Mucho antes de que aparecieran el like, el spoiler o el streaming, el español ya incorporaba palabras de otros idiomas. Es que hay una paradoja en la discusión sobre el avance del inglés: muchas veces nos preocupamos por las palabras que llegan desde afuera como si el español hubiera sido alguna vez una lengua cerrada. Nunca lo fue. Lo cierto es que el castellano se construyó, también, a fuerza de encuentros, intercambios y préstamos.
El árabe dejó una de las huellas más profundas. El Instituto Cervantes señala que son más de 3000 las palabras de origen árabe presentes en el español. Algunas son tan cotidianas que resulta difícil imaginarlas extranjeras: forman parte de nuestra vida, aunque su historia haya comenzado muy lejos.
En América ocurrió algo parecido con las lenguas originarias. Cancha, por ejemplo, viene del quechua kancha, con el sentido de recinto o cercado. Hoy la usamos para hablar de fútbol, básquet o cualquier espacio deportivo sin pensar demasiado en su viaje histórico.
También hay palabras que llegaron desde las lenguas indígenas y quedaron especialmente arraigadas en el español de Argentina. Pupo, por ejemplo, es una voz de origen quechua que en nuestro país se utiliza coloquialmente para nombrar al ombligo. Y charqui, presente también en palabras como charquicán, tiene origen quechua; en este último caso, la palabra combina además un elemento del mapuche.
La inmigración italiana dejó otra marca evidente en el español rioplatense. Pizza tiene una historia más compleja de lo que parece: el Diccionario Histórico de la Lengua Española registra su llegada al español a través del francés, procedente del italiano, y documenta su presencia en el Río de la Plata desde hace más de un siglo.
La diferencia con los anglicismos actuales no es que ahora las lenguas se mezclen y antes no. Lo que cambió es la velocidad. Las redes sociales permiten que una palabra nacida en otro idioma pueda viajar por el mundo en cuestión de días.
Por eso, más que una invasión, la historia del español se parece a una conversación interminable. Algunas palabras llegan, otras desaparecen y muchas terminan perdiendo su pasaporte. El idioma las hace propias. Y, probablemente, eso mismo esté ocurriendo ahora con varias de esas palabras en inglés que todavía nos suenan extrañas.
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