Durante décadas, el debate sobre la alimentación pareció oscilar entre dos extremos. Por un lado, la promesa de que la tecnología resolvería cualquier problema: cultivos cada vez más productivos, alimentos diseñados en laboratorios o medicamentos capaces de corregir los excesos de una dieta poco saludable. Por el otro, la idea de que bastaría con regresar a modelos tradicionales de producción o adoptar regímenes alimentarios estrictos para revertir los principales desafíos sanitarios y ambientales.
Sin embargo, buena parte de la evidencia científica que se acumuló en los últimos años apunta en otra dirección. Tanto quienes estudian el funcionamiento del sistema alimentario global como las sociedades médicas que elaboran guías para tratar la obesidad coinciden en un punto esencial: no existen soluciones únicas ni ataques. El desafío pasa por construir cambios sostenibles, tanto a escala individual como colectiva.
La resulta coincidencia llamativa porque surge de campos muy distintos. Mientras una nueva guía clínica del Colegio Estadounidense de Médicos analiza qué medicamentos conviene utilizar para tratar el sobrepeso y la obesidad, el investigador Vaclav Smil, uno de los especialistas más reconocidos en energía, producción de alimentos y sustentabilidad, observa el problema desde una perspectiva mucho más amplia: cómo alimentar a una población mundial en crecimiento sin profundizar el deterioro ambiental.
Aunque hablan de cuestiones diferentes, ambos llegan a una conclusión semejante. El futuro de la alimentación no depende exclusivamente de un nuevo fármaco ni de una innovación tecnológica capaz de revolucionar la agricultura. Depende, sobre todo, de modificar hábitos que durante décadas parecieron naturales: qué comemos, cuánto desperdiciamos, cómo producimos los alimentos y de qué manera organizamos los sistemas que los llevan desde el campo hasta la mesa.
EL FIN DE LAS SOLUCIONES MAGICAS
La irrupción de medicamentos como la semaglutida y la tirzepatida modificó el panorama del tratamiento de la obesidad. Los resultados obtenidos en numerosos estudios despertaron expectativas entre pacientes y profesionales de la salud, al demostrar pérdidas de peso superiores a las que ofrecían tratamientos farmacológicos anteriores.
Sin embargo, la actualización de las recomendaciones del Colegio Estadounidense de Médicos introduce una matiz que muchas veces queda relegada frente al entusiasmo que generan estos avances. Los medicamentos son una herramienta importante, pero nunca sustituyen las modificaciones del estilo de vida.
La guía propone elegir diferentes tratamientos farmacológicos según el índice de masa corporal y la presencia de enfermedades asociadas, como diabetes tipo 2, hipertensión, apnea del sueño o trastornos cardiovasculares. Pero, cualquiera sea el escenario, insista en que la base del tratamiento continúe siendo la misma: mejorar la alimentación e incrementar la actividad física.
La razón es sencilla. La obesidad no responde a una única causa. Se trata de una enfermedad crónica en la que intervienen factores biológicos, genéticos, ambientales, sociales y conductuales. Dormir poco, vivir bajo estrés permanente, consumir alimentos ultraprocesados con frecuencia o llevar una vida sedentaria forman parte de un entramado mucho más complejo que el simple equilibrio entre calorías consumidas y gastadas.
Por eso también los especialistas advierten que ninguna medicación debería interpretarse como una licencia para abandonar hábitos saludables. Incluso quienes responden favorablemente al tratamiento necesitan sostener cambios en la alimentación, preservar la masa muscular mediante actividad física y realizar controles médicos periódicos.
Algunos especialistas advierten que ninguna medicación debería dar licencias para abandonar hábitos saludables
Además, todavía quedan interrogantes abiertos. La duración ideal de estos tratamientos aún no está completamente establecida y distintos estudios muestran que parte del peso perdido puede recuperarse cuando la medicación se suspende. Eso obliga a pensar la obesidad como una condición que requiere seguimiento prolongado y estrategias adaptadas a cada paciente, más que como un problema con una solución definitiva.
El fenómeno refleja un cambio de paradigma. Durante años predominó la idea de que bajar de peso dependía exclusivamente de la fuerza de voluntad. Hoy la evidencia que intervienen múltiples mecanismos fisiológicos que regulan el hambre, la saciedad y el gasto energético. Pero reconocer esa complejidad tampoco implica reducir la respuesta a una receta farmacológica. La ciencia parece avanzar justamente en sentido contrario: integrar herramientas, no reemplazar unas por otras.
DEL PLATO AL PLANETA
Mientras la medicina intenta responder a una epidemia creciente de obesidad, otra discusión atraviesa la producción mundial de alimentos. ¿Cómo alimentar a una población cada vez mayor sin aumentar la presión sobre los recursos naturales?
Vaclav Smil propone abandonar tanto el pesimismo apocalíptico como el optimismo ingenuo. A su juicio, no existe evidencia para pensar en un colapso inminente del sistema alimentario global. Pero tampoco hay razones para creer que bastará con seguir produciendo más alimentos bajo las mismas reglas actuales. Su análisis parte de un dato que suele pasar inadvertido. La humanidad produce enormes cantidades de alimentos y, aúnasí, millones de personas continúan padeciendo desnutrición mientras otras tantas enfrentan problemas derivados del exceso de peso.
La contradicción revela que el problema no reside únicamente en cuánto se produce, sino también en cómo se distribuyen los recursos y qué uso sehace de ellos.
La discusión suele centrarse en el aumento de la producción agrícola, pero Smil recuerda que el sistema alimentario funciona como una cadena mucho más compleja. Desde que una semilla se convierte en cultivo hasta que un alimento llega al consumidor intervienen procesos biológicos, industriales, logísticos y comerciales que consumen enormes cantidades de energía y recursos.
Incluso antes de la cosecha existen pérdidas inevitables. La propia naturaleza de la fotosíntesis hace que sólo una pequeña parte de la energía solar termine transformándose en biomasa aprovechable. Después aparecen nuevas reducciones de eficiencia: parte de los cultivos alimenta al ganado, otra se destina a la producción de biocombustibles o a diferentes usos industriales, y sólo una fracción termina directamente en los platos de las personas.
Esa mirada ayuda a comprender por qué las respuestas simplistas suelen fracasar. Aumentar indefinidamente la superficie cultivable no resulta viable en un planeta con recursos limitados. Del mismo modo, eliminar de manera abrupta determinadas formas de producción tampoco parece una alternativa realista para abastecer a una población que continúa creciendo.
Para Smil, el desafío consiste en mejorar la eficiencia de todo el sistema. Eso implica aprovechar mejor los fertilizantes mediante tecnologías de precisión, proteger la calidad de los suelos, incorporar innovaciones que permitan producir con menor impacto ambiental y revisar la composición de las dietas, especialmente allí donde el consumo de carne alcanza niveles muy elevados.
Modificar ciertos hábitos que durante décadas parecieron naturales, una de las claves
Lejos de proponer cambios drásticos, el investigador sostiene que las transformaciones más efectivas suelen ser las graduales. La historia de la alimentación demuestra que las grandes revoluciones rara vez ocurrieron de un día para otro. Más bien fueron el resultado de múltiples innovaciones pequeñas que, acumuladas durante décadas, modificaron la forma de producir y consumir alimentos.
El desperdicio, el enemigo silencioso.
Si existe un aspecto sobre el que prácticamente no hay desacuerdos entre los especialistas es el enorme costo del desperdicio alimentario.
Cada alimento que termina en la basura representa mucho más que una pérdida económica. También implica agua utilizada para el riego, energía destinada al transporte, fertilizantes, trabajo humano y emisiones de gases de efecto invernadero generados durante todo el proceso productivo.
Por eso, reducir el desperdicio aparece como una de las estrategias con mayor potencial para mejorar el funcionamiento del sistema alimentario sin necesidad de expandir la frontera agrícola.
Las mejoras pueden producirse en distintos niveles. En algunos países todavía se pierden grandes cantidades de alimentos durante la cosecha, el almacenamiento o el transporte debido a problemas de infraestructura. En otros, especialmente en las economías más desarrolladas, el mayor volumen de desperdicio ocurre en supermercados, restaurantes y hogares, donde productos perfectamente aptos para el consumo terminan descartándose por cuestiones estéticas, comerciales o culturales.
Cambiar esos comportamientos exige revisar hábitos profundamente arraigados. Comprar más de lo necesario, servir porciones excesivas o asociar la abundancia con una mejor experiencia gastronómica son prácticas habituales que tienen consecuencias mucho mayores de las que parecen.
Paradójicamente, reducir el desperdicio podría tener un impacto más inmediato que muchas de las soluciones tecnológicas que suelen ocupar los titulares.
Un mismo mensaje para problemas diferentes.
Aunque una guía médica sobre obesidad y un ensayo sobre producción mundial de alimentos parecen abordar universos distintos, ambos transmiten una enseñanza común. En los últimos años creció la tendencia a buscar respuestas rápidas para problemas complejos. Dietas extremas, alimentos considerados “milagrosos”, suplementos de moda o medicamentos convertidos en fenómenos culturales alimentan la expectativa de encontrar una solución sencilla a cuestiones que involucran décadas de cambios sociales, económicos y ambientales.
La evidencia científica invita a pensar exactamente lo contrario. En el plano individual, cuidar la salud requiere una alimentación equilibrada, actividad física, descanso adecuado y estrategias que puedan sostenerse en el tiempo. Cuando es necesario, los medicamentos constituyen un recurso valioso, pero funcionan mejor como complemento que como reemplazo de esos hábitos.
En el plano colectivo ocurre algo similar. Alimentar de manera sostenible a miles de millones de personas dependerá menos de una innovación revolucionaria que de la capacidad para hacer más eficiente el sistema existente: producir con menor impacto ambiental, distribuir mejor los alimentos, reducir pérdidas y construir dietas más saludables.
La ciencia parece abandonar la lógica de las soluciones mágicas para recuperar una idea que, aunque menos llamativa, resulta mucho más consistente: los grandes cambios suelen construirse mediante pequeñas decisiones repetidas a lo largo del tiempo. En definitiva, el futuro de la alimentación no se juega únicamente en un laboratorio farmacéutico ni en un nuevo desarrollo agrícola. También se define todos los días, en millones de hogares, cuando se decide qué comprar, qué cocinar, cuánto consumir y cuánto terminará en la basura. Porque, detrás de los avances tecnológicos y de los descubrimientos científicos, sigue vigente una verdad tan sencilla como desafío: comer mejor continúa siendo, antes que nada, una cuestión de hábitos.
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