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Negging: cuando el halago se convierte en una forma silenciosa de manipulación

Disfrazado de humor, sinceridad o seducción, se volvió una de las dinámicas más frecuentes en las relaciones. Se trata de comentarios ambiguos que afectan la autoestima de quienes los reciben. El efecto del desequilibrio emocional

Por Redacción

Hay violencias que no llegan en forma de grito. A veces entran a una relación como un comentario apenas incómodo, una observación “sin mala intención”, un chiste que obliga a reírse aunque algo por dentro se tense. En el universo actual de las citas —rápido, hiperdigitalizado y cada vez más atravesado por juegos de validación— una de esas prácticas tiene nombre: negging.

El término, que deriva de “negative compliment” (“cumplido negativo”), describe una estrategia de manipulación emocional basada en elogios envenenados. Frases que parecen inofensivas pero que pueden desestabilizar la seguridad de la otra persona para volverla más vulnerable a la aprobación ajena.

“Me gusta que no te importe tanto cómo te vestís”; “Sos muy inteligente para alguien que estudió eso”; “Qué raro que sigas soltero”. No son insultos abiertos. Justamente ahí reside su eficacia. El comentario deja una grieta. Algo que obliga al otro a revisarse, corregirse o preguntarse si realmente está a la altura. El efecto es quien recibe ese tipo de mensajes comienza a buscar validación en la misma persona que produce la incomodidad.

La licenciada en Psicología Milagros Roldán define este mecanismo como una forma de influencia negativa que busca controlar emocionalmente al otro. Según explica, la manipulación suele operar a partir de la culpa, el miedo, la subestimación y la sensación de inferioridad. Y en los vínculos afectivos muchas veces pasa desapercibida porque queda “tapada” por sentimientos, deseo o enamoramiento.

En tiempos de aplicaciones de citas, redes sociales y vínculos mediados por la lógica de la exhibición permanente, el negging encontró terreno fértil. Ya no aparece solamente en relaciones consolidadas. Puede irrumpir desde el primer intercambio por chat, en una cita casual o incluso en dinámicas de amistades y grupos sociales.

Para Roldán, las redes sociales y las aplicaciones potencian estas dinámicas porque a través de las pantallas resulta más difícil percibir quién es realmente la otra persona. La construcción digital de la identidad, atravesada por filtros, versiones editadas y validaciones instantáneas, también favorece vínculos donde el control emocional puede pasar inadvertido durante más tiempo.

EL ORIGEN Y SUS EFECTOS CONTEMPORÁNEOS

La lógica detrás de esta práctica no es nueva. El concepto fue popularizado en los años noventa por Erik von Markovik, conocido como “Mystery”, un personaje central de los manuales de seducción masculina que proliferaron en Estados Unidos durante aquella década. Su teoría sostenía que ciertos hombres podían resultar más atractivos si lograban bajar temporalmente la autoestima de mujeres consideradas “demasiado seguras” o acostumbradas a recibir elogios.

Aquella idea —profundamente misógina— se transformó con el tiempo en una industria de “gurús” del levante, coaches emocionales y manuales de conquista que promovían vínculos basados en la competencia, el dominio psicológico y el desgaste emocional. Una especie de pedagogía afectiva del desequilibrio.

Pero el fenómeno excede ampliamente el universo masculino. Aunque históricamente se asoció a estrategias de seducción de hombres hacia mujeres, el negging puede aparecer en cualquier tipo de vínculo y afectar a cualquier persona. Lo central no es el género sino la dinámica: alguien intenta posicionarse desde una supuesta superioridad y utiliza comentarios ambiguos para debilitar emocionalmente al otro.

Es una forma de influencia sobre el otro obviamente negativa porque se intenta manipular y controlar a la pareja haciéndolo sentir culpable o haciéndole sentir miedo.

Milagros Roldán
Licenciada en Psicología

La psicología identifica estas conductas como formas de manipulación afectiva. No necesariamente responden a una maldad calculada; muchas veces surgen de inseguridades profundas, necesidad de control o incapacidad para construir vínculos desde la igualdad. Sin embargo, el impacto puede ser serio.

Roldán remarca que nadie está completamente exento de caer en relaciones atravesadas por estas dinámicas. Aunque algunas personalidades más maleables o con mayores dificultades para poner límites pueden verse más expuestas, sostiene que cualquier persona puede terminar involucrada en un vínculo de este tipo. Justamente porque la manipulación rara vez aparece desde el inicio de forma explícita.

CONSECUENCIAS INVISIBLES

Las víctimas suelen experimentar confusión, ansiedad y un progresivo deterioro de la autoestima. Porque el problema del negging no es un comentario aislado sino la repetición.

Según la especialista, este tipo de vínculos puede generar profundas inseguridades, afectar el amor propio y deteriorar la confianza al momento de enfrentar distintas situaciones cotidianas. La persona empieza a sentirse menos capaz, menos valiosa o insuficiente frente a alguien que constantemente marca defectos, corrige o invalida.

La dinámica suele funcionar así: primero aparece la descalificación suave. Después, la necesidad de demostrar valor. Más tarde, el esfuerzo constante por evitar nuevas críticas. Cuando la relación entra en ese circuito, el reconocimiento deja de ser espontáneo y se convierte en una recompensa emocional administrada por quien tiene el control.

Por eso muchos especialistas señalan que el negging puede derivar en relaciones profundamente asimétricas. Quien manipula construye poder a partir de la inseguridad ajena. Y quien recibe esos mensajes empieza a naturalizar el malestar como parte del vínculo.

En diferentes redes sociales, miles de usuarios comenzaron en los últimos años a compartir experiencias vinculadas a esta práctica. El fenómeno explotó especialmente entre jóvenes que identificaron patrones repetidos en sus citas: personas que comparaban permanentemente con exparejas, disfrazaban insultos de sinceridad brutal o convertían cada conversación en una competencia.

La trampa emocional es potente porque el negging raramente aparece como violencia explícita. De hecho, suele esconderse detrás de frases socialmente aceptadas: “era un chiste”, “no te lo tomes tan en serio”, “solo soy honesto”.

Sobre este punto, Roldán advierte que expresiones como “solo estoy siendo sincero” también forman parte de la manipulación. La aparente honestidad funciona como una manera de invisibilizar la violencia y hacer que la otra persona dude de su propia percepción o termine creyendo que el problema es su sensibilidad.

Y ahí aparece uno de los efectos más corrosivos: la pérdida de confianza en uno mismo.

¿CÓMO IDENTIFICARLO?

Detectar estas dinámicas no siempre es sencillo. Muchas veces los comentarios aparecen disfrazados de humor, preocupación o espontaneidad. Sin embargo, hay señales que pueden funcionar como alerta: observaciones pasivo-agresivas, críticas constantes disfrazadas de consejo o actitudes que buscan ejercer control sobre cómo la otra persona actúa, se viste o se vincula.

El cuerpo, además, suele registrar antes que la cabeza. La incomodidad persistente después de hablar con alguien, la sensación de estar siendo evaluado permanentemente o el agotamiento emocional tras ciertos encuentros pueden funcionar como alertas.

Frente a eso, los especialistas insisten en la importancia de las respuestas asertivas y los límites claros. No minimizar el malestar. No justificar permanentemente al otro. Y, sobre todo, no romantizar dinámicas que erosionan el bienestar emocional.

Roldán sostiene que reconstruir la autoestima después de una relación de este tipo es posible, aunque implica un proceso largo. El acompañamiento afectivo, emocional y profesional suele ser clave para volver a confiar en uno mismo y desarmar las huellas que deja la manipulación sostenida.

Porque detrás del negging hay algo más profundo que una técnica de seducción. Hay una idea del amor basada en la inseguridad, la competencia y la necesidad de controlar. Una lógica afectiva donde el vínculo no se construye desde la admiración mutua sino desde la carencia.

En una época donde las relaciones parecen atravesadas por algoritmos, validaciones instantáneas y exhibiciones constantes, reconocer estas prácticas se vuelve también una forma de cuidado. Entender que el afecto no debería doler, desgastar ni obligar a demostrar valor todo el tiempo.

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