Durante décadas, la casa fue el centro de la vida familiar. Allí crecieron los hijos, se celebraron cumpleaños, se atravesaron mudanzas y se acumularon recuerdos. Pero cuando los hijos se independizan, una vivienda que alguna vez pareció necesaria puede empezar a sentirse demasiado grande. Habitaciones vacías, escaleras, gastos de mantenimiento y una sensación creciente de soledad abren una pregunta que no siempre es sencilla de responder: ¿seguir viviendo allí o buscar otra alternativa?
Para Gisella Agostinell, martillera de la ciudad, se trata de una decisión en la que lo inmobiliario y lo emocional están estrechamente vinculados. “La decisión de vender o alquilar por lo general no es inmediata. Lleva un par de años hacerse la idea, sobre todo por motivos emocionales”, explica en diálogo con EL DIA.
El costo de sostener una casa también pesa. Servicios, impuestos y mantenimiento se acumulan, mientras que el desgaste propio de una propiedad con muchos años puede demandar arreglos cada vez más frecuentes. A eso se suma la cuestión de la accesibilidad: una vivienda con escaleras, por ejemplo, puede transformarse en un obstáculo a medida que pasan los años.
Por eso, una de las opciones que aparecen con mayor frecuencia es vender la casa y mudarse a una propiedad más pequeña. Un departamento puede reducir los gastos de mantenimiento y ofrecer mayor seguridad y comodidad. Y si queda un capital disponible después de la operación, existe la posibilidad de destinarlo a otra propiedad para obtener una renta.
Pero vender no es la única alternativa. Si la vivienda cuenta con una entrada independiente y dispone de dormitorio, baño y cocina, una parte puede alquilarse. De esa manera, los propietarios conservan su casa y, al mismo tiempo, generan un ingreso.
También existe una opción menos definitiva: vender la vivienda y pasar a alquilar. “Es importante hacer un resumen de lo que se gasta en una casa y compararlo con lo que se gastaría viviendo en un departamento más chico”, señala Agostinell. Incluso recomienda probar un alquiler durante algunos meses antes de tomar una decisión definitiva.
En paralelo, crece otra tendencia entre adultos mayores -y también entre personas de otras edades-: el traslado hacia departamentos o barrios cerrados con amenities. Seguridad, pileta, gimnasio y espacios comunes aparecen como servicios que permiten reducir las tareas de mantenimiento y sumar comodidad.
Para Agostinell, este movimiento empieza a tener un impacto concreto sobre el mercado inmobiliario local. “Una de las claves del mercado inmobiliario 2026 es justamente esa: los adultos mayores están soltando y las familias jóvenes que tienen acceso a créditos hipotecarios compran. Es decir, los padres sueltan y los hijos compran”.
Así, una transformación propia de la longevidad empieza a modificar también el mapa de las viviendas. Casas familiares que quedan grandes entran al mercado, mientras otras familias buscan propiedades para comenzar su propia historia. El desafío, para quienes deben decidir, es encontrar una alternativa que contemple tanto los números como los recuerdos que todavía viven entre esas paredes.
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