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¿Por qué en invierno tenemos más sueño y ganas de comer?

El frío, los días más cortos y la menor exposición a la luz modifican el reloj biológico y también el apetito. Mientras algunos sienten que les cuesta más levantarse o mantenerse activos, otros descubren que las ganas de comer aumentan. ¿Qué explica este fenómeno y qué se puede hacer para sobrellevarlo?

Menor exposición a la luz natural genera la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño / web
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ceciliafama@gmail.com

Por las mañanas cuesta despegarse de las frazadas. A media tarde aparecen las ganas de acompañar el mate con algo dulce y, cuando llega la noche, un guiso o un plato de pastas parece mucho más tentador que cualquier comida liviana. Son escenas que se repiten en miles de hogares durante el invierno y que, lejos de responder únicamente a una cuestión de costumbre, tienen una explicación biológica.

La reducción de las horas de luz, las bajas temperaturas y los cambios en la rutina modifican el funcionamiento del reloj biológico, un sistema que regula el sueño, el estado de ánimo, el metabolismo y el apetito. A eso se suma que, durante los meses más fríos, solemos realizar menos actividad física y pasar más tiempo en espacios cerrados.

Diversos estudios científicos muestran que la menor exposición a la luz natural favorece una mayor producción de melatonina, la hormona que regula el sueño, y puede alterar la liberación de serotonina, un neurotransmisor relacionado con el bienestar y el apetito.

“Nuestro organismo interpreta el invierno como un período diferente. La disminución de la luz modifica los ritmos circadianos y eso puede traducirse en una mayor sensación de cansancio durante el día. No significa que estemos enfermos, sino que el cuerpo está respondiendo a un cambio ambiental”, explica el Dr. Martín Ledesma, médico platense. especialista en medicina del sueño.

Según el profesional, también es habitual que aparezca una mayor necesidad de consumir alimentos ricos en hidratos de carbono porque generan una sensación rápida de bienestar.

“El problema aparece cuando ese cambio natural se combina con sedentarismo y un consumo excesivo de alimentos ultraprocesados. Ahí es cuando empiezan a verse aumentos de peso o una sensación de falta de energía que termina formando un círculo difícil de romper”, agrega.

CUANDO EL CUERPO PIDE OTRA COSA

Para muchas personas, el invierno cambia por completo la relación con la comida.

Es el caso de Laura Benítez, docente platense de 43 años, quien asegura que todos los años experimenta algo parecido.

“En verano desayuno un yogur y estoy bien hasta el mediodía. En invierno necesito algo caliente y a la tarde siempre me dan ganas de comer facturas o chocolate. También siento que me cuesta muchísimo levantarme temprano, aunque haya dormido las mismas horas de siempre.”

Una experiencia similar relata Javier Acosta, empleado administrativo, de 37 años. “Cuando salgo del trabajo ya es de noche y lo único que quiero es llegar a casa. En invierno dejo de salir a caminar y termino cenando más abundante. Después me siento pesado, pero al otro día vuelvo a repetir la rutina.”

Los especialistas coinciden en que estas situaciones son frecuentes y responden a una combinación de factores biológicos y conductuales.

Para la licenciada en Nutrición Carolina Ferrero, la respuesta es no.

“El error más común es pensar que hay alimentos prohibidos durante el invierno. El objetivo no es dejar de comer un guiso o unas pastas, sino aprender a equilibrar el plato. Si incorporamos verduras, legumbres, proteínas de buena calidad y porciones adecuadas, esas preparaciones pueden formar parte de una alimentación saludable.”

La nutricionista explica que el problema suele aparecer en las colaciones y el picoteo.

“Muchas veces no tenemos hambre real, sino ganas de encontrar una sensación de confort. Antes de abrir un paquete de galletitas conviene preguntarse si realmente se trata de hambre o de aburrimiento, estrés o simplemente frío.”

También recuerda que durante el invierno disminuye la sensación de sed.

“Aunque no tengamos ganas de tomar agua, el cuerpo sigue necesitándola. Las infusiones sin exceso de azúcar, los caldos caseros y el agua continúan siendo fundamentales.”

EL MOVIMIENTO TAMBIÉN INFLUYE

Otro de los factores que explican el aumento del cansancio es la reducción de la actividad física.

Los especialistas recomiendan mantener caminatas diarias, realizar algún tipo de ejercicio y aprovechar la luz natural siempre que sea posible, especialmente durante la mañana.

No sólo ayuda a regular el reloj biológico, sino que también mejora el estado de ánimo y favorece un descanso de mejor calidad.

Sentir un poco más de sueño o tener más apetito durante el invierno forma parte de una respuesta normal del organismo.

Sin embargo, cuando el cansancio es extremo, aparecen cambios importantes en el peso, las alteraciones del sueño persisten durante varias semanas o el estado de ánimo decae de manera marcada, los especialistas recomiendan consultar con un profesional para descartar otras causas.

Dormir un poco más, sentir más hambre o preferir comidas reconfortantes son respuestas esperables cuando bajan las temperaturas. La clave está en acompañar esos cambios con hábitos saludables para que el invierno no se traduzca en menos energía ni en un deterioro del bienestar.

“Nuestro organismo interpreta el invierno como un período diferente”, afirman

“El error más común es pensar que hay alimentos prohibidos durante el invierno”

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