Durante décadas, la transición entre ser un adulto productivo y ser una persona vieja era un paso acelerado y casi directo. Sin embargo, el fenómeno del envejecimiento poblacional -la transformación social más significativa de nuestra época- instaló una realidad inédita en la historia humana: la extensión masiva de la vida. Hoy, el gran desafío de la sociedad no es solo lograr que la gente viva más tiempo, sino garantizar que esos años ganados se transiten con autonomía, salud, capacidad de autosustento e integración social.
Ganar dos o tres décadas de vida de manera masiva trajo consigo un hito sociológico: la aparición de una franja etaria que antes no existía en el mapa del ciclo de vida.
“Así como hace 100 años no existía la adolescencia y de niño se pasaba directo a la vida adulta, hoy estamos viendo cómo surge una etapa nueva: la madurez. Estos 20, 25 o 30 años que le agregamos a la vida se alojaron ahí, en la transición entre los 50 y los 70 y pico de años, entre ser adulto y ser viejo”, detalla la especialista Flora Proverbio en diálogo con EL DIA.
En la jerga global, el logro de haber alargado los años de vida cronológicos se conoce como “lifespan”. Sin embargo, el centro del debate actual se trasladó al “healthspan”: la duración de la salud, la autonomía y la funcionalidad. La meta prioritaria es lograr que la calidad de vida y la salud se mantengan durante todo el periodo que dura la extensión biológica.
Para Proverbio, al analizar cómo aplicar estas soluciones en nuestra región es fundamental evitar las recetas importadas de Europa o Estados Unidos, ya que Latinoamérica es la región más polarizada económicamente y desigual del mundo. “No hay vejez, hay vejeces”, aclara. “Lo que le pasa a las personas mayores en Argentina es muy heterogéneo porque a medida que avanzás en la vida acumulás ventajas o desventajas. Si tuviste una vida con vulnerabilidad, cuando llegás a viejo sos una persona muy vulnerable, o directamente no llegás. Hay una correlación directa entre el nivel de acceso que se tuvo en la vida y cuánto y cómo se logra vivir”, agrega.
La desigualdad no solo se mide en ingresos, sino también en la infraestructura de las ciudades. Un entorno urbano descuidado se convierte en el primer obstáculo para la salud de un adulto mayor. “Si yo tengo que caminar para mantenerme activo, pero salgo a la vereda y está rota, me caigo y me fracturo. Es un entorno hostil”, señala. Si la persona no puede moverse, se aísla, se entristece y se enferma.
En una sociedad donde bajan los nacimientos y aumenta la expectativa de vida, surge una pregunta ineludible: ¿quién cuidará a las personas mayores en los próximos 15 o 20 años? “Hay que reinventar los sistemas de cuidado y profesionalizar a los cuidadores”, afirma Proverbio. “Si vos profesionalizás el cuidado, hacés que personas que hoy tienen puestos de trabajo muy vulnerables -mayoritariamente mujeres- tengan empleos dignos, remunerados y capacitados. Así generás trabajo calificado y movimiento económico”.
A esta profesionalización humana se le suma el rol clave de la innovación tecnológica. “Hoy podés apoyarte en tecnologías que son cada vez más baratas. Una persona mayor puede permanecer sola y autónoma en su casa porque tiene un reloj inteligente que monitorea sus signos o detecta si se cae y le avisa a su familia o a un sistema de ambulancias. Con innovación y políticas públicas podés resolver barreras que antes eran imposibles”.
Para la especialista, la longevidad no puede seguir tratándose como un tema menor o fragmentado en iniciativas individuales. Exige que el Estado asuma un rol ordenador y siente en la misma mesa al sector privado, la academia, la ciencia y la sociedad civil.
“Las políticas públicas tienen que ser las primeras articuladoras. Y si no se aborda por empatía, hay que entenderlo desde la política pura: la masa de personas que pronto va a ser mayor representa un porcentaje enorme de la población y son ciudadanos que votan. Es una preocupación central para ellos y para sus hijos, que hoy deben conciliar sus vidas con el cuidado de sus padres”, concluye Proverbio.
Redefinir la longevidad no es un gasto, sino una oportunidad histórica para generar empleo, innovación tecnológica y una sociedad más equitativa para todas las edades.
Flora Proverbio, con una gran trayectoria como especialista sobre longevidad, decidió indagar en cómo los cambios sociales impactan en las personas.
“Esa experiencia me aportó una gran sensibilidad para comprender la complejidad y el potencial de los cambios globales, perspectiva que uso para abordar la transición demográfica y el potencial de este fenómeno para personas y organizaciones”, explica en diálogo con EL DIA.
Según Proverbio, la discusión ha madurado en los últimos años. Antes se hablaba casi exclusivamente de “Economía Plateada”, entendida como la creación de bienes y servicios enfocados en cubrir las necesidades de las personas mayores. Hoy, en cambio, el concepto dominante es el de “Economía de la Longevidad”.
“La economía de la longevidad tiene que ver con cómo preparamos al mundo para estar listo cuando todos vivamos más años y baje la tasa de natalidad. Lo que está pasando es que está cambiando la configuración misma de la humanidad. Antes siempre hubo personas viejas, pero la diferencia radical es que ahora casi todos y casi todas vamos a llegar a ser muy viejos”, enfatiza.
Otro de los pilares de la longevidad activa es el mantenimiento de los ingresos. Frente a sistemas de jubilaciones que resultan insuficientes y vidas que se prolongan por 30 años más, la necesidad de seguir generando recursos se vuelve imperiosa. “Muchísimas personas que ya pasaron la edad jubilatoria siguen trabajando porque no les alcanza para vivir. Ante esa realidad, tenemos que darles herramientas concretas para su autosustento e incentivar la contratación de personas mayores de 50 años”, plantea.
Más allá de lo económico y lo sanitario, la longevidad exige una transformación cultural en la forma en que la sociedad percibe el envejecimiento, deconstruyendo prejuicios asociados a la pasividad o la decadencia.
Proverbio aborda cómo la extensión de la vida impacta de forma directa en las mujeres, quienes demográficamente poseen una mayor expectativa de vida que los hombres.
“Hay que pensar la madurez y explorar el propio deseo separado de la falsa idea de que una mujer madura, menopáusica o vieja ya no tiene sexualidad o que su deseo es menos relevante”, explica. “Mis palabras son una convocatoria a revisar cuál es la validez que la sociedad le da a este grupo de mujeres y a romper los tabúes sobre la relevancia, la vitalidad y la capacidad de disfrutar en la segunda mitad de la vida”, detalla.
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Hoy estamos viendo cómo surge una etapa nueva: la madurez. Estos 20, 25 o 30 años que le agregamos a la vida se alojaron ahí, en la transición entre los 50 y los 70”
Flora Proverbio Especialista en Longevidad
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