marioyvirginia@yahoo.com.ar
Hasta hace unos pocos meses ninguno de nosotros “farmeaba aura” ni contaba ningún “lore” ni, mucho menos, conocía gente “random”. Estas palabras llegaron de la mano de los “influencers” que, nos gusten o no, en algo nos influyen. El lenguaje evoluciona y dirá el tiempo si estas expresiones vinieron para quedarse o son una moda pasajera.
El término que sí parece haber encontrado un lugar en nuestro decir cotidiano es el de “tatiana”. Así, con minúscula, porque ha dejado de ser un nombre propio para convertirse en un mote que describe a las mujeres que buscan seducir a hombres que están en pareja con una mujer que la propia “tatiana” conoce. Suena perverso pero es perfectamente posible y, hasta que el streamer Martín Cirio no le puso nombre, había que recurrir a eufemismos algo groseros para referirse a ellas.
Se preguntarán los lectores qué tiene que ver esta introducción con la realeza. Y es que hoy regresa a estas páginas una de las tatianas más famosas de la historia: la emperatriz Isabel de Austria, más conocida como Sisí.
Corría el año 1853 y el emperador de Austria, un apuesto soltero de 23 años, buscaba esposa. Su madre, la emperatriz Sofía, le sugirió que eligiera entre sus primas, las hijas de su hermana Ludovica y el duque Max de Baviera.
La mayor, Nené, parecía la adecuada para el joven Francisco José. Era bonita, juiciosa y educada.
Isabel había crecido en una zona rural de Baviera y nada sabía de protocolo. A los 16 años tuvo que adaptarse a la corte austríaca, extremadamente estricta
Para sellar el compromiso la futura novia viajó con su familia a visitar al emperador a su residencia de verano. Sin embargo Franz, como le decían en casa, quedó deslumbrado por otra de sus primas. Isabel, de 15 años, le sonreía sin pudor y, a pesar de que esa noche bailó con Nené, al otro día durante el desayunó anunció que se iba a casar pero… con la hermana pequeña. Nené se enojó pero perdonó fácilmente a su hermana “tatiana”. Tal vez sabía que era un matrimonio destinado al fracaso.
UN AMOR QUE CAMBIÓ EL DESTINO DE LA CORTE
Su boda, celebrada el 24 de abril de 1854, fue un acontecimiento rutilante porque se trataba de los esponsales de un emperador. La fama de Sisí llegó mucho después. Por el momento solo se sabía que era bellísima, que tenía una frondosa cabellera y que era algo rebelde.
Isabel había crecido en una zona rural de Baviera y nada sabía de protocolo. A los 16 años tuvo que adaptarse a la corte austríaca, extremadamente estricta. Su marido, más preocupado por la guerra que por su esposa, no la ayudó demasiado y la dejó en manos de su madre, una mujer que controlaba hasta la vida sexual de la pareja.
Isabel, por lo que sabemos, no tuvo una vida plena y feliz. Seguramente se casó enamorada y, sobre todo, deslumbrada. Pero pronto se dio cuenta de que le pesaba el cargo. “Amo al emperador. Pero más lo amaría si no fuera emperador” escribió.
Fue una mujer llena de contradicciones. Ser la emperatriz del Imperio Austrohúngaro no le impedía declarase republicana; acusaba a su suegra de robarle a sus hijos pero las obligaciones la ahogaban y se escapaba de Viena; era generosa para repartir dádivas a los más necesitados pero más por narcisismo que por caridad; su cuerpo era su templo e intentaba, a través de dietas rigurosas y ejercicios, que su cintura no midiera más de 55 centímetros. Sin embargo no era vanidosa y solía usar ropa oscura y poco sensual.
Tampoco tuvo una vida fácil. Francisco José no puso mucho empeño en conservar el fuego de la pasión y ella, que era joven e inestable, desarrolló una anorexia nerviosa que trajo secuelas a su organismo. No ayudaron la muerte de dos de sus hijos y ver como poco a poco el imperio se iba en picada sin que su esposo pudiera evitarlo.
Fue una mujer sin sosiego que solo encontraba consuelo viajando por Europa con apenas una persona de compañía e identidad falsa. Siempre escapando.
A pesar de huir de la fama, Isabel se convirtió en estrella. Fue años después de su muerte cuando, en la segunda mitad del siglo XX, un cineasta alemán recuperó su historia para el cine. Las tres películas filmadas entre 1955 y 1957 nos muestran una versión romántica y edulcorada de la vida de los emperadores. Sissí, Sissí emperatriz y El destino de Sissí pueden verse en YouTube y podemos decir que con ellas nace la leyenda.
Fue una mujer sin sosiego que solo encontraba consuelo viajando por Europa con apenas una persona de compañía e identidad falsa. Siempre escapando
LA MUJER DETRÁS DEL PERSONAJE DE PELÍCULA
Por empezar el director la “bautiza”. La emperatriz no se identificaba a sí misma como “Sissí”. Firmaba las cartas como Lisi, Elize o Elisabeth. La actriz que la interpretó fue Romy Schneider, tan bella y con un destino igual de triste que el del personaje.
Romy volvió a interpretar a la emperatriz en la película Ludwig de 1972. Pero el director, Luchino Visconti, nos muestra a una Isabel madura, mucho más cínica y desencantada, que aconseja a su primo, el rey Luis II de Baviera, sobre el amor. La escena dura pocos minutos pero vale la pena. La película completa está en YouTube pero no en castellano.
La emperatriz de Austria fue un personaje recurrente en la filmografía alemana y en estos días pueden verse dos series sobre ella: “La emperatriz” en Netflix y “Sisí” en Flow.
“La emperatriz” es un poco lenta al principio pero muestra bastante bien los acontecimientos históricos que la rodearon y la relación con su familia. “Sisí” es más intimista y, a pesar de incluir escenas incomprobables o inverosímiles, es la que mejor refleja la personalidad de Isabel. No hay rigurosidad histórica en ninguna de las dos pero para los amantes de las series de época son un buen acercamiento al personaje y a sus circunstancias.
El jueves pasado se cumplieron 128 años del fallecimiento de Sisí. Ya estaba retirada de las obligaciones de la corte y se había convertido en la “emperatriz errante”. Esa mañana del 10 de septiembre caminaba por un embarcadero del puerto de Ginebra cuando chocó con un hombre. No le dio importancia pero una vez en el barco comenzó a sentirse mal. Volvió al hotel donde le descubrieron una herida en el pecho realizada con un objeto punzante, herida que le produjo la muerte a las pocas horas. Tenía 60 años.
Pronto se dieron cuenta que el choque del embarcadero no había sido fortuito sino deliberado. El anarquista Luigi Lucheni estaba en Ginebra para matar a un príncipe francés pero al no encontrarlo decidió ir por la emperatriz de Austria. Y, volviendo a nuestras referencias en la ficción, puede verse en Netflix la serie “Perdiendo el juicio” en la que Sisí, sin proponérselo, ayuda a resolver un crimen.
Con sus luces y sus sombras, la emperatriz Isabel es una de las mujeres de la realeza más interesantes de conocer.
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