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Los peligros de que la IA sea la consejera de los jóvenes

La inteligencia artificial gana espacio como herramienta de estudio, consulta y contención emocional. El desafío es evitar que su uso reemplace aprendizajes, vínculos sociales y la búsqueda de ayuda l

Los alumnos hacen la tarea con la IA / Web

Por Redacción

La inteligencia artificial dejó de ser solamente una herramienta para hacer una tarea escolar. En muchos hogares comenzó a convertirse en profesor particular, buscador, consejero, compañero de conversación y primera fuente de consulta. El fenómeno se extiende entre niños y adolescentes y empieza a modificar rutinas familiares que hasta hace pocos años parecían difíciles de imaginar.

La escena se repite con distintas variantes: estudiantes que fotografían una consigna y esperan que la IA la resuelva, chicos que piden el resumen de un libro sin leerlo, adolescentes que consultan problemas personales antes de hablarlos con sus padres y jóvenes que pasan largos períodos conversando con chatbots. En La Plata, Berisso y Ensenada, las mismas situaciones comienzan a aparecer en hogares y escuelas.

Las estadísticas internacionales ayudan a dimensionar el cambio. Un relevamiento de Common Sense Media indica que el 86% de los niños y adolescentes estadounidenses de entre 9 y 17 años utilizó inteligencia artificial. UNICEF, por su parte, detectó que una parte de los jóvenes ya recurre a estas herramientas para buscar consejos cuando atraviesa situaciones de tristeza o ansiedad.

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En Argentina, los relevamientos disponibles también muestran una rápida incorporación de estas tecnologías entre estudiantes. La discusión, por eso, empieza a desplazarse: la pregunta ya no es solamente cuántos chicos conocen ChatGPT u otras herramientas, sino para qué las utilizan y qué actividades están reemplazando con ellas.

DEMANDAS A LA IA

Hay dos casos emblemáticos en Estados Unidos. En 2024, Megan Garcia demandó a Character.AI tras el suicidio de su hijo Sewell Setzer III, de 14 años, quien, según la demanda, había desarrollado un intenso vínculo emocional con un chatbot y recurría cada vez más a él mientras se aislaba de su entorno. El litigio terminó en un acuerdo en 2026, sin que ello equivalga a una determinación judicial de que la IA causó su muerte.

Otro caso involucró directamente a ChatGPT. Los padres de Adam Raine, de 16 años, demandaron en 2025 a OpenAI y Sam Altman. Sostienen que el adolescente comenzó utilizando el chatbot para tareas escolares y otros intereses, pero progresivamente pasó a conversar sobre angustia y suicidio. La familia alega que el sistema no activó suficientes barreras de protección y continuó respondiendo ante señales de riesgo. Estas afirmaciones forman parte de la demanda y no demuestran por sí mismas que la IA haya causado el suicidio.

En Los Hornos, Verónica asegura que su hijo de 15 años comenzó utilizando inteligencia artificial para hacer tareas escolares, pero progresivamente empezó a contarle al chatbot situaciones de angustia y pensamientos vinculados con conductas autolesivas. Tras descubrir las conversaciones y recurrir a profesionales, la familia comenzó a asesorarse con abogados para evaluar una eventual acción legal y determinar si el sistema respondió adecuadamente frente a las señales de riesgo manifestadas por el adolescente.

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En otro caso, situado en Gonnet, Federico y Luciana descubrieron que su hija de 16 años había pasado de consultar a la IA por cuestiones escolares a utilizarla para hablar sobre conflictos personales y autolesiones. Después de buscar asistencia profesional, los padres decidieron preservar las conversaciones y consultar abogados para analizar una posible presentación judicial sobre las responsabilidades de las plataformas cuando un usuario menor manifiesta conductas que podrían poner en riesgo su integridad.

“ANTES BUSCABA LA RESPUESTA EN EL LIBRO; AHORA LE PREGUNTA TODO”

Mariana vive en Los Hornos y tiene un hijo adolescente. Cuenta una escena que resume el cambio: cuando el chico no entiende una tarea, ya no abre primero la carpeta ni busca el tema en un manual. Su primera reacción es consultar al chatbot.

“Antes, aunque fuera por obligación, tenía que leer dos o tres páginas para encontrar una respuesta. Ahora copia la pregunta, espera unos segundos y ya tiene todo escrito. El problema es que muchas veces después le preguntás qué hizo y no sabe explicarlo”, relata el caso ilustrativo.

El cambio preocupa particularmente por la lectura. Los sistemas generativos pueden resumir capítulos, explicar cuentos, comparar personajes y hasta producir respuestas sobre una novela completa. Para un estudiante es posible responder una guía sobre un libro sin haber atravesado prácticamente ninguna de sus páginas.

El problema educativo no está únicamente en que la IA pueda hacer una tarea. La lectura exige sostener la atención, interpretar, relacionar información, incorporar vocabulario y construir una idea propia. Si todo ese proceso se reemplaza sistemáticamente por una respuesta instantánea, la escuela enfrenta un interrogante mucho más profundo que el tradicional “copiar y pegar”.

DE GOOGLE A LA IA Y DEL PROFESIONAL AL CHATBOT

También está cambiando la forma de buscar información. Durante años, internet desplazó parcialmente las consultas a enciclopedias, libros y otras fuentes. Ahora, la IA agrega otro salto: ni siquiera es necesario recorrer resultados. El usuario formula una pregunta y recibe una respuesta elaborada en segundos.

Ese mecanismo empieza a extenderse a asuntos que exceden ampliamente la escuela. Alimentación, ejercicio, sexualidad, relaciones personales, problemas familiares, ansiedad, síntomas físicos o decisiones cotidianas pueden convertirse en conversaciones con una inteligencia artificial antes de llegar a un docente, médico, psicólogo u otro profesional.

Claudia, de Villa Elvira, lo describe a partir de su hija de 16 años: “Me sorprendió descubrir que le preguntaba cosas sobre alimentación, dolores y problemas con amigas. Antes esas preguntas aparecían en casa o se hablaban con alguien. Ahora muchas veces la primera respuesta se la da el teléfono”.

La disponibilidad explica parte del fenómeno. La IA responde a cualquier hora, no obliga a pedir un turno, no muestra impaciencia y permite formular preguntas que pueden generar vergüenza frente a otra persona. Pero esa facilidad también presenta un límite central: una respuesta convincente no necesariamente es una respuesta correcta y un chatbot no sustituye una evaluación profesional cuando ésta resulta necesaria.

“LE CUENTA COSAS QUE A NOSOTROS NO NOS CUENTA”

El cambio adquiere otra dimensión cuando el chatbot deja de ser una herramienta y se transforma en interlocutor. Algunos adolescentes utilizan sistemas conversacionales para hablar sobre peleas familiares, relaciones afectivas, inseguridades, conflictos escolares o momentos de tristeza.

“Una noche me dijo que estaba hablando con la IA porque estaba enojada con una amiga. Lo que me impactó no fue que la usara, sino que llevaba casi una hora conversando”, cuenta Laura, una madre de City Bell para representar este tipo de situaciones.

La conversación puede parecer similar a un chat humano: el sistema recuerda el contexto inmediato, pregunta, responde con rapidez y adapta el lenguaje. Para un adolescente, además, existe una diferencia importante: no hay miedo inmediato al rechazo, al silencio o a quedar en ridículo.

Los jóvenes pasan muchas horas frente a las pantallas y redujeron drásticamente sus salidas con amigos y la práctica de deportes

Pero precisamente allí aparece uno de los interrogantes que plantean los especialistas. Una amistad implica aceptar diferencias, interpretar gestos, esperar respuestas, resolver discusiones, escuchar al otro y atravesar frustraciones. La interacción con un sistema diseñado para responder permanentemente no reproduce esa complejidad social.

CUANDO LA PANTALLA EMPIEZA A GANARLE A LA PLAZA

El tiempo dedicado a la inteligencia artificial se suma, además, al que niños y adolescentes ya destinaban a videojuegos, redes sociales, plataformas de video y teléfonos celulares. La discusión familiar empieza entonces a involucrar algo más amplio: cuánto tiempo queda para encontrarse físicamente con otros.

Sergio, un padre de Tolosa, describe el cambio con una comparación sencilla: “Antes tenía que llamarlo para que volviera porque estaba jugando a la pelota. Ahora algunos fines de semana tengo que insistir para que salga de la pieza”.

No necesariamente todo ese tiempo corresponde a la IA. El teléfono concentra WhatsApp, TikTok, Instagram, YouTube, juegos, streaming y herramientas generativas. Pero la llegada de los chatbots agrega una actividad que puede ocupar todavía más horas frente a una pantalla porque permite mantener conversaciones prácticamente ilimitadas.

En Berisso, otro caso ilustrativo representa la misma inquietud. Martín, padre de un adolescente de 14 años, lo resume así: “Puede pasar de hacer una tarea con IA a preguntarle por un videojuego, después pedirle una historia y terminar hablando de algo que le pasó en la escuela. Cuando te das cuenta pasó muchísimo tiempo y prácticamente no dejó el celular”.

PADRES QUE DESCUBREN QUE LA TAREA ESTÁ HECHA, PERO NO APRENDIDA

En las escuelas, la transformación puede observarse en los trabajos prácticos. La IA permite generar en segundos textos que anteriormente exigían buscar información, seleccionar fuentes, escribir un borrador y corregirlo.

Andrea, una madre de Ensenada, cuenta que comenzó a sospechar cuando encontró palabras que su hijo nunca utilizaba en un trabajo escolar. “Estaba perfecto, demasiado perfecto. Le pregunté qué significaban algunas cosas que había escrito y no sabía. Ahí entendí que prácticamente todo lo había hecho con inteligencia artificial”.

Situaciones de ese tipo llevaron a docentes e instituciones a cambiar algunas evaluaciones. Aparecieron más exposiciones orales, defensas de trabajos, producciones dentro del aula y ejercicios en los cuales no alcanza con entregar un texto: el alumno tiene que explicar cómo llegó a esa respuesta.

La discusión educativa, por lo tanto, comienza a abandonar una prohibición difícil de sostener. Si la IA estará disponible fuera de la escuela, el desafío pasa también por enseñar a utilizarla sin delegarle completamente el aprendizaje.

UNA GENERACIÓN QUE PUEDE OBTENER UN RESUMEN SIN ABRIR EL LIBRO

El fenómeno alcanza especialmente a la lectura. Un estudiante puede pedir un resumen de una novela, después solicitar una caracterización de sus protagonistas y finalmente generar respuestas para una evaluación. Técnicamente podría completar todo el recorrido sin haber leído la obra.

Gabriela, una madre de Gonnet, plantea una preocupación recurrente: “Cuando yo estudiaba y no entendía algo, tenía que volver a leerlo. Mi hija le pide a la IA que se lo explique más corto. Si todavía no entiende, le pide que lo haga todavía más corto. En algún momento queda una explicación de cinco líneas”.

La capacidad de simplificar contenidos puede ser una extraordinaria herramienta pedagógica cuando complementa el aprendizaje. El problema aparece cuando el resumen sustituye permanentemente al contenido original.

Ese cambio obliga también a revisar qué significa enseñar a leer en tiempos de inteligencia artificial. Ya no alcanza con pedir un libro y después formular preguntas cuyo contenido un chatbot puede responder inmediatamente. La comprensión, la interpretación personal y la discusión dentro del aula adquieren mayor importancia.

LA PREOCUPACIÓN POR LA SALUD MENTAL

El debate se vuelve más delicado cuando la inteligencia artificial ocupa un lugar relacionado con la contención emocional. Un estudio canadiense realizado sobre unos 39.700 estudiantes de 4.º a 12.º grado encontró que el 21% utilizaba chatbots para recibir algún tipo de apoyo emocional.

Los estudiantes que recurrían a esas herramientas mostraban mayores niveles de soledad y síntomas emocionales. Después de ajustar los resultados por variables demográficas, los usuarios frecuentes de IA afectiva presentaban un 26% más de probabilidad de registrar signos clínicos de depresión o ansiedad.

Eso no demuestra que utilizar inteligencia artificial provoque depresión o ansiedad. La relación también puede funcionar en sentido inverso: adolescentes que ya atraviesan soledad, angustia o dificultades de vinculación podrían ser precisamente quienes más buscan compañía en sistemas conversacionales.

La observación resulta relevante para familias y escuelas. Un aumento repentino de conversaciones emocionales con un chatbot puede ser un dato más para prestar atención a lo que atraviesa un adolescente, sin convertir por sí solo el uso de IA en un diagnóstico.

“PREFIERE PREGUNTARLE PORQUE DICE QUE NO LO JUZGA”

Natalia, una madre de Villa Argüello, en Berisso, representa otra situación posible: descubrir que su hija consulta primero sus problemas personales a una máquina. “Me dijo algo que me quedó dando vueltas: que le gusta porque puede contarle cualquier cosa y no la juzga”.

La frase permite entender parte del atractivo de estos sistemas. Un chatbot está disponible de madrugada, responde inmediatamente y permite repetir una pregunta tantas veces como el usuario quiera. Para alguien que teme una reacción familiar o siente vergüenza, esa disponibilidad puede resultar particularmente atractiva.

El riesgo aparece cuando esa facilidad desplaza sistemáticamente la búsqueda de ayuda humana. Una inteligencia artificial puede proporcionar información general o ayudar a ordenar preguntas, pero no observa el contexto completo de una persona ni sustituye la intervención de profesionales, familiares, docentes y redes de contención.

Por eso, especialistas e investigadores empiezan a proponer que las preguntas sobre IA formen parte de las conversaciones sobre bienestar adolescente: no solamente “cuánto tiempo usás el celular”, sino también “¿para qué hablás con la IA?”, “¿qué cosas le preguntás?” y “¿hay temas que solamente conversás con ella?”.

EL FENÓMENO TAMBIÉN ATRAVIESA AL GRAN LA PLATA

La Plata, Berisso y Ensenada constituyen un territorio especialmente interesante para observar el cambio. La región combina una importante concentración de escuelas, universidades, centros científicos y profesionales con barrios que presentan realidades económicas, educativas y de conectividad muy diferentes.

En ese escenario, la IA puede representar simultáneamente una oportunidad y una nueva desigualdad. Un estudiante puede utilizarla para recibir explicaciones adicionales, practicar idiomas o comprender un ejercicio. Otro puede limitarse a copiar respuestas sin desarrollar los conocimientos que la actividad buscaba enseñar.

La expansión tecnológica se superpone, además, con problemas anteriores del sistema educativo bonaerense: ausentismo, dificultades de aprendizaje, diferencias socioeconómicas y trayectorias escolares discontinuas.

Por eso, atribuir todos los problemas educativos a la inteligencia artificial sería una simplificación. La tecnología no creó las dificultades de lectura, el ausentismo, la ansiedad adolescente ni el aislamiento social. Pero sí introduce una herramienta capaz de modificar la manera en que esos problemas se manifiestan.

DEL “DEJÁ EL CELULAR” AL “¿CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO?”

Durante años, buena parte de las discusiones familiares sobre tecnología estuvieron concentradas en las horas de pantalla. Con la IA aparece una pregunta diferente. Dos adolescentes pueden pasar exactamente una hora frente al teléfono y estar realizando actividades completamente distintas.

Uno puede utilizarlo para estudiar acompañado de un chatbot; otro puede pedirle que realice íntegramente su tarea; un tercero puede mantener durante ese mismo tiempo una conversación sobre angustias personales. Medir solamente los minutos frente a la pantalla deja de explicar el fenómeno.

Carlos, un padre de San Carlos, sintetiza esa transformación: “Antes veía a mi hijo escribiendo y suponía que hablaba con amigos. Ahora puede estar hablando con una inteligencia artificial. Desde afuera la escena es exactamente igual”.

La observación muestra hasta qué punto cambió el problema. El interrogante ya no pasa únicamente por cuánto utilizan los dispositivos, sino por qué actividades, vínculos y aprendizajes están siendo reemplazados mientras los utilizan.

LA ESCUELA FRENTE A UN PROBLEMA QUE RECIÉN EMPIEZA

Las restricciones al uso de celulares intentan responder a una parte de esta transformación. En la Provincia de Buenos Aires, la normativa establece límites al empleo de dispositivos con pantalla en las escuelas y contempla su utilización pedagógica en el nivel secundario cuando existe una planificación institucional.

Sin embargo, guardar el teléfono durante una clase no resuelve lo que ocurre después. Al volver a casa, cualquier estudiante puede acceder nuevamente a sistemas capaces de escribir un trabajo práctico, explicar una ecuación, resumir un libro o mantener una conversación personal.

Por eso, el desafío educativo probablemente sea más complejo que detectar quién utilizó ChatGPT. Implica enseñar a verificar respuestas, identificar errores, contrastar fuentes, elaborar argumentos propios y comprender que delegar una tarea no equivale a aprender.

También supone recuperar actividades difíciles de reemplazar digitalmente: debatir cara a cara, practicar deportes, realizar trabajos grupales, leer textos completos, producir contenidos propios y sostener conversaciones en las que la respuesta del otro no puede ser anticipada.

NI PROHIBICIÓN ABSOLUTA NI REEMPLAZO DE LAS PERSONAS

La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta educativa extraordinariamente poderosa. Puede adaptar explicaciones, ayudar a practicar, traducir conceptos complejos y ampliar el acceso al conocimiento. El problema aparece cuando deja de complementar capacidades y empieza a sustituirlas.

Para las familias del Gran La Plata, la transformación ya puede observarse en pequeñas escenas cotidianas: el libro que permanece cerrado porque existe un resumen automático; la tarea que se completa en minutos; la pregunta que antes llegaba a un padre y ahora termina en un chatbot; el adolescente que permanece en su habitación mientras mantiene una conversación digital.

No todas esas escenas representan necesariamente un problema. Tampoco existe evidencia suficiente para sostener que la IA, por sí sola, esté provocando un deterioro general de los vínculos juveniles. Pero la velocidad con la que estas herramientas ingresaron en la vida cotidiana obliga a observar qué funciones empiezan a cumplir.

La pregunta que comienza a aparecer en hogares y escuelas de La Plata, Berisso y Ensenada va mucho más allá de si los chicos usan inteligencia artificial. La cuestión es qué dejan de hacer cuando la IA empieza a hacerlo por ellos: leer, escribir, preguntar, equivocarse, buscar una respuesta, aburrirse, encontrarse con otros o simplemente salir a jugar.

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