Hay una manera de recorrer La Plata que no necesita diagonales ni plazas. Tampoco mapas. Alcanza con caminar mirando un poco más arriba de la línea de los ojos. En las fachadas aparecen puertas, cornisas, molduras, balcones y, sobre todo, ventanas. Algunas son altas y estrechas; otras tienen persianas de madera; están las que todavía conservan herrería artesanal y las que fueron reemplazadas por soluciones más modernas. Hay ventanas que parecen recién pintadas y otras en las que el tiempo dejó una especie de archivo visible.
Las fotografías de estas aberturas muestran justamente eso: una ciudad que puede leerse en sus detalles. Una ventana no es solamente el lugar por donde entra la luz. También es una pieza de la arquitectura de una vivienda y, en muchos casos, una pequeña evidencia de la época en que fue construida.
En el casco fundacional de La Plata buena parte de esas huellas pertenece a una arquitectura doméstica que creció junto con la ciudad. Un trabajo de investigadores de la Universidad Nacional de La Plata sobre los tipos de vivienda construidos entre 1882 y 1960 señala que, durante las primeras décadas, las casas de patios —entre ellas la llamada casa chorizo— fueron una de las tipologías predominantes. Eran viviendas organizadas sobre terrenos estrechos y profundos, con habitaciones sucesivas vinculadas por galerías y patios.
La ventana era parte fundamental de ese sistema. No estaba aislada del resto de la casa: ayudaba a iluminar y ventilar habitaciones que se organizaban alrededor de patios y galerías. De allí también la presencia de aberturas altas, postigos y persianas, muchas veces acompañadas por rejas y trabajos de herrería.
Pero esas ventanas nunca fueron todas iguales. Y ahí aparece otra de las particularidades de La Plata: detrás de una misma lógica constructiva convivieron lenguajes arquitectónicos diferentes. Los estudios de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNLP señalan que las fachadas de las viviendas platenses pasaron por expresiones que iban desde el neorrenacimiento y el italianizante hasta el art nouveau, el petit hotel y, más adelante, las distintas formas de la arquitectura moderna.
Por eso, mirar las ventanas también es mirar los estilos que fueron dejando su marca en la ciudad.
Hay algunas que parecen pequeñas piezas ornamentales: molduras vegetales, curvas, guirnaldas y relieves enmarcan la abertura. En otras, el dibujo está dado por la geometría de las rejas o por la repetición de las tablillas de madera. Una persiana verde descascarada puede tener más información sobre la historia material de una casa que una fachada recién restaurada. El óxido, las capas de pintura y las reparaciones también hablan.
LA CIUDAD QUE ENVEJECE
El paso del tiempo se vuelve especialmente visible en las ventanas antiguas. La madera pierde pintura, la herrería se oxida, los postigos dejan de cerrar correctamente y las rejas son reemplazadas o reforzadas. A veces una abertura desaparece detrás de una persiana metálica. Otras veces sobrevive casi intacta, como si hubiera quedado suspendida en otro momento de la ciudad.
Ese envejecimiento, sin embargo, no significa necesariamente abandono. La arquitectura también se transforma para seguir siendo habitada. Una casa antigua puede conservar su fachada y modificar completamente su interior; una abertura puede cambiar de función; una persiana puede permanecer aunque detrás de ella ya exista una ventana de otro tiempo.
UNA VENTANA ES TAMBIÉN UNA FRONTERA
Hay, además, algo más íntimo. Las ventanas son el punto exacto en que una vivienda privada se encuentra con la ciudad. Desde adentro dejan entrar luz, aire y sonidos; desde afuera permiten imaginar que detrás de una persiana, una reja o un vidrio hubo —y quizá todavía hay— una vida cotidiana.
En las fotografías, algunas están abiertas y otras cerradas. Algunas dejan ver el interior y otras parecen protegerlo. Hay rejas ornamentales que fueron pensadas para embellecer además de resguardar; persianas que alguna vez fueron nuevas y hoy muestran decenas de inviernos; molduras que todavía conservan sus formas originales y otras que apenas sobreviven.
Incluso la ventana más sencilla puede convertirse en una pieza del paisaje urbano cuando se la observa junto a las demás.
Eso es lo que sucede al caminar por La Plata con otra velocidad. La ciudad deja de ser solamente el resultado del gran proyecto urbano que comenzó en 1882 y se convierte también en una suma de pequeñas decisiones: quién eligió una persiana verde, quién mandó hacer una reja, quién pintó de blanco una ventana, quién decidió conservar una moldura cuando todo alrededor cambiaba.
La Plata fue concebida como una ciudad moderna y planificada, pero su historia no quedó congelada en aquel trazado. La investigación reciente de la UNLP sobre el casco fundacional advierte justamente sobre las tensiones entre aquella planificación histórica, las transformaciones posteriores y las necesidades actuales de la ciudad.
Quizás por eso estas ventanas tengan algo de testigos. No cuentan por sí solas quién vivió detrás de ellas ni cuándo fueron construidas. Pero registran, en sus materiales y en sus formas, el paso de las décadas.
Algunas todavía brillan. Otras están gastadas. Algunas fueron restauradas; otras esperan. Todas, de alguna manera, siguen abiertas a la historia de la ciudad.
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