Cambiaron los hábitos de movimiento. Se pasó más tiempo dentro de casa, hubo menos desplazamientos y se interrumpieron actividades como la gimnasia, los deportes, las actividades acuáticas y la danza. El trabajo, el estudio y los vínculos sociales también se trasladaron a las pantallas.
Muchas actividades se recuperaron después, pero algunos hábitos permanecieron. El celular y la computadora siguieron ocupando muchas horas del día. Para Pagola, esa continuidad puede verse en el cuerpo: más rigidez, menos movilidad y más dificultad para moverse.
Cuando se retomó la actividad física, la especialista encontró un patrón que se repetía en distintas personas. Había menos fuerza para sostener el propio peso, menos resistencia para completar una clase, menos equilibrio y estabilidad al apoyarse y menos coordinación para encadenar un movimiento con otro.
A eso se sumaba una sensación general de inseguridad al moverse. “Los meses de quietud dejan marcas en el cuerpo”, plantea.
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