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Médicos en los barrios: las brigadas que llevan salud a la periferia platense

Son profesionales, estudiantes y voluntarios que durante los fines de semana dejan por unas horas sus trabajos habituales para atender en clubes, iglesias, escuelas y otros espacios comunitarios. Realizan jornadas de atención clínica, pediátrica, odontológica, nutricional, psicológica y de salud sexual
Organizaciones que recorren toda la región desde hace más de diez años / EL DIA
A la habitual convocatoria de madres y niños, durante el último tiempo aparecieron jubilados en los consultorios móviles / EL DIA

Por Redacción

Hay sábados en los que el consultorio no tiene paredes, sala de espera ni turnos electrónico. Puede estar armado dentro de un club de barrio, en una iglesia, en una escuela o directamente debajo de un gacebo instalado en algún rincón de la periferia platense. En lugar de pacientes que llegan después de conseguir un turno con semanas de anticipación, aparecen familias que se acercan porque saben que ese día habrá médicos, odontólogos, psicólogos, nutricionistas y otros profesionales dispuestos a escucharlos.

Son las llamadas brigadas solidarias de salud, una experiencia que desde hace alrededor de una década busca acercar la atención sanitaria a personas que, por distintos motivos, tienen dificultades para llegar a los centros de salud. La propuesta se volvió más frecuente y numerosa después de la pandemia y actualmente se realiza, en general, todos los fines de semana o, como máximo, cada quince días.

“Nosotros les llamamos brigadas solidarias de salud. Son espacios de atención de la salud de distintos aspectos: salud clínica, nutricional, psicológica, sexual, reproductiva y no reproductiva”, explica Manuel Fonseca, uno de los referentes de la iniciativa, a EL DIA. El objetivo, señala, es sencillo: llegar hasta donde están las personas que encuentran obstáculos para acceder al sistema sanitario.

Esos obstáculos pueden ser muy concretos. El transporte, el dinero para viajar, los horarios laborales, la necesidad de cuidar a los hijos, las dificultades para organizar la vida familiar o incluso las condiciones del barrio pueden terminar convirtiéndose en barreras para una consulta médica. “Hay motivos de todo tipo”, resume Fonseca.

Por eso la brigada intenta invertir la lógica: en lugar de esperar que el paciente pueda llegar al consultorio, el consultorio se traslada al territorio.

CONSULTORIO MÓVIL

Cada jornada comienza mucho antes de que lleguen los primeros pacientes. La actividad se organiza previamente con la comunidad y con alguna institución del barrio: un club, una iglesia, una escuela y, en ocasiones, el propio centro de salud de la zona. Se acuerda una fecha, se difunde la actividad y, cuando llega el sábado, los vecinos se acercan para ser atendidos.

Si las condiciones edilicias lo permiten, los profesionales trabajan dentro de la institución. Cuando no existe un espacio adecuado, se montan consultorios móviles.

Donseca calcula que una jornada puede reunir entre 35 y 50 profesionales y sumar estudiantes y otros voluntarios. En total, pueden ser alrededor de 70 personas colaborando durante un sábado.

No todos cumplen la misma función. Los profesionales matriculados son quienes realizan las consultas y prácticas correspondientes a sus especialidades. Los estudiantes de carreras vinculadas a la salud participan como voluntarios y colaboran en distintas tareas.

La jornada puede extenderse durante seis o siete horas. Comienza a media mañana y continúa hasta la tarde. Pero el trabajo no termina cuando se desarman los consultorios. Ese es uno de los aspectos centrales de la propuesta: la derivación. Cuando una consulta puede resolverse en el lugar, se resuelve. Puede ser una consulta pediátrica, una evaluación clínica, una orientación nutricional o un control odontológico. Pero si aparece la necesidad de un estudio complementario, una medicación, una interconsulta o una atención de mayor complejidad, se busca que la persona pueda continuar el recorrido dentro del sistema público.

Son espacios de atención de la salud de distintos aspectos: salud clínica, nutricional, psicológica, odontológica, sexual reproductiva y no reproductiva, entre otros

Así, la brigada funciona como una puerta de entrada, pero también como un puente.

DIFERENTES PROBLEMÁTICAS

En las jornadas hay un patrón que se repite: la atención materno-infantil. Madres y niños son, según Fonseca, quienes más consultan, una característica que también aparece habitualmente en el primer nivel de atención. Pero hay otro grupo que comenzó a hacerse cada vez más visible: los adultos mayores.

Fonseca señala que los jubilados aparecen con mayor frecuencia entre quienes buscan atención. Muchas veces llegan atravesados por dificultades para sostener tratamientos prolongados o para acceder a medicamentos, pero también por una situación menos visible: la soledad.

Por otro lado, en los barrios, además, los profesionales encuentran una combinación de problemas de salud de distintas épocas. Fonseca lo define como un “mosaico epidemiológico”: enfermedades infecciosas que habían quedado relegadas, patologías crónicas que vuelven a descompensarse y nuevos problemas vinculados con los consumos, las pantallas y la salud mental.

Entre las enfermedades infecciosas menciona el regreso de cuadros como la tuberculosis y la sífilis. En esos casos, el acceso a elementos básicos de prevención, diagnóstico y tratamiento puede marcar una diferencia decisiva. También aparecen enfermedades crónicas no transmisibles, como diabetes, hipertensión y afecciones respiratorias.

El problema es que muchos pacientes llegan a la brigada después de haber perdido el control que tenían sobre esas enfermedades. “El que tenía la hipertensión controlada te viene porque está con dolor de cabeza por tener la presión muy alta”, ejemplifica Fonseca.

Algo similar ocurre con la diabetes. Una persona que había logrado mantenerla controlada puede aparecer con complicaciones que requieren una atención mucho más compleja. En pacientes con enfermedades respiratorias, la interrupción de tratamientos también puede traducirse rápidamente en dificultades para respirar y en un deterioro de su estado general.

Y a ese mapa se suman problemas que adquieren cada vez más peso entre niños y adolescentes.

Fonseca habla de consultas relacionadas con los consumos problemáticos y también con el uso de pantallas. En niños, menciona situaciones vinculadas con el neurodesarrollo, dificultades en el lenguaje, en la lectoescritura y en la vinculación con otros. Entre adolescentes y jóvenes, en tanto, observa una fuerte presencia de problemas de salud mental: ansiedad, depresión y otras situaciones que requieren atención. “Todo eso te aparece”, resume y advierte: “Las del siglo XIX y las infecciosas, las del siglo XX, las crónicas, y las del siglo XXI asociadas a las nuevas formas de comunicación, las pantallas y los consumos”.

SALUD BUCAL

Verónica Garate es odontóloga, formada en la UNLP y con experiencia en hospitales, centros de salud y el ámbito privado. Desde hace dos años participa de manera continua en las brigadas. Su motivación, cuenta, tiene que ver con dedicar parte de su tiempo a aquello que sabe hacer y llevarlo directamente a los barrios.

Se observan enfermedades de diferentes épocas: infecciosas que habían quedado relegadas, patologías crónicas que vuelven a descompensarse y nuevos problemas vinculados con los consumos, las pantallas y la salud mental

“La atención en odontología es muy inaccesible”, sostiene en diálogo con EL DIA. En las jornadas encuentra personas que necesitan desde un simple control hasta atención por enfermedades de la boca que llevan tiempo sin tratar.

En los niños, por ejemplo, observa con frecuencia caries avanzadas en el primer molar permanente, la pieza que aparece alrededor de los seis años. Cuando el problema llega demasiado lejos, la consecuencia puede ser la extracción. Pero, explica, muchas de esas situaciones podrían evitarse con controles, higiene adecuada y asesoramiento temprano.

Por eso la atención odontológica no se limita al tratamiento. También hay prevención: se enseña cómo cepillarse correctamente, se habla sobre el consumo de azúcar, se recomienda tomar agua y se explica que la boca no es un compartimento separado del resto del organismo. “La boca es parte de la salud integral”, plantea Garate. Una enfermedad bucal puede repercutir sobre el resto del cuerpo, mientras que los problemas económicos, geográficos y sociales pueden determinar que una persona postergue justamente ese tipo de atención.

En las brigadas, entonces, el control odontológico puede convertirse también en una forma de detectar algo que permanecía escondido. Un niño puede llegar solamente para obtener un certificado bucodental para la escuela y terminar necesitando una atención que debe continuar en una salita o en un hospital.

Pero también ocurre lo contrario: algunas situaciones pueden resolverse en el propio barrio, sin necesidad de derivación.

“Vemos problemáticas que estaban escondidas o que es necesario poder darle continuidad en algún hospital”, explica Garate. “También muchas veces lo resolvemos ahí en el territorio”.

La lógica vuelve a ser la misma: acercar la atención hasta donde transcurre la vida cotidiana.

VOCACIÓN

La otra cara de las brigadas está en quienes participan. La mayoría de los profesionales, según Fonseca, son menores de 40 años y tienen una fuerte impronta vinculada al trabajo social y comunitario. Hay psicólogos, nutricionistas, trabajadores sociales, médicos clínicos, pediatras y generalistas. También participan tocoginecólogos, obstetras y parteras, entre otras especialidades.

Muchos trabajan tanto en el sistema público como en el privado. La jornada solidaria, por lo tanto, no ocurre necesariamente en un momento de descanso. Un sábado destinado a la brigada es un sábado que podría utilizarse para descansar, compartir con la familia o realizar otro trabajo. Entonces, ¿por qué hacerlo?

Fonseca dice que los profesionales llegan porque necesitan también recuperar una dimensión del trabajo sanitario que muchas veces queda opacada por las exigencias cotidianas: el sentido de cuidar a otros. “El colega va a esto y participa porque es una actividad solidaria, pero también va y participa porque le resulta gratificante ir un día y hacer una tarea solidaria, trabajar en equipo”, explica.

Garate coincide desde su experiencia en odontología. Dice que dedicar un sábado a otra persona produce un efecto de ida y vuelta: quien recibe la atención obtiene una respuesta a una necesidad y quien la brinda también se marcha con la sensación de haber podido utilizar sus conocimientos para ayudar. “Nos vamos contentos tras dar lo que uno sabe hacer y que al otro le sirva”, cuenta.

En definitiva, las brigadas no pretenden reemplazar hospitales, centros de salud ni resolver por sí mismas los problemas estructurales de la atención sanitaria. Fonseca es explícito en ese punto: una jornada puede solucionar un problema concreto para una persona, pero no puede solucionar por sí sola las dificultades de todo un sistema. Su alcance es otro, más inmediato y territorial.

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