Un chico llora porque no consigue lo que quiere. Otro se aburre mientras su madre prepara la comida. En muchas escenas cotidianas, el celular aparece como una solución inmediata: alcanza con poner un video para que deje de protestar y el adulto pueda continuar con lo que estaba haciendo.
El problema no está necesariamente en ese momento aislado, sino en lo que ocurre cuando la pantalla se convierte en la respuesta habitual frente al aburrimiento, el llanto o la frustración. Durante los primeros años de vida, los chicos necesitan experiencias que van más allá de recibir estímulos visuales y auditivos: conversar, explorar objetos, moverse, jugar e interactuar con otras personas son actividades fundamentales para su desarrollo.
“El neurodesarrollo infantil es el proceso mediante el cual el cerebro y el sistema nervioso maduran y se organizan desde antes del nacimiento y a lo largo de la infancia”, explica a EL DIA Micaela Lupiano, médica pediatra de La Plata diplomada en Neurodesarrollo y magíster en Neuropsiquiatría y Neuropsicología Infantojuvenil.
Aunque este proceso continúa durante la infancia y la adolescencia, los primeros cinco años son especialmente importantes por la rapidez de los cambios y la adquisición de habilidades para comunicarse, aprender, relacionarse y regular las emociones.
Menos juego, menos conversación
Los chicos pequeños aprenden a través de la experiencia directa. Necesitan mirar a otras personas, escuchar sus voces, imitar gestos, tocar objetos y participar en intercambios donde sus acciones reciben una respuesta.
Una pantalla puede mostrar palabras, imágenes y sonidos, pero no ofrece por sí sola la misma riqueza de interacción que una persona que conversa con el niño, espera su respuesta y adapta su lenguaje.
Cuando el tiempo frente a los dispositivos desplaza las conversaciones, los cuentos y el juego compartido, los chicos pueden tener menos oportunidades de escuchar palabras en contexto, expresarse y recibir respuestas. También pueden reducirse el tiempo dedicado al movimiento, la exploración y la interacción social. A su vez, el uso de pantallas puede interferir con el sueño y las rutinas de descanso.
Esto no significa que cualquier exposición produzca dificultades en el desarrollo. Importan la edad, el tiempo de uso, los contenidos y, especialmente, qué actividades quedan relegadas. No es lo mismo compartir una película y conversar sobre lo que sucede que pasar largos períodos mirando videos sucesivos sin interacción.
Cuando la pantalla calma el berrinche
Uno de los aspectos que más le interesa destacar a Lupiano es la relación entre las pantallas y la regulación emocional. Durante los primeros años, los chicos todavía están aprendiendo a tolerar la frustración, esperar, aceptar límites y expresar lo que sienten. Para desarrollar esas capacidades necesitan tiempo y acompañamiento adulto.
La pantalla puede ofrecer una respuesta rápida al malestar. Un video puede distraer al chico que llora o entretener al que se aburre, pero dejar de llorar no significa necesariamente haber aprendido a manejar la emoción que provocó el malestar.
“Las pantallas dan recompensa inmediata, en cambio, las situaciones de la vida cotidiana requieren esperar, aceptar límites y adaptarse a lo que sucede”, plantea la especialista. Aprender a tolerar esas pequeñas demoras forma parte del desarrollo de la autorregulación.
La preocupación aparece cuando el dispositivo se convierte en un recurso sistemático para evitar cualquier frustración. En esas situaciones, el chico puede tener menos oportunidades de practicar cómo esperar, pedir ayuda, buscar otra actividad o atravesar el enojo con el acompañamiento de un adulto.
No se trata de dejar llorar a los chicos ni de evitar que los adultos busquen calmarlos. La clave es que la pantalla no sea siempre la primera respuesta. Explicar un límite, proponer un juego o acompañar al niño mientras se tranquiliza también son formas de ayudarlo a desarrollar herramientas para manejar sus emociones.
Qué señales conviene observar
El uso de pantallas no tiene síntomas propios que permitan diagnosticar un trastorno del neurodesarrollo. Sin embargo, hay dificultades que merecen atención: pocas palabras para la edad, problemas para comprender indicaciones, escasa intención de comunicarse, poca variedad de juegos o dificultades para participar en actividades compartidas.
También pueden observarse irritabilidad cuando se interrumpe el dispositivo, problemas para tolerar esperas o dificultades para conciliar el sueño. Ninguna de estas señales demuestra por sí sola que las pantallas sean la causa. Es necesario evaluar la historia clínica, la edad y el desarrollo de cada chico.
Lupiano destaca que uno de los momentos más gratificantes de su trabajo es cuando las familias regresan a la consulta después de modificar las rutinas. “Es admirable el cambio que hacen los niños y las niñas cuando disminuimos pantallas y les damos herramientas a los cuidadores de cómo estimular el área afectada”, cuenta.
Cuando existen dificultades, la respuesta puede incluir reducir o retirar las pantallas, recuperar experiencias de juego e interacción y trabajar con los profesionales que correspondan, como fonoaudiólogos, psicopedagogos o terapeutas ocupacionales. La evolución depende de cada caso y debe ser evaluada por especialistas.
Reducir las pantallas sin culpa
Pedir que se retiren los dispositivos puede ser sencillo en teoría, pero difícil de llevar a la práctica. Los adultos tienen que trabajar, atender las tareas domésticas y cuidar a los chicos, a veces sin ayuda suficiente.
Lupiano reconoce que esta es una de las conversaciones más difíciles en el consultorio. “Es muy difícil para muchas madres, el uso de pantallas a veces es la única alternativa que tienen las madres solteras o que maternan solas para poder tener al niño/a distraído para realizar actividades de la casa”, explica.
Por eso, sostiene que no alcanza con indicar que se apaguen los dispositivos: también hay que pensar herramientas que funcionen para cada familia y sus posibilidades.
Recuperar momentos de juego, conversar durante las tareas cotidianas, leer cuentos y proponer actividades con objetos disponibles en casa son algunas alternativas. No hace falta organizar grandes propuestas, sino generar oportunidades para que los chicos exploren, se comuniquen y participen activamente.
Si se utilizan pantallas, Lupiano recomienda elegir contenidos adecuados para la edad y acompañar la experiencia. Una película o un documental sobre animales pueden convertirse en una oportunidad para conversar: preguntar qué está viendo el chico, qué le causa gracia o por qué un personaje está triste permite transformar el consumo en un intercambio.
Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud establecen que los menores de un año no deben pasar tiempo sedentario frente a pantallas y que, a los dos años y entre los tres y cuatro, ese tiempo no debería superar una hora diaria; cuanto menos, mejor.
La discusión, sin embargo, no consiste solamente en contar minutos. Se trata de evitar que los dispositivos ocupen el lugar del juego, la conversación, el movimiento y el acompañamiento que los chicos necesitan para crecer.
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Los primeros cinco años son especialmente importantes por la rapidez de los cambios y la adquisición de habilidades para comunicarse, aprender, relacionarse y regular las emociones
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Las pantallas dan recompensa inmediata, en cambio, las situaciones de la vida cotidiana requieren esperar, aceptar límites y adaptarse a lo que sucede”
Micaela Lupiano, pediatra diplomada en Neurodesarrollo y magíster en Neuropsiquiatría y Neuropsicología Infantojuvenil.
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