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La inteligencia artificial les da la razón a los adolescentes y los aleja de los demás

La utilizan para estudiar, resolver dudas y buscar contención emocional. Pero detrás de esa ayuda aparecen riesgos: delegar el pensamiento, recibir consejos inadecuados y reemplazar los vínculos humanos por conversaciones con máquinas

Según especialistas, las medidas de prohibición no son las más recomendadas/freepik
El aislamiento y la soledad son parte de un fenómeno más grande que el uso de las pantallas / freepik

Por Redacción

La inteligencia artificial puede resolver una tarea escolar en segundos, responder una pregunta sobre el cuerpo o convertirse en un espacio donde un adolescente busca ayuda cuando se siente solo. Está disponible a cualquier hora, escucha sin interrumpir y ofrece respuestas inmediatas. Pero esa facilidad también encierra un problema: muchas veces, en lugar de abrir nuevas preguntas, confirma lo que el usuario quiere escuchar y puede terminar ocupando el lugar de otras personas.

El fenómeno ya forma parte de las preocupaciones de los profesionales que trabajan con adolescentes. No se trata de negar las posibilidades de la tecnología, sino de entender qué sucede cuando se utiliza sin orientación, se le delegan decisiones o se la consulta para resolver problemas que requieren algo más que una respuesta automática.

María Zysman, psicopedagoga; Mel Gregorini y Nicolás García, psicólogos; y Lucas Raspall, médico psiquiatra y psicoterapeuta, coinciden en señalar que la inteligencia artificial puede ser una herramienta útil, pero advierten sobre sus riesgos cuando reemplaza el pensamiento propio, la consulta con adultos y el contacto con otras personas.

Nicolás García, desde su perspectiva, analiza: “Más que preguntarnos cuánto utilizan los adolescentes la inteligencia artificial, debemos interrogarnos acerca del lugar que ocupa en sus vidas, para qué la utilizan y qué encuentran en ella”.

“El uso inadecuado, excesivo y a veces prematuro de la IA es el obstáculo o la interferencia al desarrollo de la capacidad de pensar”, explica Raspall. Para describir ese fenómeno, señala el concepto de “pereza cognitiva”: la tendencia a dejar de hacer ciertas operaciones mentales por cuenta propia y delegarlas en la inteligencia artificial, sin someter después las respuestas a una evaluación crítica.

El riesgo, entonces, no está solamente en recibir información equivocada. También aparece cuando los chicos se acostumbran a no comprobarla, dejan de elaborar sus propias conclusiones o pierden la oportunidad de aprender a partir de la duda, el error y la discusión con otros.

UNA RESPUESTA PARA TODO

Zysman observa que algunos chicos recurren a la inteligencia artificial cuando se sienten solos, cuando no entienden lo que les pasa o cuando tienen dudas sobre su salud. Otros comienzan a utilizarla desde edades muy tempranas, incluso alrededor de los cinco o seis años, mediante mensajes de voz, sin comprender del todo cómo funciona ni qué diferencia a una máquina de una persona. García, asimismo, sentencia con alerta: “La IA tiene disponibilidad permanente de respuestas”.

Una conversación real obliga a escuchar, negociar y aceptar que el otro piensa distinto. La inteligencia artificial, en cambio, puede sostener una interacción que resulte cómoda para el usuario, sin ofrecer necesariamente esa resistencia. Para Zysman, esto puede reducir la curiosidad y las oportunidades de desarrollar recursos propios. Si un adolescente encuentra una respuesta inmediata cada vez que tiene una duda, puede perder el impulso de investigar, probar una hipótesis o enfrentarse a una situación que no controla.

La diferencia se vuelve especialmente importante en las relaciones personales. Conocer a alguien, acercarse a una persona que gusta, enfrentar un rechazo o resolver un conflicto exige exponerse a respuestas que no se pueden anticipar. No hay una fórmula que garantice el resultado. Zysman advierte que algunos chicos encuentran dificultades para construir amistades, formar grupos o establecer relaciones de pareja cuando el mundo digital se convierte en su principal espacio de interacción.

García, en tanto, dice: “”sa apariencia de cercanía y empatía no equivale a la experiencia de ser escuchado, comprendido y reconocido por otra persona, y mucho menos sustituye el vínculo terapéutico con un profesional”.

Gregorini, que trabaja tanto en el consultorio como en el ámbito universitario, introduce un matiz. Considera que la inteligencia artificial puede ser una ayuda importante para estudiar, investigar y resolver problemas, del mismo modo que en otros momentos lo fueron los buscadores de internet o las enciclopedias digitales. El problema aparece cuando esa herramienta desplaza otras fuentes de conocimiento y de acompañamiento.

LA MÁQUINA COMO PROFESIONAL

Uno de los usos que más preocupa a los especialistas es la búsqueda de asesoramiento psicológico y apoyo emocional. Raspall señala que, después de las actividades académicas y las tareas escolares, ese es uno de los usos que identifica entre los adolescentes.

La dificultad es que una herramienta de inteligencia artificial no equivale a un profesional de la salud mental. Puede responder a una inquietud, pero no necesariamente cuestiona las interpretaciones del usuario ni introduce una mirada diferente. Tampoco reemplaza la presencia de alguien capaz de acompañar un proceso y comprenderlo en su contexto.

Raspall, ante eso, advierte, una conversación que comienza como una consulta puede terminar alejando al adolescente de las personas que podrían ayudarlo.

Zysman también observa situaciones en las que los chicos consultan a la inteligencia artificial sobre síntomas o problemas que los angustian y toman sus respuestas sin cuestionarlas. En su experiencia, esa dinámica puede alimentar interpretaciones equivocadas y aumentar la preocupación. El peligro es mayor cuando una respuesta se recibe como una indicación confiable, sin acudir a un profesional ni contrastar la información.

La psicopedagoga advierte, además, sobre la información personal que los usuarios comparten en esas conversaciones. A eso se suma la posibilidad de que una interacción frecuente refuerce una visión parcial de lo que le ocurre. Si el usuario vuelve una y otra vez sobre sus preocupaciones, la herramienta puede relacionar distintos episodios y devolverle respuestas que influyan en la manera en que interpreta sus problemas.

Gregorini propone evitar una respuesta basada exclusivamente en la prohibición. En su experiencia profesional, algunos pacientes le contaron que conversaban con una inteligencia artificial con mayor frecuencia que con él, sencillamente porque podían hacerlo todos los días, mientras que las consultas tenían una periodicidad limitada.

Frente a esa situación, plantea incorporar esas conversaciones al trabajo terapéutico. En lugar de ignorar lo que el paciente consulta, el profesional puede preguntarle qué respuestas recibió, analizarlas y orientar la búsqueda de información. García, a su vez, suma: “La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas inmediatas, pero crecer también implica aprender a convivir con preguntas, incertidumbres y situaciones que no tienen una solución instantánea”

LA SOLEDAD DETRÁS DE LA PANTALLA

Zysman advierte que muchos chicos atraviesan una situación de soledad y encuentran en el mundo digital un refugio frente a las dificultades cotidianas. A su entender, la falta de perspectivas y los obstáculos para imaginar un proyecto de vida también pueden aumentar la vulnerabilidad de algunos adolescentes. Sin embargo, aclara que los efectos no son iguales para todos y dependen de las circunstancias y de las características de cada persona.

Gregorini también señala que el aislamiento y el uso intensivo de las pantallas forman parte de un fenómeno más amplio. No plantea que la inteligencia artificial explique por sí sola los problemas de salud mental, pero sí advierte sobre lo que puede perderse cuando disminuyen los encuentros, las conversaciones y las actividades compartidas. “¿Cuántos abrazos, contención, partido de fútbol, amistades, compartir una gaseosa, un mate podés hacer con la inteligencia artificial?”, pregunta. Para el psicólogo, esas experiencias constituyen una parte irremplazable de la vida humana.

Raspall, por su parte, considera que el uso excesivo e inadecuado de dispositivos y herramientas digitales puede modificar formas de pensar, sentir y actuar, además de influir en la construcción de la identidad y del proyecto de vida, dos desafíos centrales durante la adolescencia.

Los especialistas ponen el foco en los factores de vulnerabilidad, el aislamiento y la necesidad de contar con vínculos y acompañamiento, sin atribuir a la tecnología una causalidad única.

PROHIBIR NO ALCANZA

Frente a estos riesgos, una de las respuestas más inmediatas suele ser quitar el celular, revisar las conversaciones o prohibir el acceso. Pero Zysman considera que esas medidas, por sí solas, no resuelven el problema. Cuando las familias descubren que un hijo dejó de comunicarse o se muestra cada vez más aislado, es necesario abrir espacios de conversación y buscar orientación.

La dificultad es que muchos adultos tampoco saben cómo actuar ante una tecnología que cambia rápidamente. Las escuelas, las familias y los profesionales deben encontrar herramientas para acompañar a los adolescentes, enseñarles a evaluar la información y ayudarlos a distinguir cuándo una consulta digital no es suficiente.

Raspall coincide en que la clave está en el modo de utilización. La inteligencia artificial puede ampliar capacidades y facilitar tareas, pero sus respuestas deben pasar por el pensamiento crítico. Consultar no significa aceptar todo lo que aparece en pantalla ni renunciar a la posibilidad de pensar por cuenta propia.

Zysman, en tanto, reclama un compromiso que involucre a las familias, las escuelas, los profesionales y el Estado. También cuestiona que el desarrollo de estas plataformas no siempre esté acompañado por mecanismos suficientes de cuidado para los usuarios más jóvenes.

La pregunta ya no es si los adolescentes van a utilizar inteligencia artificial. Esa tecnología forma parte de su vida cotidiana y ofrece posibilidades que sería inútil desconocer. La discusión pasa por cómo se incorpora, qué límites se establecen y qué lugar conserva la experiencia humana.

Especialistas advierten sobre los riesgos de la IA cuando reemplaza el pensamiento propio, la consulta con adultos y el contacto con otras personas

“Veo chicos que les cuesta armar vínculos; que les cuesta salir a poner el cuerpo a un boliche. Es que entre la IA y las aplicaciones, se creó un mundo que no es el real”

María Zysman,
psicopedagoga

“¿Cuántos abrazos, contención, partido de fútbol, amistades, compartir una gaseosa, un mate podés hacer con la inteligencia artificial?”

Mel Gregorini,
psicólogo

“La pereza cognitiva es un concepto que cuánto los adolescentes van dejando de hacer por ellos mismos y lo delegan directamente a la IA, sin después pasar por el filtro del pensamiento crítico”

Lucas Raspall,
médico psiquiatra y psicoterapeuta

Crecer implica convivir con preguntas que no tienen una solución instantánea

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