Hace unos días, el 2 de junio, se conmemoró el Día Mundial de Acción por los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), una fecha que busca poner en discusión enfermedades que durante años permanecieron ocultas detrás del silencio, la vergüenza y los prejuicios. Aunque la anorexia y la bulimia suelen ocupar el centro de la escena, especialistas advierten que existen otras formas de padecimiento cada vez más frecuentes y menos reconocidas, como el trastorno por atracón.
Los TCA son enfermedades complejas que modifican la relación con la comida, el cuerpo y la propia percepción. Detrás de las conductas alimentarias aparecen factores psicológicos, familiares, sociales y culturales que terminan configurando cuadros que afectan tanto la salud física como mental.
“Cuando pensamos en Trastornos de la Conducta Alimentaria, la Anorexia y la Bulimia aparecen como los diagnósticos más reconocidos socialmente. Sin embargo, los trastornos más prevalentes son los trastornos por atracón”, explican Virginia Brenta, licenciada en Nutrición, y Micaela Bilbao, licenciada en Psicología, en un trabajo elaborado desde la Universidad Nacional de La Plata.
Lejos de la idea simplificada de “falta de voluntad”, el trastorno por atracón se caracteriza por episodios en los que la persona consume grandes cantidades de comida en poco tiempo y con sensación de pérdida de control. A diferencia de la bulimia, generalmente no aparecen conductas compensatorias posteriores, como vómitos o uso de laxantes.
Según las especialistas, el problema suele quedar invisibilizado por una combinación de prejuicios sociales, cultura de dieta y gordofobia. “Existe un juicio permanente sobre cuánto deberían comer las personas”, señalan. Esa mirada muchas veces dificulta el diagnóstico y también retrasa la búsqueda de ayuda.
Además, remarcan que los atracones no siempre implican cantidades “gigantescas” de comida desde una mirada externa. En muchos casos, la persona siente que perdió el control simplemente porque consumió más de lo que se había permitido dentro de una lógica restrictiva.
LA CULTURA DE LA RESTRICCIÓN
Uno de los puntos sobre los que más insisten los profesionales es la relación entre las dietas restrictivas y los trastornos alimentarios. El problema, sostienen, no empieza necesariamente en el atracón sino mucho antes: en la prohibición, en el control excesivo y en la idea de que determinados alimentos son “buenos” y otros “malos”.
“Las restricciones alimentarias tienen una enorme aceptación social”, advierten Brenta y Bilbao. Dietas permanentes, conteo obsesivo de calorías, ayunos, comidas “permitidas” y “prohibidas” forman parte de prácticas naturalizadas que, sostenidas en el tiempo, pueden desencadenar cuadros más graves.
La explicación también tiene un componente biológico. Cuando el cuerpo permanece mucho tiempo en déficit calórico entra en un estado de supervivencia. Allí aparece la hiperfagia, es decir, una sensación de hambre extrema que muchas veces deriva en episodios compulsivos.
La culpa suele ocupar un lugar central. Culpa por comer determinados alimentos, por “romper la dieta”, por perder el control o por no alcanzar ciertos estándares corporales. Esa dinámica genera un círculo difícil de cortar: restricción, ansiedad, atracón y nuevamente culpa.
En muchos casos, además, las señales aparecen desde edades tempranas. La comida utilizada como premio o castigo, comentarios familiares sobre el cuerpo, exigencias estéticas y comparaciones permanentes terminan moldeando el vínculo con la alimentación.
Los especialistas advierten que los TCA no afectan únicamente a mujeres adolescentes y delgadas, uno de los estereotipos más instalados alrededor de estas enfermedades. Pueden atravesar a hombres y mujeres de cualquier edad, peso o condición social.
Un estudio del Hospital Italiano define a los trastornos alimentarios como enfermedades psiquiátricas cuyos síntomas se relacionan con la imagen corporal, los hábitos alimentarios y las dificultades afectivas e interpersonales. Además, advierte que pueden producir alteraciones clínicas severas y convertirse en cuadros crónicos.
La anorexia nerviosa, por ejemplo, se caracteriza por una restricción extrema de alimentos y un miedo intenso a aumentar de peso. La bulimia nerviosa combina atracones con conductas compensatorias como vómitos autoinducidos o abuso de laxantes. Pero también existen otros cuadros menos conocidos, como la ortorexia -obsesión por la comida considerada “saludable”- y la vigorexia, vinculada a la obsesión por el ejercicio físico.
LAS SEÑALES DE ALERTA
Identificar un trastorno alimentario no siempre es sencillo. Muchas conductas aparecen naturalizadas o se sostienen en secreto durante años.
Entre las señales de alerta más frecuentes aparecen las dietas restrictivas permanentes, el miedo intenso a engordar, la obsesión con el peso, los cambios bruscos en la alimentación, el aislamiento social y los rituales alrededor de la comida.
También pueden aparecer síntomas físicos: caída del cabello, mareos, sensación constante de frío, alteraciones digestivas, amenorrea, debilidad, cansancio y problemas cardiovasculares o renales.
A nivel emocional, suelen registrarse cuadros de ansiedad, irritabilidad, depresión y culpa persistente. “Los TCA son de origen psicológico”, remarcan las especialistas de la Unlp. Por eso el problema no puede abordarse solamente desde la comida.
En el caso específico del trastorno por atracón, muchas veces la conducta aparece ligada a emociones difíciles de procesar: angustia, estrés, frustración o vacío emocional. La comida funciona entonces como una forma de sedación, distracción o alivio momentáneo.
Las investigaciones recientes también advierten sobre las consecuencias a largo plazo. Un estudio publicado en la revista BMJ Medicine y realizado por científicos de la Universidad de Mánchester detectó que las personas diagnosticadas con TCA presentan mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, osteoporosis, insuficiencia renal, fracturas y problemas hepáticos incluso años después del tratamiento.
El impacto sobre la salud mental también puede persistir. Las tasas de depresión y autolesiones siguen siendo más altas incluso tiempo después del diagnóstico inicial.
EL ROL DE LAS REDES Y LOS MANDATOS
Los especialistas coinciden en que la presión estética ocupa un lugar importante en el desarrollo de estas enfermedades. Redes sociales, publicidades, estándares de belleza y discursos centrados exclusivamente en el peso terminan construyendo modelos difíciles de alcanzar.
La legislación argentina contempla parte de esta problemática. La Ley de Trastornos Alimentarios establece que obras sociales y prepagas deben cubrir tratamientos nutricionales, psicológicos, clínicos y farmacológicos. También plantea regulaciones sobre publicidad y moda para evitar que la extrema delgadez sea presentada como sinónimo de salud o belleza.
Sin embargo, el problema excede las leyes. “Vivimos en una sociedad que empuja a la moderación, a la disciplina y al control permanente”, sostienen Brenta y Bilbao. En ese contexto, muchas conductas vinculadas a los TCA incluso reciben aprobación social.
El abordaje interdisciplinario aparece como una de las claves centrales. Psicología, nutrición, psiquiatría y medicina clínica suelen trabajar de manera conjunta para acompañar a quienes atraviesan estos cuadros.
La psiconutrición, una disciplina que ganó espacio en los últimos años, busca justamente reconstruir el vínculo con la comida sin reforzar la lógica de la culpa o la prohibición. El objetivo no pasa únicamente por “qué comer”, sino también por entender las emociones, los pensamientos y las creencias que rodean a la alimentación.
Las familias y el entorno también cumplen un rol importante. Los especialistas recomiendan evitar comentarios sobre el peso o la comida, no minimizar lo que le ocurre a la persona y acompañar sin recurrir a la crítica o el control.
PEDIR AYUDA
Uno de los mayores obstáculos sigue siendo el estigma. Muchas personas tardan años en consultar por vergüenza, miedo o porque creen que lo que les ocurre no “es suficientemente grave”.
“Es importante revisar los propios sesgos sobre el peso y entender que la compulsión no es una falla personal”, plantean las especialistas. También advierten que la recuperación no es lineal y que cada proceso es distinto.
La detección temprana mejora considerablemente el pronóstico y reduce el riesgo de secuelas físicas y emocionales. Por eso, frente a señales de alarma persistentes, la recomendación es acudir a profesionales especializados.
En tiempos donde las redes sociales amplifican modelos corporales irreales y donde las dietas parecen formar parte de la vida cotidiana, los especialistas insisten en la necesidad de empezar a hablar de los trastornos alimentarios desde otro lugar: lejos del prejuicio, la culpa y la simplificación.
Porque detrás de muchas conductas que suelen ser tomadas a la ligera, hay personas atravesando un padecimiento silencioso.
- Dietas restrictivas permanentes o miedo intenso a engordar
- Obsesión con el peso, las calorías o el “comer saludable”
- Atracones o sensación de pérdida de control con la comida
- Culpa después de comer
- Comer en secreto o evitar comer con otras personas
- Uso de laxantes, diuréticos o vómitos provocados
- Ejercicio físico compulsivo
- Aislamiento social, irritabilidad o ansiedad
- Caída del cabello, mareos, cansancio o sensación constante de frío
- Alteraciones en el rendimiento escolar, laboral o social
- Evitar comentarios sobre el cuerpo o el peso
- No minimizar lo que le pasa a la persona
- Hablar desde la preocupación y no desde la crítica
- No centrar la conversación únicamente en la comida
- Buscar ayuda profesional especializada
- Consultar con equipos interdisciplinarios: psicología, nutrición y medicina
- Entender que no se trata de “falta de voluntad”
- Acompañar sin controlar ni perseguir
- Recordar que los TCA pueden afectar a cualquier persona, sin importar edad, género o contextura física
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