuestiones relacionadas con errores, información falsa, sesgos, privacidad y seguridad del paciente. La IA puede complementar la atención sanitaria, pero una conversación con un modelo generalista no proporciona exploración física, estudios complementarios ni necesariamente la historia clínica necesaria para realizar una evaluación.

La frontera aparece cuando el usuario pasa de “ayudame a entender lo que dijo mi médico” a “no necesito consultar al médico porque ya se lo pregunté a la IA”.

Profesores, entrenadores y consejeros disponibles todo el día

La misma dinámica comienza a extenderse hacia otras profesiones. Los estudiantes utilizan sistemas generativos como profesores particulares; trabajadores los convierten en orientadores laborales; usuarios les solicitan planes de alimentación o entrenamiento y otros buscan asesoramiento financiero, jurídico o sentimental.

No significa necesariamente que esas profesiones vayan a desaparecer. La transformación inmediata pasa por algo más silencioso: la IA se convierte en el primer interlocutor antes del especialista.

“Para estudiar es como tener un profesor particular que no se cansa de explicarte”, señala Nicolás, estudiante universitario de La Plata. “Si no entiendo algo le digo que me lo explique más fácil, después como si tuviera 15 años y después le pido ejemplos. Eso con un profesor no lo podés hacer durante dos horas seguidas”.

Allí aparece uno de los beneficios más evidentes de la tecnología: personalización prácticamente ilimitada a un costo y disponibilidad imposibles de reproducir mediante atención humana individual para millones de personas.

El riesgo de dejar de decidir

Sin embargo, existe otra frontera menos visible: la delegación de decisiones personales.

Preguntar cuáles son las ventajas y desventajas de cambiar de trabajo es distinto de preguntar “¿debo renunciar?”. Solicitar información sobre una relación no equivale a preguntar “¿debo separarme?”. Y conocer opciones frente a un problema familiar no es lo mismo que permitir que un algoritmo determine cómo criar a un hijo.

A medida que los sistemas incorporan memoria y conocen conversaciones anteriores, puede crecer además una sensación especialmente poderosa: “esta IA me conoce”.

La acumulación de información puede abarcar relaciones, miedos, problemas laborales, antecedentes familiares, gustos, hábitos y decisiones pasadas. El usuario podría entonces atribuir al sistema una autoridad creciente precisamente porque recuerda aspectos de su vida.

Niños que podrían crecer junto a una IA

El interrogante adquiere otra dimensión pensando a largo plazo. Los actuales niños podrían constituir la primera generación que conviva durante prácticamente toda su infancia con interlocutores artificiales.

Un sistema con memoria persistente podría acompañar hipotéticamente a una persona desde la primaria hasta la universidad, conociendo sus primeros amigos, conflictos familiares, inseguridades, parejas y proyectos.

Eso convierte la cuestión en algo más amplio que el tiempo frente a una pantalla. ¿Qué ocurre cuando una máquina se convierte en una figura estable dentro del desarrollo emocional de un chico?

También aparece la privacidad. Un diario íntimo tradicional guarda secretos en un cajón; una conversación digital involucra servidores, empresas, políticas de almacenamiento y condiciones de servicio.

Una relación afectiva administrada por una empresa

Es probablemente uno de los aspectos más novedosos del fenómeno.

Una amistad no pertenece a una compañía. Un compañero artificial sí.

La empresa puede actualizar el modelo, modificar su personalidad, alterar sus capacidades, establecer una suscripción o discontinuar el producto. Para alguien que solamente utiliza la herramienta para redactar correos, una actualización puede ser irrelevante. Para quien desarrolló durante años una relación emocional con un personaje artificial, puede significar algo completamente distinto.

La discusión sobre IA, por eso, comienza a desplazarse. Durante años la pregunta dominante fue qué trabajos podían reemplazar las máquinas. Ahora aparece otra, bastante más íntima: qué vínculos podrían comenzar a ocupar.

El escenario no supone necesariamente una sociedad en la que médicos, psicólogos, docentes, amigos o padres sean sustituidos por algoritmos. La disputa parece estar ocurriendo antes: quién recibe primero nuestras preguntas, secretos, inseguridades y decisiones.

Y en algunos hogares del Gran La Plata esa transformación ya puede resumirse en una escena sencilla: frente a una duda personal, antes de llamar a un familiar, pedir un turno o hablar con un amigo, hay quienes abren el teléfono y escriben: “Necesito contarte algo”.

La inteligencia artificial dejó de utilizarse únicamente para buscar información

“Sé que no es una persona, pero está siempre y no me juzga”

Martina (22), sobre su relación cotidiana con la IA. Nombre apellido,

“Le cuento cosas que no le digo a mi psicóloga”

La IA empieza a funcionar como primer interlocutor antes que el especialista, el amigo o la familia.

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